La Coctelera

Caffè Reggio

Un lugar de encuentro, para leer juntos

31 Octubre 2005

Ópera para unos pocos, de Fulgencio Argüelles en La Voz de Asturias

Asistí a la representación en Oviedo de la Opera Tannhäuser y debo confesar que me sentí emocionado por tanta belleza artística, asombrado por la genialidad de Richard Wagner, agradecido por el trabajo de los cantantes, satisfecho por la dignidad de la puesta en escena (teniendo en cuenta la escasez de recursos y las limitaciones del escenario) y sorprendido por el respeto y la entrega del público. El dramatismo del tenor Wolfgang Millgramm, la seguridad y el timbre de Angel Odena y la fuerza y la belleza en la voz de Emily Magee, entre otros, me hicieron disfrutar durante casi cuatro horas de una velada inolvidable. Pero, sobremanera, debo decir que me sentí avergonzado y triste al imaginar cuánta gente podría disfrutar de funciones de estas características si tuviera acceso a ellas, cuánta gente sería feliz unas horas si, al igual que hace cuando decide asistir al cine, al teatro o a un concierto (sin hablar del fútbol o de los toros) bastara con aguardar una cola, más o menos prolongada, acercarse a las taquillas y obtener una entrada a cambio de unos euros.

Yo estoy entre esa gente y, si no fuera por la generosidad de unos amigos, que en alguna ocasión me ceden su reserva, no habría podido asistir nunca a estos singulares espectáculos artísticos. Gracias a mi amigo Luis y a su compañera (y además esposa) Magali, que desde hace años vienen desde Gijón para asistir a todas las temporadas de Opera, puedo, a veces, comprobar en directo la grandeza de este género, que, por cierto, no nació como un género elitista, sino como un arte popular.

En las tertulias de los descansos, algunas personas manifestaban su queja por la falta de apoyo a estos acontecimientos por parte del Gobierno del Principado. No sé qué ayudas públicas recibe la Temporada de Opera, pero yo creo que tal como está concebida no debería recibir ninguna. Y me explico. Ningún dinero público debería emplearse en promocionar acontecimientos culturales a los que el pueblo no tiene la opción libre de asistir. Si sólo pueden asistir a la ópera ciertas personas asociadas o abonadas de por vida deben ser ellas quienes costeen ese privilegio del que disfrutan de manera perenne con respecto a los demás. Sin embargo, no es justo ni recomendable que existan expresiones artísticas de esta calidad y de tan singular naturaleza y que las instituciones públicas no dediquen todo su esfuerzo (incluido el económico) y pongan todo el empeño en hacerlas populares y procurar que lleguen al mayor número posible de ciudadanos. No es verdad que a la gente no le guste la ópera: la gente no ha visto funciones de ópera en directo. No es verdad que la gente no quiera asistir a la ópera: la gente no puede asistir a la ópera. No es verdad que la gente no entienda la ópera: la belleza artística la entiende (en principio) todo el mundo, sólo hay que abrir los oídos, los ojos y el corazón y dejarse llevar.

MUCHO MEtemo que estos privilegios operísticos tengan su origen en un pensamiento elitista, con tintes aristocráticos, que encierra planteamientos de exclusividad cultural (y por lo tanto social). Las funciones de ópera se asociaron durante muchos años a una clase social determinada que disfrutaba de todos los privilegios. Hasta hace bien poco, incluso constituía la ópera un acto social, más que cultural, que muchas personas aprovechaban para lucir sus joyas, sus pieles o sus trajes de diseño exclusivo (personas despistadas se ven aún por las antesalas del teatro reivindicando con sus "rancios uniformes" esta circunstancia). Nadie en su sano juicio puede apropiarse hoy en día de esta fantástica modalidad artística.

La gente no puede ir a la ópera como va a los museos o a los conciertos en Plazas de Toros y Campos de Fútbol. Si esto fuera posible comprobaríamos que la ópera es un arte popular, que sus raíces son las de la gente común. Wagner, en Tannhäuser, habla de sentimientos, de maneras diferentes de entender el amor: por un lado el amor idílico, poético, excelso, puro y celestial. Por otro lado el amor carnal, la pasión, los cuerpos que se retuercen juntos para fundirse en una explosión de placer. La Inmaculada Virgen María y la voluptuosa Venus. El puso sus pensamientos en la voz del protagonista, a quien hizo después arrepentirse y lo mandó en busca del perdón del Papa.

YA SABIAWagner que el Papa no iba a perdonar a Tannhäuser. Ya sabía que no le iba a perdonar a él. En una de las escenas se produce una quema de partituras (presagio de la intransigencia religiosa de aquella época) El papa, entonces, era Gregorio XVI (un fraile camaldulense de rigor doctrinal, enemigo de los príncipes liberales y democráticos de la época). Más de ciento cincuenta años después, el conflicto interior de Wagner, que su genio expresa con la música más grande (la orquesta llora, grita, se alboroza, calla, se retuerce de dolor o de placer, desconfía o acusa) sigue teniendo rabiosa actualidad. El papa de ahora, Benedicto XVI, sigue condenando el amor carnal y sigue proclamando que sólo es lícito moralmente el acto de amor que se realiza para procurar la procreación. Pero esto es harina de otro (artículo) costal.

Los genios lo son porque se adelantan a su tiempo (en ideas, descubrimientos y manifestaciones artísticas), porque parecen vivir en un futuro que pocos de sus contemporáneos entienden. Wagner era uno de estos genios y a mí me duele que, en ocasiones muy singulares, sólo puedan disfrutar su arte unos pocos.

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