Hasta los griegos, siempre demócratas, contemporáneos, llamaban bárbaros a los que vivían fuera del Hélade. A los estados, a las regiones y hasta las aldeas les gusta atribuirse leyendas y hazañas que niegan a los demás y que son ficciones, mentiras. Joyce dice que los irlandeses con orgullo, llaman «isla de santos y sabios» a Irlanda, ese inmenso seminario. El dublinés no recordaba haber oído jamás el himno inglés God save the King sin que se desatara entre sus paisanos una tormenta de gritos, silbidos y aullidos. Las armas de Inglaterra para dividir y dominar a Irlanda fueron el látigo, la porra y la soga. En el Ulises, Leopoldo Bloom dice al ciudadano Ciclópeo: «Pero de nada sirve la fuerza, el odio, la historia y todo lo demás».
También el Imperio español y sus dos dinastías emplearon en Cataluña el látigo, la porra y la soga y en los tiempos de Franco los Estados de Excepción; y la represión con Euskadi. Pero hoy la ferocidad de Madrid, es un cuento de miedo que les relatan a los niños. La España de hoy carece de fuerza coercitiva y aunque la tuviera sería incapaz de utilizarla. A pesar de la ausencia de fuerza, de la extinción de los capitanes generales que bombardeaban Cataluña, el pesimismo crece en las dos partes. A los responsos de Montjuic se contesta con los responsos de Trafalgar. Ellos siguen teniendo una idea muy oscura de España y los de este lado desconfían de la lealtad de los otros.

Como escribió Juaristi, la Historia nos la han contado mal; eso es todo; el odio entre el centro y la periferia continúa.«Nunca aceptarán que somos una nación», dice melancólicamente Javier Arzalluz en la Universidad de Barcelona. Y Leguina, desde Madrid, le contesta: «Lo que más me llama la atención es el miedo al otro». Ignacio Astarloa, del PP, hace un vaticinio desdichado: «No va a haber extintores suficientes para el incendio que se va a generar». Está muy claro que casi la mitad de los ciudadanos que viven en el País Vasco y Cataluña son españoles a la fuerza y no se van a conformar con una soberanía restringida.

Sólo hay un hombre optimista llamado Zapatero; él se ha puesto en el alma de los otros y está aguantando los gritos, los aullidos y los silbidos de los patriotas de este lado, haciéndose el irlandés cuando tocan el himno de la metrópoli. Si acertara, la tormenta de aullidos se extinguirá, si se equivoca, tendrá que marcharse.

Estamos todos enfermos de sinceridad; hemos olvidado esa virtud política, cortesana, palaciega, que es la hipocresía maquiavélica, la política. Los evangelios trituran a los hipócritas, les llama sepulcros blanqueados, que diezman la menta, el eneldo y el comino.Pero en el oficio de gobernante sólo se puede detenerse el incendio de los chauvinismos, sin testosterona, porque sabido es que en los huevos del patriotismo irracional es donde se incuban las matanzas.