...«Parece mentira que sea capaz de hacer una presentación tan zafia»... Aznar es «el epifenómeno de Milosevic»... La radio «propiedad de los obispos lanza mensajes que incitan al odio y la confrontación»... -Pedro Solbes / Rafael Estrella / José Montilla
Arthur Schopenhauer es el autor de una pequeña joya que en España puede encontrarse con el título de El arte de tener razón. Escrita hace más de un siglo, esta obra recoge, con tanta ironía como lucidez, 38 estratagemas para hacer que triunfemos en cualquier discusión, aun cuando nuestras tesis sean falsas o más débiles que las del adversario. El filósofo de Danzig propone de todo: enfadar al oponente, establecer falsos silogismos, apelar a la autoridad en vez de a la razón Así hasta que al final culmina en la regla nº 38: «Haz alusiones de carácter personal, insulta, sé ofensivo tan pronto como percibas que tu adversario tiene las de ganar». Hasta llegar aquí, es evidente que recomienda agotar las otras 37 posibilidades. Pero parecería que en España alguien se está leyendo el libro al revés.
El martes, el ministro de Economía espetó en el Congreso al líder del PP: «Parece mentira que un fino jurista como usted sea capaz de hacer una presentación tan zafia». Se trataba del debate de los Presupuestos, y lo zafio para Solbes era que Rajoy preguntase cómo el Estatuto catalán podría repercutir en aquéllos habida cuenta de las competencias recaudatorias que atribuye a Cataluña.Si lo que realmente pensaba el ministro es que la pregunta era improcedente, podría haberlo dicho así, pero de esa manera se vería más obligado a explicar por qué. Cuando la intención es eludir una pregunta, resulta más práctico recurrir a un descalificativo que la invalide.
Menos sutil fue, ciertamente, el portavoz socialista para Asuntos Exteriores en el Congreso, Rafael Estrella, quien el jueves tachó a Aznar de ser el «epifenómeno de Slobodan Milosevic». Es un discurso que no necesita comentarios, pero sí una precisión, por cuanto han sido muchos quienes lo han calificado de «incontinencia verbal». Veamos, ¿es que alguno de ustedes, cuando sufre uno de esos ataques en los que no puede reprimir un insulto, utiliza términos como epifenómeno? No se trata aquí de cuestionar el amplio vocabulario del diputado Estrella, pero la experiencia sugiere que insultos así no surgen sino de forma premeditada.
Por último, el ministro de Industria acusaba el mismo día a la Cope de lanzar mensajes que «incitan al odio, la división y la confrontación y que sólo hacen que (sic) sembrar cizaña e ir contra los valores que en teoría defienden los titulares de esa cadena». A la ya manida estratagema 38, Montilla añade la nº 5: «Utiliza las creencias de tu adversario en su contra», intentando poner en evidencia a la Conferencia Episcopal. El discurso del ministro fue un caso paradigmático de cómo acusar sin aportar pruebas, tan sólo mediante palabras cargadas de valor. Basta con presentar a los demás como los que «cavan trincheras, crean fosas, siembran insidias y restan» contraponiendo el deber de «tender puentes, generar complicidad y sumar». Lo que molesta a Montilla es la «virulencia» de las manifestaciones de quienes hacen «afirmaciones rotundamente falsas y confabulaciones sobre el contenido del Estatuto carentes de cualquier apoyo en el texto de la reforma». ¿Cuántos artículos citó él para refutar tales manifestaciones? Ninguno.
Insultar, hacer alusiones de carácter personal, puede ser un arte en política. Pero para eso harían falta mayores dosis de humor e ironía, lo que los ingleses llaman wit, palabra que aquí (por algo será) tiene una imprecisa traducción. En España, los políticos insultan o descalifican con una mayor tendencia a la tragedia (también Rubalcaba acusaba esta semana al PP de estar «incendiando España con su discurso»). No es probable que arremetidas así persuadan a nadie, salvo a los ya convencidos. Sin embargo, según Schopenhauer, hay otra razón por la que el recurso a la estratagema 38 es tan popular: «Requiere muy poca habilidad ponerla en práctica».

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