Cuando ni tan siquiera han pasado cuatro años de su muerte, el enconado debate sobre el Estatut ha perturbado el sueño eterno de Anselmo Carretero, oceanógrafo, historiador aficionado y padre del retruécano político más discutido de los últimos meses. Su definición de España como «nación de naciones», incluida en el texto por expreso deseo de Maragall, es hoy el talismán al que se aferran los socialistas catalanes para encuadrar el proyecto en la Constitución.

Autor de un completo estudio sobre El Reino de León, amigo del padre de Zapatero y segoviano pero leonés adoptivo, la elección de Carretero como sustento teórico del Estatut bien podría haber sido un soterrado guiño al presidente, que sopesa estos días cómo retocar la definición de su paisano sin levantar las iras de sus socios. Pero un análisis detallado de sus textos arroja un puñado de reflexiones que a buen seguro incomodarán a aquéllos que vienen sacando en procesión el fantasma del bueno de Don Anselmo, al que Zapatero define con sorna en privado como «una especie de Herrero de Miñón de la izquierda».

Carretero era desde luego un federalista convencido y así lo reflejó desde el exilio en cada uno de sus libros, en los que siempre dejaba claro cuál era su patria: «No la empequeñecida España Una, que no es España (...), sino las Españas unidas, la Comunidad o Unión Ibérica, de todos sus hombres y sus pueblos».

Creía que sólo un reconocimiento de la identidad de todas las tierras ibéricas -incluida Portugal, que él incluía dentro y no fuera de España- podría zanjar las disputas territoriales.Frente a un auditorio de anarquistas, llegó en 1962 a proponer el primer artículo de una posible constitución: «España, la Comunidad o Unión Ibérica, es una comunidad de pueblos, unidos por la historia, por la voluntad de un destino común y por la presente Constitución federal».

Mejor «nacionalidades»

Cualquier lector avispado habrá advertido que no aparece en el texto «nación de naciones» y sí en cambio «comunidad de pueblos».Porque lo cierto es que el propio Anselmo se dio cuenta pronto del berenjenal al que estaba abocada su «nación de naciones», desechada por historiadores y politólogos. Por eso, apenas se aprueba la Constitución del 78, prefiere no insistir en él «habida cuenta de que el vocablo nación carece de definición precisa universalmente aceptada y que la Constitución española usa ambiguamente sin definirlas nacionalidades y regiones». Y añade: «En la literatura política internacional se usa con frecuencia el nombre de nacionalidad para designar las diversas naciones incluidas dentro de un Estado plurinacional que como tales las reconoce. En el caso de España bien podemos llamar nacionalidades a todos los pueblos que históricamente han formado la nación española».

¿Significa esto que se conformaba con el artículo 2 de la Constitución, el que habla de la «indisoluble unidad de la nación española»? No sólo se conformaba con él sino que lo consideraba el reflejo de su idea de España. Así lo expresaba en Los pueblos de España (1980): «De forma un tanto confusa y en términos imprecisos, este artículo constitucional viene a reconocer nuestra definición de España como nación compleja o nación de naciones».

El exaltado federalista del exilio se daba por satisfecho con el modelo de la España autonómica. Discrepaba de la división territorial, que consagraba regiones para él artificiales como Castilla y León, pero valoraba por encima de todo cotas de autogobierno que jamás había soñado.

Valga como ejemplo una hipotética lista de competencias exclusivas del Gobierno central que Carretero elaboró en los años 60 y en la que incluía la Sanidad y la Educación superior (hoy transferidas a las comunidades) y la Justicia (que el Estatut pretende arrebatar para Cataluña).

Pero no es ésta la única sorpresa que ocultan entre líneas las obras de Carretero. Tal vez Pasqual Maragall no sepa lo que escribió en 1980 al hilo de la aprobación del Estatut del 79: «Conseguida la autonomía (...), Cataluña comienza una nueva vida como colectividad nacional. La cuestión puede considerarse aquí resuelta, pues la inmensa mayoría de los catalanes han aceptado esta solución constitucional que permite la defensa y el desarrollo de la personalidad».

Contra el separatismo

El historiador advierte contra el separatismo en su obra Las nacionalidades españolas (1977): «No se necesitan grandes dotes de imaginación y prudencia para darse cuenta de los mortales riesgos que correría una España fragmentada en cinco, 10 o 15 republiquitas independientes (...) algunas ricas y otras pobres (...) y todas ellas hervideros de luchas de partidos y ambiciones personales y de grupo».

Carretero aseguraba entonces «no haber conocido catalanes realmente separatistas» y se asombraba de que «un médico y político de Barcelona llegó a imaginar la existencia de una raza catalana con características craneanas indicadoras de inteligencia superior».

Presa de la inocencia de los días del exilio, advertía en La integración nacional de las Españas (1962) que el reconocimiento periférico traería beneficios colaterales que sin embargo no se han producido: «Otro mal que en una España democrática resolvería el sistema federal sería la dispersión y atomización de las fuerzas políticas, al eliminar los pequeños partidos regionales. Tales partidos son propios de estados que tienen por resolver el problema de las nacionalidades y surgen en regiones con apetencias autonómicas, pero pierden toda razón de ser en cuanto éstas quedan satisfechas».Y, para escarnio del PSC, advertía: «¿Para qué un partido socialista catalanista -por poner un ejemplo- en una Cataluña autónoma? Los socialistas catalanes se unirían a los demás socialistas para hacer triunfar su programa en toda España».

En este punto no acertó Anselmo Carretero, pero no fue el único.Tal vez su profecía más memorable sea ésta hoy sorprendente defensa de la descentralización de España tomando como ejemplo dos naciones que ya no existen: «El federalismo está uniendo a los pueblos yugoslavos que hasta ayer se desangraban en permanentes luchas fratricidas (...) y ha podido mantener juntos los numerosos pueblos y vastos territorios del vasto imperio ruso y en él está la solución definitiva para el problema de la nación española».

Inesperado padre de la España federal
Militante del PSOE desde los 18 años, el pedigrí socialista nadie se lo puede negar a Anselmo Carretero, pero lo cierto es que su peregrina concepción de España siempre fue desechada por los líderes del partido. Nacido en Segovia, vivió su infancia en León y su juventud en Madrid, donde estudió Ingeniería Industrial y Oceanografía y se alojó en la Residencia de Estudiantes de Dalí y de Lorca. Durante la guerra trabajó desentrañando mensajes cifrados en la Oficina de Claves de la República. La derrota le relegó a un largo exilio mexicano, donde escribió la mayoría de sus obras y dirigió la revista 'Las Españas', en cuyas páginas encontraron refugio intelectuales como Pedro Salinas, José Bergamín y León Felipe. En México se ganó la vida dirigiendo una explotación agrícola en la selva maya y dando clases de Física hasta que logró un puesto de funcionario en el Sociedad Mexicana de Crédito Industrial. A partir de entonces, se dedicó a desarrollar sus peculiares teorías , que defendió en los años 50 y 60 en artículos, libros y conferencias. Socio fundador del Ateneo Español de México, hasta poco antes de su muerte en 2002 acudía cada semana a su sede con un libro bajo el brazo que donaba a la biblioteca. Su concepción federal refleja una España compuesta de 16 naciones, entre las que incluye también a Portugal.