Hace 75 años, intelectuales castellanos y catalanes se fundieron en un gran y sincero abrazo de confraternidad / Era una época, a principios del siglo pasado, en la que la convivencia lingüística era una fecunda realidad.
Parece un sueño, pero hubo un tiempo en que había una verdadera convivencia lingüística en nuestro país, basada en el mutuo y profundo respeto, y el hecho de que la lengua que habla un pueblo no puede separarse de su pensamiento.
En marzo de 1924, bajo la dictadura de Primo de Rivera, los intelectuales catalanes expresaban su gratitud a los castellanos por su mensaje de elogio y defensa de la lengua catalana dirigido al directorio militar de España «en palabras sensatas, cálidas y fecundas», sobre todo cuando advertía que el idioma es «la expresión más íntima y característica de la espiritualidad de un pueblo». Estas movilizaciones se producían ante unas disposiciones de naturaleza política que limitaban el uso de la lengua catalana y que habían herido la sensibilidad del pueblo catalán además de crear un abismo de rencores imposible de salvar. «Con este gesto fraternal habéis querido ofrecer a los escritores de Cataluña la seguridad de vuestra admiración y respeto al idioma hermano».
«El elogio de la lengua castellana es obvio -seguía el escrito publicado en la prensa del 10 de abril-. Vosotros, en vuestro hermoso mensaje, rendís memoria a Milà i Fontanals al decir que 'abrió con llave de oro los oscuros arcanos de las manifestaciones artísticas más genuinas y características del pueblo castellano'.Nosotros, por tanto, para fortuna de Castilla, no tenemos necesidad de hacer aquí un elogio y defensa de vuestra lengua, una lengua que todo el mundo elogia y nadie ataca». Milà i Fontanals, en efecto, simbolizaba la participación de los catalanes en la cultura castellana, e hizo escuela en ese empeño.
Las relaciones a uno y otro lado del Ebro eran tan sinceras y fluidas que nadie las ponía en cuestión. La gratitud, esta idea tan enigmática en nuestros días, brotaba sin reservas en el escrito de los intelectuales catalanes: «Pase lo que pase, castellanos amigos, muchas gracias. La gratitud ha de ser una virtud catalana, y ahora que nos toca, por tanto, demos ejemplo a nuestros compatriotas».
Los nombres de los firmantes desprendían una autoridad natural: Angel Guimerà, Apel.les Mestres, Santiago Rusiñol, Joaquim Ruyra, Víctor Català, Narcís Oller, Regina Opisso, Prudenci Bertrana, Alfred Opisso, Francesc Pujols, P. Vila San Juan, Joan Antón Maragall y Jaume Carner encabezaban el ilustre elenco de más de un centenar de firmas. Pero los destinatarios tampoco dejaban a nadie indiferente. Entre ellos figuraban Pedro Sáinz, Gregorio Marañón, Angel Osorio y Gallardo, Angel Herrera, Joaquín Belda, Luis Jiménez de Asúa, Gabriel Maura, Fernando de los Ríos, Azorín, Melchor Fernández Almagro, Ramón Gómez de La Serna, Manuel Bueno, Federico García Lorca, Alberto Insúa, Luis Araquistain, Gustavo Pittaluga, José García Mercadal, José Gutiérrez Solana, Juan Pujol, José Canalejas, Eduardo Ortega y Gasset, Manuel Azaña, Claudio Sánchez Albornoz, Ramón Pérez de Ayala, Marqués de Lozoya Así, hasta otro largo centenar.
Finalizada la dictadura y restablecidas las libertades de prensa y de asociación por el Gobierno Berenguer, el 25 de marzo de 1930 llegaron a Barcelona en diversos viajes del expreso de Madrid numerosos grupos de intelectuales castellanos desplazados para participar en un acto de confraternidad con sus amigos catalanes.El apeadero de Gràcia se llenó de personalidades de las ciencias, las letras y las artes, con los firmantes del escrito al frente, además de representantes del Ateneo, la Fundació Bernat Metge, Reales Academias, Círculo Artístico, Casa de Castilla, secundados por una gran multitud. También se unieron varios de los intelectuales castellanos llegados la noche anterior, como Juan de la Encina, Jiménez Caballero, Sánchez Albornoz, Pedro Salinas, Américo Castro, Alvarez del Bayo, Eugenio Montes, Fernando de los Ríos, Ortega y Gasset Entre los llegados en la última expedición se encontraban Menéndez Pidal, Pérez de Ayala, Urgoiti y otros más que fueron aclamados y acompañados por la multitud hasta el Ayuntamiento, como si se tratara del regreso a casa de un Barça campeón.
En el Saló de Cent, el alcalde, conde de Güell, les dio la bienvenida en nombre de la ciudad y agradeció la defensa de la cultura y la lengua de Cataluña que habían presentado ante los militares.«Sois intelectuales y españoles -les dijo el alcalde-. La intelectualidad no se ha revestido nunca de ninguna raza ni forma más elevada que la comprensión, la transigencia y la admiración al saber ajeno ( ) La intelectualidad, en todos los países, es su vanguardia, porque mientras no cambien las leyes que rigen la evolución en el progreso del mundo, lo que los intelectuales sentís, pensáis, decís, queréis y hacéis es lo que algún tiempo después han de pensar, decir, querer y hacer todos los demás, incluso los que os critiquen. Cataluña os queda agradecida, y a vosotros, los catalanes, os digo que no olvidéis que la intransigencia, las imposiciones y el imperialismo miniaturizado no son sino plantas de la decadencia española, que la verdadera España es la que hoy representan estos amigos de Cataluña que nos visitan »
En nombre de los intelectuales castellanos, Américo Castro dijo que no bastaba con la comprensión mutua, sino que era necesaria la convivencia, ya que «convivir es sentir que la curva de nuestros intereses se prolonga fuera de nuestro ámbito. Hay que convivir, hay que sentir el mutuo respeto. En tanto que el resto de España no comprenda el hecho catalán, España estará sometida a todas las desdichas. Es preciso que de una vez para siempre las gentes no se asusten ni se extrañen de que en la Península, de que aquí se hable una lengua además de la oficial ( ) Es preciso que nos miremos francamente y que nos digamos con el corazón en la mano lo que debemos hacer e ir siempre juntos».
Eran otros tiempos, en los que nadie llevaba el lenguaje al borde del abismo y unos y otros, con gran categoría humana e intelectual, entendían que la lengua es la piel del alma y que vive de lo que quienes la hablan saben hacer en el mundo.

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