La diputada asturiana del PP, Alicia Castro, se puede convertir en el mascarón de proa del movimiento ecologista asturiano. Oyéndola denunciar los peligros medioambientales que tendría la instalación en Asturias de una planta regasificadora, viene a la mente esa fotografía que se hizo el Día Mundial del Medio Ambiente del año 1996 la por entonces ministra del ramo, Isabel Tocino, en traje campero y acompañada de un rebaño de ovejas merinas. A Castro sólo le faltó el atuendo, pero sus palabras pueden servir de acicate a cualquiera de las organizaciones que se oponen a la construcción de la planta, al incremento del número de centrales térmicas de gas y al de líneas de alta tensión.

Ha bastado una intervención suya para conseguir que empresarios y políticos, incluidos sus compañeros, se le echen encima. Pero también para incorporar al debate público los riesgos que para el ecosistema marino puede tener la regasificadora. Ya quisieran esos colectivos ecologistas tener la capacidad de provocación que ha demostrado la ex concejala ovetense. Acostumbrados a clamar en el desierto, y vistas las veleidades proteccionistas que demuestra Alicia Castro, podrían hacer de ella su Pasionaria particular, verde en lugar de roja.

Lástima que sus denuncias tengan poco que ver con su preocupación por la salud de los peces y mucho con su obsesión por la salud de España. La sensibilidad ecológica no encaja con su discurso habitual, pero su advertencia sobre el beneficio que obtendría Cataluña de la regasificadora sí coincide con los mensajes del PP sobre los peligros del catalanismo. El logro de la diputada se queda pues en haber sido la primera en ver el fantasma de Carod Rovira deambulando por el Musel. También tiene su mérito, que a simple vista no es fácil.