Mariano Rajoy ha asumido el compromiso, cueste lo que cueste, de defender los intereses de los empresarios catalanes y de los ciudadanos de Catalunya, "aunque ellos no quieran", porque está convencido de que los catalanes no nos hemos dado cuenta de lo que supone el Estatut. Esta noticia apareció el jueves, a cuatro columnas, en este diario, complementada con otra titulada "El Estatut abre la puerta a la poligamia", que hacía referencia a un estudio que ha publicado la Fundación para el Análisis y los Estudios Sociales (FAES) que preside José María Aznar. Así que habrá que convenir que el PP es capaz de encontrar en el Estatut las consecuencias más perversas de su redactado.
El líder del PP quiere ser para los catalanes el primo de Zumosol, aquel al que acudía el muchacho del anuncio cuando unos grandullones le querían poner a caldo. Rajoy, con su metro ochenta y tantos y su barba de capitán Acab, está dispuesto a acabar con Moby Dick y con este Estatut, para que sobreviva Catalunya. No se lo ha pedido nadie, pero ha intuido una llamada de auxilio en unas palabras de Ricard Fornesa. ¿Qué dijo ante Pasqual Maragall el presidente de La Caixa cuando recogió la medalla de oro de la Generalitat? Pues que querían seguir estando en toda España, lo que nadie entendió como un SOS en alta mar, sino como una afirmación de navegación en medio de la borrasca. Fornesa pidió "armonía" en estos tiempos difíciles que, según el diccionario, es, más allá de su acepción musical, "amistad y buena correspondencia". Más o menos lo que nuestros hijos definen como buen rollo, algo que está en las antípodas de que alguien se rompa la cara por nosotros.
El primo de Zumosol nunca me despertó buenas sensaciones. Era en realidad un abusón, alguien que valoraba más el bíceps que el talento. No percibo que el empresariado catalán necesite que Rajoy haga de guardaespaldas de los productores de cava del Penedès o de escolta de los fabricantes de salchichón de Vic. Si Mariano Rajoy quiere exhibir músculo puede hacerlo en la sede de su partido o en los locales de la Cope cuando fomentan el enfrentamiento. Si el presidente del PP desea defender a los catalanes "aunque ellos no quieran" no hace falta que tome el puente aéreo, pues puede echar una mano a diez minutos en coche de su casa.
Rajoy debería apostar por la metrosexualidad antes que por el culturismo e intentar que el contencioso Catalunya-España se solvente con la piel antes que con el músculo, por la caricia antes que con el mamporro. A Catalunya se la defiende denunciado a los que echan gasolina al fuego, no acusando a los bomberos de pirómanos.

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