La Coctelera

Caffè Reggio

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6 Noviembre 2005

Rajoy o la fuerza del prejuicio, de Marçal Sintes en El Mundo de Cataluña

Quizá el PP esté arañando votos, pero se encuentra aislado. Si no logra la mayoría absoluta, ¿con quién piensa gobernar?
Pudimos contemplar el miércoles cómo Cataluña se presentaba nuevamente en las Cortes para reclamar comprensión y respeto. Los tres delegados intentaron disipar los miedos a reconocer y dar cauce político, en este caso a través de un nuevo Estatut, al hecho nacional catalán. Las intervenciones de Artur Mas, Manuela de Madre y Carod-Rovira -quien optó ostensiblemente por no izar la bandera independentista- mantuvieron una gran coherencia de conjunto, con los correspondientes matices personales y políticos. El resultado fue logrado, constructivo, claro y firme.

Los hijos políticos de los que se opusieron al Estado de las autonomías no disimularon su rechazo. El PP, por boca de Mariano Rajoy, fue tajante en la cerrazón, salpicada a veces de indisimulado menosprecio. El gallego, que como orador tiene su gracia, levantó una intervención apoyada en el prejuicio, pero efectista y seguramente efectiva. El líder del PP interpretó con solvencia el viejo guión.Sonó seguro, convencido de lo que decía, sin sombra de duda, también sin matices. Todo ello convirtió su discurso en un arma potente. Rajoy estuvo creíble, algo en lo que seguro que coincidiremos muchos de los que pensamos que la actitud del PP es cerril, intelectualmente frágil, injusta e irresponsable.

Al contrario que Rajoy, Zapatero apeló al cerebro mucho más que a ninguna otra víscera. A mi entender, sin embargo, le faltó sentimiento, capacidad para transmitir que realmente se cree lo que dice. Habló, para entendernos, con el freno de mano puesto, como a tientas. Para darse cuenta de ello no hay más que acudir a las intervenciones públicas de su admirado Azaña con motivo del Estatut catalán del 32 (y que Tecnos ha publicado con el título Sobre la autonomía política de Cataluña). Aquel presidente no sólo estaba convencido de lo que decía sino que se emocionaba diciéndolo. Al oírlo a nadie se le pasaba por la cabeza dudar de que el presidente era absolutamente franco. En cambio, Zapatero -sin duda condicionado por la furibunda ofensiva del PP y las diferencias en el seno de su partido- ofreció una difusa sensación de ambigüedad, que le restó crédito y atractivo, especialmente ante aquellos españoles que no tienen una posición clara y definida.

Con la madrugada llegó la votación y el PP fue derrotado por una goleada espectacular. El resto de la Cámara, siete grupos parlamentarios, diez formaciones distintas, se pronunciaron a favor de abrir las puertas de las Cortes al Estatut. Los populares se quedaban radicalmente aislados no únicamente por el resultado, sino por la naturaleza de su discurso, que llegó a irritar calurosamente a los representantes catalanes. Esto fue especialmente notorio poco antes de la medianoche, cuando el siempre contenido Mas se subió a la tribuna para replicar a Rajoy con visible dureza.Algo importante se había quebrado. El PP, desatendiendo la solemne trascendencia del asunto, enfocándolo como un episodio de la lucha por el poder, trata con fiereza a Cataluña para hacer daño a Zapatero e intentar arañarle votos. Pero eso tiene costes muy onerosos y de muchas clases. Por ejemplo: si no logra la mayoría absoluta, ¿con quién piensa gobernar Rajoy? Después de la mala experiencia con Aznar y tras lo sucedido en el Congreso, desde luego no con CiU.

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