Como máximos mandatarios de sus respectivos países, tanto el primer ministro británico Winston Churchill como el dictador español Francisco Franco imprimieron su imborrable marca personal en el proceso de formulación y ejecución de la política exterior de Gran Bretaña y de España durante la Segunda Guerra Mundial.
El punto de partida para entender esas relaciones durante el sexenio bélico tiene que atender, necesariamente, a la etapa de la guerra civil española concluida en abril de 1939, sólo cinco meses antes de iniciarse la guerra mundial. Durante ese conflicto, el Gobierno conservador británico había propugnado con éxito una política de no intervención colectiva que recibió el apoyo nominal o real de todos los gobiernos europeos.
Esa política de no intervención, que se traducía en un embargo de armas a los dos bandos combatientes, había tenido un efecto diferencial muy notable. Por un lado, había significado un obstáculo letal para el Gobierno republicano oficialmente reconocido, puesto que le privó del acceso a sus tradicionales mercados de armamento anglo-franceses y le obligó a depender de los intermitentes, gravosos e insuficientes suministros militares enviados por la Unión Soviética.
Por otro lado, había significado una ventaja vital para el bando insurgente liderado por Franco, puesto que nunca consiguió frenar el apoyo militar prestado desde el principio por la Italia fascista de Mussolini y la Alemania nazi de Hitler.
El Gobierno británico había adoptado su política de no intervención en España como parte de su política general de apaciguamiento en Europa. La política de apaciguamiento pretendía evitar la repetición de una nueva guerra total como la que entre 1914 y 1918 había desangrado a la entente franco-británica, hasta el extremo de que sólo había logrado vencer en esa Primera Guerra Mundial gracias al vital apoyo de los Estados Unidos.
Para evitar una nueva guerra total en Europa, las autoridades británicas consideraron inexcusables dos requisitos vitales: negociar con Hitler y Mussolini la satisfacción razonable de sus demandas revisionistas en Europa central y suroriental, sobre todo, el reajuste de fronteras en el Este y los Balcanes a favor de las potencias del eje germano-italiano y evitar cualquier convergencia de las democracias con la Unión Soviética en su oposición al revisionismo del eje ítalo-germano, bajo la convicción de que esa convergencia precipitaría la guerra y favorecería una nueva oleada de expansión comunista como la experimentada en 1917-1920.
Esos dos pilares de la política de apaciguamiento determinaron la política de no intervención anglo-francesa en España. La negativa a auxiliar a la República constituyó el sacrificio exigido por su rechazo a la posibilidad de una nueva guerra continental, por su búsqueda de un acuerdo con el eje ítalo-germano y por su renuncia a colaborar con la Unión Soviética en un frente antifascista europeo.
La guerra civil española había terminado en abril de 1939 con un resultado asumido por ambas democracias como un mal menor y tolerable: la victoria absoluta en España de un régimen franquista que estaba experimentando un proceso de fascistización interna, que estaba dominado por una genuina fobia antidemocrática y que se hallaba vinculado al eje ítalo-germano por deuda de gratitud, por acuerdos secretos y por una identidad de aspiraciones irredentistas en clave antibritánica (debido a la presencia en Gibraltar) y antifrancesa (dada la rivalidad por la posesión de Marruecos y Tánger). Ésa era la situación en España el 3 de septiembre de 1939, cuando comenzó la guerra mundial tras la invasión nazi de Polonia.
Gran Bretaña y Francia declararon la guerra a Alemania y se encontraron solas frente a un enemigo poderoso que contaba con el apoyo soterrado de una Italia que había adoptado una ambigua posición de no beligerancia y que también contaba con el visto bueno de una Unión Soviética que había firmado un inesperado pacto de no agresión en vísperas del conflicto.
Inmediatamente, el Gobierno británico tuvo que hacer frente al peligro de una intervención española a favor de Alemania, aunque Franco se había apresurado a declarar su neutralidad en el conflicto. Era todavía un Gobierno conservador en el que sir Winston Churchill asumió primero el mando del Almirantazgo y luego, desde mayo de 1940, la presidencia del gabinete de Unión Nacional en el que también participaba el Partido Laborista y el Partido Liberal.
Las alternativas disponibles ante el gabinete británico eran claras: «the carrot or the stick» («el palo o la zanahoria»). O emplear con Franco la política de atracción mediante la zanahoria del ofrecimiento de ayuda económica en forma de créditos para ayudar a la reconstrucción de una España devastada por la guerra civil o inclinarse por una política de disuasión mediante el palo de un bloqueo naval y militar de las costas españolas para hacer visible el grave coste de incurrir en la hostilidad del Reino Unido.
