Después del gran tumulto emocional, que acompañó a las ceremonias de los tradicionales Premios Príncipe de Asturias --en el 25 aniversario de su nacimiento institucional-- no estaría mal que, en la intimidad de cada uno brotara la necesidad de reflexionar (después de haberse dejado arrastrar por la arrolladora fuerza de las pasiones emocionales, que desata el acontecimiento) sobre la realidad de lo que acontece en Oviedo durante esos días del sagrado fin de semana dedicado a la exaltación de la dinastía felizmente reinante.
En primer lugar, no conviene ignorar que los Premios pertenecen, por derecho propio, al patrimonio político del actual régimen español. Por lo tanto, nada de cuanto acontece en su entorno está libre de la consideración política que se merece. Los actos que se celebran actualmente en el Teatro Campoamor, son culturalmente políticos. Las intervenciones personales en este prestigioso foro teatral, son de naturaleza estrictamente política. A veces, de gran altura intelectual. El oleaje de las emociones populares que suscitan los Premios, se debe fundamentalmente a impulsos políticos...
Hasta el frenesí colectivo que provocó la presencia del joven asturiano, campeón del mundo de Fórmula I, asomado en un balcón del edificio central de la Caja de Ahorros de Asturias, en Oviedo, ha sido un clamor político. (Sobre todo, el típico clamor de la sociedad de consumo ; la política dominante en la opulenta sociedad occidental).
Pero que la política sea el motor de esos movimientos de masas --como el de La Escandalera--, y también el de las aclamaciones de las élites entusiasmadas, rendidamente entregadas a la causa monárquica, en el interior del teatro ovetense, no debería ser motivo para el reproche. La política es --por lo menos, debe serlo-- una pasión decente. Lo que ya no lo es tanto --al menos, totalmente-- es que a la política se la utilice para educar ovinamente a la sociedad civil...
Uno se admira de la sentida pleitesía (o adhesión incondicional) con que los españoles le rinden culto a la corona. Es admirable; precisamente, por su condición tácita. De participar en esa pleitesía no se libran ni los más conspicuos republicanos , que están plenamente integrados, o que merodean por sus inmediaciones, en las instituciones públicas del régimen monárquico. Cada día -como cada año en Oviedo- los españoles "... y demócratas todos" hacen grandes alardes de su fidelidad a la familia real mientras la dinastía se complace en ella.
Sin embargo, quizás fuera necesario, para que la democracia española no pierda naturalidad, que en este país apareciera otro Ortega y Gasset fustigando este tiempo tan mansurrón políticamente. Decía Ortega, hace setenta años, que "desde Sagunto, la Monarquía no ha hecho más que especular sobre los vicios de los españoles, y su política ha consistido en aprovecharlos para su exclusiva comodidad". (El error Berenguer. El Sol , 17 de noviembre de 1930).
Nos hemos alejado nada menos que setenta años de la publicación de aquel artículo orteguiano, que conmovió a la opinión pública española de la época; este tiempo actual no es aquel. Más, hay motivos suficientes para pensar que hoy (2005), como ayer (1930), el mismo filósofo republicano, liberal y laico, podría repetir de nuevo lo que también decía en el artículo citado: que los españoles, "moralmente pertenecen a la familia de los óvidos, que en política son gente mansurrona y lanar, que lo aguantan y lo sufren todo sin rechistar, que son informales, que a las cuestiones de derecho y, en general, públicas, presentan una epidermis córnea"
Sólo se puede constatar una diferencia muy sustancial entre la España de 1930 y la actual: los duros años del franquismo han sido borrados de la memoria colectiva nada más iniciarse el gobierno emoliente de esta Monarquía que trajo consigo la Transición. Hace setenta años, el olvido de la Dictadura de Primo de Rivera fue, según el filósofo, el error de Berenguer: "hacer olvidar a la amnesia celtíbera los años de la dictadura"... De quién ha sido el error de que, hace treinta años tan solo, bastara con la restauración (digital) de la Monarquía para borrar el recuerdo de cuarenta años de dictadura? Esta pregunta, quizá no tenga respuesta jamás.
Resulta obvio entender que todo este tinglado (emocional, cultural, político y, sobre todo, mediático), que se ha construido el propio régimen, para complacerse en él, se sostiene sobre una serie de ideas que son, sociológicamente, hipócritas. Veritatem delet simulatio Es decir: La hipocresía destruye la verdad . Pero esto se dijo mucho tiempo antes de que la sociedad español pariera un talento de la talla de don José Ortega y Gasset. Lo dijo Cicerón.

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