La historia de Alejandro Dumas no es sólo un cuento político o un retrato sobre la amistad, también es la aventura de una cooperación.En este relato faltaría un cuarto. Porque no hay tres sin cuatro.Los tres mosqueteros es una novela con cuatro personajes muy marcados por sus espadas. Tres de ellos, Athos, Porthos y Aramis, los situaríamos en la parte baja del Congreso de los Diputados.Allí donde los políticos caminan pensando lo que van a decir y vuelven sabiendo lo que no dijeron. Al cuarto, D'Artagnan, lo ponemos en la parte alta, donde los otros políticos invitados sólo escuchan y aplauden.
No hace falta concretar que personaje representa cada uno. Artur Mas, Manuela de Madre y Josep Lluís Carod-Rovira (por orden de aparición) puede ser cada uno de ellos o lo contrario. Coincidido con los que han dicho durante esta semana que en esa mesa en el Parlamento español se escenificaba una amplia mayoría del sentir (tarannà) (los idiomas están para entenderse y en este caso el término en catalán es más idóneo) de la sociedad catalana.Faltaba uno. El que representa a Josep Piqué que es muy importante también.

Sin ponerse de acuerdo, al menos eso dijeron públicamente, los tres políticos desenmarañaron la madeja como si se tratara de tres capítulos de un ensayo que componía una sola obra. Artur Mas recordó su ayuda, en momentos puntuales, a gobernar España; Manuel de Madre hizo militancia catalana desde sus herencias andaluzas; y Carod-Rovira ofreció la mano de un independentista, que no es poco. Pasqual D'Artagnan, el líder, asentía desde lo alto.

Decía el filosofo Groucho Marx que no es la política la que crea extraños compañeros de cama, sino el matrimonio. Así, para la ocasión, el trío la,la,la actúo 'ideal', como se dice en Madrid.Y funcionó. El sentimiento catalán al mediodía provocó una levitación común. Hasta Maragall percibió, como persona sensible que es y nieto de poeta, ese sepulcral silencio de la bancada de la derecha (término de Manuel Marín, que acabará por pasar a la historia del presidente del Congreso con más paciencia, junto a Federico Trillo con su «manda huevos»). Todo son consignas, querido president.

Funcionó porque la prensa al uso, al uso del tripartito, al día siguiente se deshacía en halagos, verbos ejemplarizadores, incremento de levitanismo, flores y frases edulcoradas, que más o menos comparto cuando de lo que se trata es de flotar, del buen rollete y entender ese sentido pactista que está en los genes del catalán.Pero eso duró poco. Segundos. Porque las tres personas que defendieron la ponencia del Estatut el miércoles en el Congreso tienen más de trío la, la, la que de tres mosqueteros. Y no por culpa de ellos. Por todos siento un gran respeto político. Intento cada día recordar como se gestó este Estatut y sus vicisitudes. El histórico próximo es fundamental para saber de qué estamos hablando.Y a las pruebas del día siguiente me remito. CiU ya ha dicho que considera irrenunciable el término nación. ERC que la financiación es fundamental. El PSC se esfumó del debate del día siguiente, como era previsible, porque a partir de ahora Manuela de Madre poco podrá decir. La palabra está en manos del PSOE que, por cierto, al día siguiente criticaba el festival nacionalista que había inaugurado José Luis Rodríguez Zapatero. Cada uno a lo suyo.

Por ello, lo visto el miércoles no fue una lección de esgrima de tres mosqueteros, sino la puesta en escena de una obra de teatro donde las tres divas, dos más que tres, se esforzaron por sus personales minutos de gloria. No cantaron juntos. En ningún momento. Aunque se complementaron porque uno hizo de barítono, el otro de tenor y ella de soprano. No hubo esfuerzo, sólo tonalidades de voz diferentes.

Aunque existe un detalle, no valorado lo suficiente, del que se puede sacar provecho. El miércoles, nacionalistas, independentistas y socialistas catalanes, todos fueron españoles. Y ese es un ejercicio que no siempre están dispuestos a ejercitar, sobre todo los primeros y segundos. Viajar a Madrid es muy sano. La inculta y estúpida frase de «jo no he perdut res a Madrit», responde a la terrible inseguridad que se tiene ante lo que pueda llegar de España.

No conozco a ningún político catalán, ni nacionalista ni de Esquerra, que no hable maravillas de Madrid cuando ha tenido que pasar largas temporadas. Hasta Joan Puigcercós busca churros los domingos por la mañana. Todo un síntoma. Excepto diez señoritos con banderas, que no tenían nada mejor que hacer y decidieron hacer el ridículo en la Carrera de San Jerónimo, el resto de Madrid acogió en su seno a los viajantes, como siempre hace la ciudad del oso. Y después todos acabaron tomando copas en la bar de un hotel que se ha puesto de moda en la capital, frente al Congreso de los Diputados. Hotel de un catalán, por cierto.

Ahora la política estará en el centro. Y eso es bueno. Hacer política fuera es sano. Como es bueno discutirlo todo. Gabriel Cisneros, padre de la Constitución y hombre del PP, que es hombre sabio, dice que sería lo mejor. Puestos que salga un Estatut constitucional.

alex.salmon@elmundo.es