La respuesta británica ante ese dilema fue una combinación pragmática de diplomacia del palo y la zanahoria que se atuvo a un principio negativo pero crucial: por seguridad estratégica y por conveniencia de ahorro de esfuerzo militar, había que evitar o retardar, tanto como fuera posible, la entrada de España en la guerra al lado del enemigo.
Para conseguir ese propósito los gobernantes británicos aprovecharon cuatro factores:
1.º) La situación de hambre y agotamiento de una población española quebrada moral y materialmente por tres años de lucha fratricida.
2.º) La devastación material provocada por esa guerra civil, que había reducido a la mitad la producción nacional agrícola e industrial y había diezmado el sistema de transportes terrestres y marítimos.
3.º) La vulnerabilidad estratégica de España, tanto en la Península como, sobre todo, en sus archipiélagos balear y canario y en su colonia de Marruecos, con un Ejército mal abastecido y peor armado que era muy consciente de su incapacidad para defenderse en caso de ataque exterior.
4.º) La dependencia española de los suministros de trigo y de petróleo importados de Estados Unidos y América Latina, que tenían que atravesar el bloqueo impuesto por la Marina Real británica en el Atlántico norte y que sólo podían llegar a puerto español con autorización de esa Royal Navy.
El Gobierno británico practicó una política de soborno económico y dosificación de suministros que permitía la llegada de un volumen de alimentos y petróleo suficiente para abastecer las necesidades mínimas, pero no bastante como para constituir reservas estratégicas aplicables a la guerra o exportables a países enemigos y completó esas medidas con unos preparativos secretos para atacar a España en caso de que Franco entrara en la guerra al lado de Alemania, concentrándose, sobre todo, en la invasión de Canarias y Marruecos y la ocupación de la zona en torno a Gibraltar.
La respuesta de Franco fue muy pragmática y variable. A pesar de que el régimen nunca dejó de proclamar (al menos hasta 1944) su simpatía por la causa del eje ítalo-germano, las autoridades franquistas, con el Caudillo a la cabeza, eran conscientes de la penosa situación del país que vetaba cualquier aventura bélica. Incluso los falangistas más pro alemanes (como Ramón Serrano Suñer, cuñado de Franco y su ministro de Asuntos Exteriores hasta 1942) comprendieron que era suicida ir a la guerra sin armas, sin alimentos, sin petróleo y con media España devastada.
En dos ocasiones Franco se vio seriamente tentado para entrar en lo que creía que iba a ser una guerra corta, a fin de obtener un botín de recompensa a costa de las supuestamente vencidas democracias «plutocráticas»: la recuperación de Gibraltar y la anexión del Marruecos francés. La primera, en el verano de 1940, cuando la caída de Francia y la entrada de Italia en la guerra colocó a Gran Bretaña en una situación muy grave. Los triunfos británicos en la batalla de Inglaterra y en la batalla del Atlántico convencieron a Franco de que la guerra no estaba terminada y era todavía muy peligroso enfrentarse a Gran Bretaña. Así lo hizo saber Franco a Hitler durante su entrevista en Hendaya en octubre de 1940.
La segunda tentación se produjo en el verano de 1941, cuando Alemania invadió la Unión Soviética y logró inicialmente triunfos sorprendentes. El envío de la División Azul, con casi 47.000 combatientes, fue testimonio del entusiasmo de Franco. Esa tentación quedó frustrada en diciembre de 1941, una vez que «el general invierno» paralizó el avance alemán casi al mismo tiempo que los Estados Unidos, tras el ataque japonés en Pearl Harbor, se sumaban al bando anglo-soviético y ponían a su disposición su fortaleza industrial.
Un testimonio de primera mano demuestra esa tensión entre tentación beligerante antialiada y conciencia de impotencia material. El propio Caudillo se lo expuso a Mussolini en la entrevista que celebraron en Bordighera, en la Riviera italiana, el 12 de febrero de 1941: «España no puede aceptar una fecha perentoria para entrar en la guerra porque primero debe solucionar el problema triguero, el problema ferroviario y el del carburante. (...) ¿Cuál es la situación en este momento?: hambre. (...) Faltan cinco meses para la próxima cosecha y en España sólo hay trigo para unos pocos días».
La España de Franco permaneció al margen de la Segunda Guerra Mundial y consiguió por ello sobrevivir al hundimiento del eje en 1945 y en ese resultado final es indudable que tuvo una responsabilidad muy considerable la hábil política de apaciguamiento económico y contención estratégica practicada por el Gobierno británico durante todo el sexenio bélico.
Enrique Moradiellos, historiador asturiano, acaba de publicar «Franco frente a Churchill», Ediciones Península.

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