Un mensaje de esperanza y una soberana lección a un Rodríguez Zapatero que se comportó como un mal penene de Derecho Administrativo, especialista en leer apuntes en clase ante sus alumnos. Decían en las sentinas del PSOE el martes 1, día de los Santos, que la jornada importante no era la de ayer miércoles, sino la de hoy, jueves, porque era el jueves “cuando iba a quedar en evidencia la terrible soledad del Partido Popular en el Congreso de los Diputados”.
No sé lo que pasará hoy jueves, y tampoco sé si en el arsenal de Moncloa guardan algún misil de largo alcance capaz que invertir la afrentosa situación en que ayer quedó el señor Rodríguez ante millones de españoles, pero, en cualquier caso, la de Mariano Rajoy será una soledad muy bien acompañada, una soledad compartida por millones de españoles, entre ellos muchos votantes del PSOE, que ayer vieron emerger un rayo de esperanza para el futuro entre la zapatiesta causada por nuestro irresponsable presidente.
Apenas iniciado su parlamento, el señor Rodríguez soltó la siguiente perla, que retrata mejor que mil palabras el penoso estado de confusión conceptual en que se debate el personaje: “La posibilidad de reforma del Estatuto de Cataluña existe porque existe la Constitución democrática; esa es la poderosa fuente de su legitimidad”. ¡De modo que la legitimidad del proyecto de nuevo Estatuto descansa sobre una Constitución contra la que mortalmente atenta ese mismo Estatuto...!
Con trabalenguas de esta clase, con frases tan grandilocuentes como vacías de sentido, con toneladas de hojarasca verbal para el cubo de la basura, enjaretó Zapatero un discurso que dejó en el almario de la tropa socialista una sensación de perplejidad y desencanto. Bastaba ver la cara de muchos de ellos. Bastó ver la cara de Alfonso Guerra descendiendo de su escaño, pasando al lado del presidente sin dignarse mirarlo siquiera, los ojos de Rubalcaba como puñales apuntando a su espalda, para saber lo que había ocurrido en el PSOE.
Por el contrario el de Rajoy fue un discurso de Estado, el discurso que estaban esperando oír muchos españoles que llevaban meses reclamando que alguien se mostrara dispuesto a defender la legalidad consagrada en la Constitución del 78. Porque de eso va esta historia. Aquí solo hablan de enfrentamiento (demasiadas apelaciones desde PSC -Manuela de Madre- y ERC -Carod y Puigcercos- a la guerra civil), de buenos y malos, los que tratan de conseguir ventajas de clase con un discurso victimista que conscientemente elude el fondo del debate: ¿Estamos o no ante un problema legal, un problema de aplicación de la legalidad vigente?
Rajoy lo dejó ayer claro. La Constitución no es intocable. Se puede reformar, como los propios Estatutos, pero hay que hacerlo desde la legalidad, es decir, desde la propia Constitución. Lo inconcebible es que sea el presidente del Gobierno, que juró guardar y hacer guardar la Constitución, el que aliente el asalto a la legalidad por la puerta de atrás de las diferencias entre españoles.
La de Rajoy fue, además, una lección de democracia liberal, capaz de rescatar las esencias de Jefferson y poner al individuo, a los derechos del individuo, por delante del resto de poderes, porque sólo la soberanía nacional, la soberanía de todos y cada uno de los españoles, puede ser fuente de legitimidad de Gobiernos, Constituciones y Estatutos, de modo que esos derechos colectivos (“derechos históricos”) que algunos reclaman son una trampa saducea tras la que se esconde el miedo a la libertad del individuo.
Ayer Mariano Rajoy conectó con millones de españoles, y puso la primera piedra para la conquista del poder. Tal vez no esté todo perdido.
jcacho@elconfidencial.com

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