En vez de huelga, habría que decir «cierre patronal» o, como dicen los entendidos, «lock-out», aunque también haya autónomos afectados y seguramente más perjudicados. Pero, de cualquier forma que se denomine, la causa es el petróleo, que, rondando los 60 dólares, cuestiona el modelo económico de la comercialización, distribución y producción, dado el enorme peso que la energía tiene en todos y cada uno de los procesos.

Hablamos de la crisis del agua, pero el agua proviene de los acuíferos que todos los años se recargan con la lluvia y la nieve. En cambio, los yacimientos fósiles -petróleo, gas y carbón- sólo son eso, yacimientos que un día, hace ya millones de años, acumularon cantidades ingentes de restos orgánicos provenientes de algo tan cotidiano como la fotosíntesis (y procesos similares), donde la luz del Sol produce una reacción físico química que se inicia en la clorofila y junto con el agua, dióxido de carbono y nutrientes, originan los vegetales (hidratos de carbono, lípidos, proteínas) y oxígeno, y de ahí nos viene y así se ha formado esa codiciada energía fósil, amén de absorber el indeseado CO2 y darnos O2. El problema es que hay lo que hay, y los yacimientos no van a crecer ni, siquiera, a recargarse como los acuíferos.

Hace ya unos años que el incremento de consumo del petróleo crece más que el descubrimiento de nuevas reservas; es decir, simplemente, las reservas netas están disminuyendo y el consumo, como ya hemos dicho, continúa creciendo. Sólo queda por saber cuánto tiempo podrán aguantar las reservas existentes el ritmo de extracción actual y del incremento adicional del consumo anual. El consumo mundial anda por los 80 millones de barriles/día, que a 159 litros/barril, equivalen a 12.720.000 m3. Para España, los 1,6 millones de barriles/día equivalen a 254.400 m3. Con estas cifras las expectativas no son nada buenas y, además, digan lo que digan, no hay energías alternativas disponibles; y diría más: no puede haberlas en muchas décadas, pero ya en cantidades reducidas. Hasta ahora, el actual volumen de consumo sólo ha sido posible gracias a la acumulación y ahorro fosilizado, de millones de años, de la fotosíntesis. Tan es así que, al cabo de sólo medio siglo de consumo, estos combustibles ya han sido denunciados en Kioto a causa de los efectos del disparatado consumo.

La parte más grave corresponde al modelo económico sobre el que está montado el sistema social y productivo «energía fósil», para todo y en todo: alimentación, producción, ciudades, transporte y mecanización de todo lo imaginable. Es más que urgente cambiar el modelo, el chip. Parece que se está esperando un colapso para modificar las pautas. Hay que comenzar a hablar en términos de coste energético e ir olvidándose de lo que ahora mismo cuesta un barril. En 1973 -se dice- ya hablaron de la crisis -y mira- hemos llegado hasta hoy -dirán otros-. Pues sí, hemos llegado montando guerras interminables -siempre las hubo- pero ahora sólo por el petróleo. Pero en 1973 no se hablaba del agotamiento y de la producción petrolera; ahora, va en serio y a muy corto plazo.

La energía nuclear de fisión... pues tampoco, la Agencia Internacional de la Energía Atómica, AIEA, cuyo presidente, Mohamed Al Baradei, reciente premio Nobel de la Paz (que habría que ver por qué) dice en su informe anual que sólo hay uranio 235 fisionable para medio siglo al ritmo actual de consumo. La biomasa... tampoco, pues ahora los fertilizantes, pesticidas y la mecanización agrícola o forestal se basan en el petróleo o gas natural; pero además, como ya hemos visto, en un siglo vamos a quemar toda la biomasa fosilizada que ha tardado millones de años en formarse. La generación de la biomasa -fotosíntesis- solo alcanzará para comer, pero no para sustitución de la energía fósil.

Tanto si la huelga -cierre patronal- del transporte causada por el petróleo vuelve a reproducirse, como si no, los precios del petróleo no se puedan pactar, no dependen de los agentes negociadores del conflicto. Los gobiernos, central y autonómicos, sí deberían ir estudiando medios de transporte y de producción industriales y agrícolas más baratos en términos energéticos, incluyendo los abonos y pesticidas no derivados del petróleo y gas. Por ejemplo, el transporte por ferrocarril consume de 4 a 5 veces menos que por carretera, y menos aún el urbano e interurbano para pasajeros, continuando con el carril bici, de verdad y seguro, y así tantas otras actividades grandes consumidoras de energía ya amenazadas.

Miguel Ángel Llana es ingeniero y diplomado en Ciencias Empresariales.