HABLEMOS hoy de las formas, que tiempo habrá para desmenuzar el contenido. La lectura del Preámbulo resulta muy ilustrativa. El texto es breve: apenas folio y medio, una minucia en comparación con los 227 artículos, diez disposiciones adicionales, tres transitorias, una derogatoria y cinco finales. Está plagado de afirmaciones apodícticas, incluido un singular decálogo. No escatima elogios: «Tenacidad de nuestro pueblo», «fidelidad de sus dirigentes», «tradición democrática»... Me quedo con un dato objetivo: si no he contado mal, el término «Cataluña» aparece ¡24 veces! Dirán que se trata de un texto más literario que jurídico. Pero no parece sólo cuestión de retórica. El artículo 1.1 empieza con «Cataluña es...» y el 1.2, con «Cataluña ejerce...», y así hasta el infinito. La obsesión identitaria es parte de la mentalidad nacionalista. Las referencias podrían multiplicarse, pero me limito ahora a dos autores muy gratos a la izquierda: Eric Hobsbawn y Benedict Anderson. La nación, real o imaginaria, desplaza a la ideología. Esta regla no es (no debería ser) acorde con la lógica doctrinal del socialismo. Pero ahí está. No vale la pena seguir contando palabras, aunque no me resisto a anotar el número de referencias de corte historicista, tales como derechos históricos, tradición, memoria, generaciones, incluso paisaje... A veces son directamente románticas: «El sueño de una Cataluña...», por ejemplo. Me salen una docena, y creo que me quedo corto.
¿Qué dice de nosotros? Si hemos de ser justos, el Preámbulo catalán se muestra menos alérgico a utilizar «España» que su equivalente del Plan Ibarretxe. Menciona dos veces a «los pueblos de España» y entre los principios irrefutables incluye la definición como «Estado plurinacional». El proyecto vasco era más explícito: el Estado español resultaba ser «compuesto» y «asimétrico», además de plurinacional. También son similares las referencias al derecho de autodeterminación y sus variantes («decidir su propio futuro», «derecho ineludible al autogobierno»...) , pero la propuesta que ahora se discute elude, con buen criterio, la apelación a convenios aprobados en Naciones Unidas (que afectan a situaciones de naturaleza colonial). Ultima reflexión. En términos de historia de las ideas, el nacionalismo tiene difícil encaje con el punto de vista liberal. No son incompatibles por esencia, pero está claro que se miran con desconfianza. Admite el Preámbulo, en su párrafo más atinado, que «la libertad política que se alcance como país nunca debe ir en contra de las libertades individuales». Es un consuelo. Pero no logra reprimir la vieja querencia identitaria y proclama el «deber cívico de implicarse en el proyecto colectivo». ¿Qué hacer con los discrepantes? Rousseau lo tenía muy claro: será preciso «obligarles a ser libres». Me temo que no se trata sólo de una cuestión «teorética».

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