Las últimas semanas han contemplado una marcada acentuación en el ritmo de avance de los precios en los principales países avanzados, empujados básicamente por los carburantes y la energía. De entre las consecuencias más relevantes de la acentuación de la inflación quisiera destacar su efecto sobre nuestra competitividad exterior y sobre el endurecimiento de las condiciones monetarias.
En primer lugar, y por lo que se refiere a la competitividad, los últimos aumentos de precios han acentuado su deterioro, de manera que, entre 1995 y la actualidad, el diferencial de crecimiento de los precios de Catalunya y España con el área del euro se ha situado cerca de los 17 y 12 puntos porcentuales, respectivamente. Y aunque es cierto que en bienes manufacturados las diferencias son menores, no lo es menos que, en el ámbito de los servicios turísticos, el deterioro de la capacidad de compra de los extranjeros los está afectando ya negativamente.
En segundo lugar, la aceleración de la inflación está modificando las perspectivas de la política monetaria, de forma que se espera que la Reserva Federal norteamericana (Fed) continúe elevando los tipos en Estados Unidos, desde el 3,75% actual hasta el 5% que se alcanzaría en el primer semestre del 2006, mientras en el área del euro también se acercan modificaciones al alza.
¿Cuáles pueden ser las consecuencias de ese cambio de rumbo en la política monetaria sobre nuestra economía?
Tres son los principales aspectos a considerar: su impacto sobre la actividad inmobiliaria, sobre la exportación de bienes y servicios españoles y en relación a la capacidad de financiación de nuestro déficit con el resto del mundo
POR LO QUE se refiere al impacto que una eventual alza del precio del dinero podría tener sobre la construcción, conviene recordar que este sector se ha convertido en motor esencial del crecimiento, con una contribución en los últimos años cercana al 20% de la nueva ocupación y al 15% del nuevo producto interior bruto (PIB). Además, los importantes aumentos de precios de las viviendas han generado un nivel históricamente récord de la deuda de los hogares (próxima al 100% de su renta disponible), con lo que un alza en los tipos de interés tendría efectos no deseados sobre la carga financiera de esa deuda.
Otro canal de traslación de un eventual endurecimiento del crédito en Europa se produciría por la reducción en el crecimiento de nuestros principales socios comerciales (Francia, Alemania, Italia, Gran Bretaña y Portugal), con el consiguiente impacto negativo en los sectores más directamente expuestos a los intercambios internacionales, ya afectados negativamente por la pérdida de competitividad mencionada.
Un último efecto de una modificación del coste del capital, menos visible que los dos anteriores, es el que se produciría en las condiciones de financiación del déficit exterior. Incluso en nuestra economía, en la que el saldo exterior tiene una tendencia crónica a los números rojos, un déficit por cuenta corriente por encima del 7% del producto interior bruto resulta claramente excesivo. Refleja un exceso del gasto interno, en relación a los recursos del país, que debe financiarse apelando al ahorro del resto del mundo. Un cambio en las condiciones financieras internacionales haría más costosa su financiación. Y, por ello, más difícil mantener el excesivo ritmo de avance de la demanda interna, sobre el que se asienta nuestra prosperidad actual.
En síntesis, el preocupante crecimiento de los precios está afectando negativamente la competitividad exterior al tiempo que refuerza la dependencia de nuestra economía de la demanda interna y, en especial, de la construcción. De igual manera, las alzas del precio del dinero vinculadas a esa aceleración de la inflación van a afectar tanto la capacidad de crecimiento de la construcción o de las exportaciones como a las condiciones en que se financia el déficit exterior.
¿HASTA QUÉ punto el cambio que se anticipa en tipos de interés va a ser relevante?
Con la excepción del goteo continuo de pérdida de competitividad externa, no creo que, por ahora, debamos esperar impactos demasiado apreciables. Aunque el Banco Central Europeo (BCE) eleve moderadamente los tipos de interés, su nivel absoluto es hoy excepcionalmente bajo, al tiempo que, en el caso español, los tipos de interés hipotecarios reales son, prácticamente, nulos.
A pesar de las distorsiones de nuestro crecimiento, no parece que nos encontremos todavía frente a un cambio de ciclo. Pero no conviene despreocuparse. Hay que corregir los desequilibrios ahora, mientras la fase expansiva continúe con vigor. Las correcciones en periodos de vacas flacas son siempre, además de inevitables, mucho más dolorosas.
Josep Oliver, Catedrático de Economía Aplicada de la Universitat Autònoma de Barcelona.

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