La Infanta Leonor, con nombre de princesa hermosa y engañada de las que hacían calceta mientras esperaban que los corazones de león volvieran de las cruzadas, llega a la vida cuando el odio anda solitario por las calles de España. Doña Sofía mostró el otro día su preocupación por el destino de los nietos del reinado de Juan Carlos I con acierto, porque la Unión Europea adoptará la forma republicana y porque hay un Gobierno en el que algunos partidos piden la supresión de la monarquía y exigen que el Rey deje de cazar osos, no por miedo a que le pase lo que a Fabila, sino porque están contra la cacería del oso, contra las corridas y contra los gastos excesivos en bodas y bautizos reales.
Como ha escrito José Antonio Zarzalejos, el Rey no desea que se aborde la reforma de la Constitución; teme que los que están fuera del sistema pongan en tela de juicio no la sucesión sino la propia monarquía.
Leonor llega cuando quieren arrinconar a la Corona a un papel de atrezzo y cuando el resentimiento entre el centro y la periferia es un viejo borracho en la taberna tomando vino amargo. La pasión del odio exige mil veces la energía del amor y nosotros estamos gastando desamor en actividad política; si quiere comprobarlo, entre a una web y descubrirá por los injuriadores sórdidos y anónimos por qué hubo tantas guerras civiles, por qué les dieron tantas veces puerta a los reyes y a las repúblicas.
La enemistad entre los pueblos es endémica. No se inicia ni con Aznar ni con el PP ni con el cava ni con este Estatuto; tal vez empezó cuando Cataluña fue excluida de la colonización por la Reina Isabel, que logró la conquista de las nuevas tierras, y las dejó reservadas a los súbditos de Castilla. El clima de resentimiento ya estalló en diciembre del año del Descubrimiento, cuando un payés de remensa llamado Juan de Canyamás intentó degollar a Fernando El Católico. Ese anarquista madrugador fue ejecutado públicamente; desde entonces, los reyes crearon el cuerpo de albarderos para escoltar a los monarcas, pero el odio atraviesa los escudos, las constituciones, las dinastías y hay quien teme, como el airado personaje shakesperiano, que de la perrera del vientre de las reinas surjan los lebreles del infierno.
La enemistad que nos profesamos no alcanza la excelsitud que sienten los hinchas de la Juventus por los eternos rivales del Torino cuando les gritan «si tomas el avión, nosotros te lo pagamos»; evocan el accidente en el que perecieron los adversarios cuando se estrellaron en el Piamonte; nuestra incomunicación se acerca a la de la Vecchia Signora y se fortalece estos días.
¿Qué culpa tiene la inocente Leonor, qué culpa tenemos los ciudadanos de que Carlos I destruyera las libertades de Castilla, Felipe II socavara las de Aragón y Felipe IV destruyera las de Cataluña?

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