El presidente Rodríguez Zapatero, acuciado por sus adversarios y las encuestas, se defiende ya antes de que el Estatut se debata en las Cortes. Dice que quedará constitucionalmente "limpio como una patena", y en cuanto al vocablo nación, ofrecerá siete u ocho fórmulas de sustitución que den acomodo a unos y a otros. En realidad, para esta definición quizá valdría la mención existente en la Constitución, que llama nacionalidades a las comunidades históricas.
¿Qué diferencia hay entre una nacionalidad y una nación?En realidad ninguna o, en todo caso, las que se quieran ver. En documentos de la edad media a Catalunya se la llamaba nación, pero ya se nos ha dicho que no es cuestión de plantear ahora hechos históricos. Ni siquiera los de 1714, cuando el decreto de Nueva Planta dice que se aplicarán a Catalunya "las leyes generales de Castilla". Como represalia de un hecho militar, y en aquella época se solía arrasar parte de una ciudad, como ocurrió parcialmente con el barrio de la Ribera, hoy visibles sus restos en el Born. También cortar cabezas, como la del general Moragas, que se expuso dentro de una jaula de hierro colgada en la esquina de una calle. Pero lo peor, y que nada tenía que ver con la guerra de Sucesión, fue abolir las leyes catalanas para aplicar las de otra nacionalidad.
Si en la Constitución actual España se define como nación, poco hay que objetar. Cada Carta Magna o Constitución se presenta como quiere. La Constitución del 1931 definía a España como "una República de trabajadores de todas clases". Lo "de todas clases" se añadió después de un debate para evitar que la definición quedara como un remedo de los soviets.
El concepto vivo y sentimental de nación lo fraguó la Revolución Francesa como uno de sus emblemas. Francia dejaba de ser un reino con la cabeza de Luis XVI rodando bajo la guillotina. Tampoco les valía la palabra estado.
"El Estado soy yo", según dijo Luis XIV y, por consiguiente, tampoco era cuestión de adoptarlo. Fue entonces cuando se aprobó nación como denominativo del país. Se le dio este nombre a una plaza de París emparejada a otra bautizada nada menos que con el de la Bastilla. También las personas dejaron de ser monseñores o monsieurs y se aplicó el término de origen romano ciudadano.En francés esta palabra, a diferencia de las cinco vocales abiertas del castellano, se caracteriza por su acerado acento: "Aux armes, citoyens". La marsellesa es otro símbolo de la misma revolución, en la cual el ciudadano es llamado a las armas. Cuando se proclamó la II República española, por las calles de Madrid o de Barcelona sonaba La marsellesa.No fue hasta un tiempo después cuando se descubrió que había existido en España el Himno de Riego,que sustituyó oficialmente a la insuperable Marsellesa,que combina la arenga militar con una inspirada música.
A la Revolución Francesa sigue Napoleón, quien, con el pretexto de ofrecer la libertad a los pueblos, somete bajo su férula a casi todos los reinos europeos de su entorno. En España se lucha contra Napoleón y, por supuesto, no se admite como rey a su hermano José, pero el afrancesamiento cunde en la sociedad de su tiempo y se pueden copiar no sólo el centralismo o el jacobinismo franceses, sino otras modalidades, como dar a la patria el nombre de nación. España no había dejado de ser un reino, como en realidad todavía lo es hoy. Un buen ejemplo de no contaminación del léxico francés lo dio Inglaterra, con su denominación de Reino Unido, porque dentro de él había naciones como Escocia o Gales. Reino Unido debería también llamarse España. Nación empequeñece a un gran Estado que no hace tanto tiempo fue imperio.
Si unos ataques van a Rodríguez Zapatero sirviéndose del flanco estatutario, otros se dirigen directamente al Estatut o a Catalunya entera. Hace unos días oí a través de una emisora madrileña cómo en menos de cinco minutos se desgranaban ataques sin dejar títere con cabeza. Catalunya era la culpable de la suspensión del proyecto de trasvase del agua del Ebro a Valencia y Murcia, por sus celos ante la creciente pujanza de las dos comunidades levantinas. También Catalunya, a través de Gas Natural, asaltaba las eléctricas. Y aparecía la insolidaridad usada por Rodríguez Ibarra, presidente de una comunidad subvencionada. En Extremadura, los alumnos hogaño se han encontrado en su pupitre con un ordenador en marcha, mientras que en diversos lugares de Catalunya no ha habido bastantes pupitres. En Salt (Girona), doscientos niños se han quedado sin escuela. La sanidad catalana, que atiende a tantos pacientes no residentes en Catalunya o recién inmigrados, continúa en déficit permanente. Los 800.000 catalanes que viven en la pobreza merecerían también una solidaridad que desde aquí se ha prodigado hacia fuera durante tantos años a manos llenas. ¿Y lo del trasvase? Fueron exclusivamente los ribereños del Ebro, desde antiguo los aragoneses y catalanes, quienes hicieron ver que cualquier trasvase arruinaría la agricultura del delta de un río cuyas aguas luchan contra las del mar que, más pesadas, penetran por debajo hasta llegar cerca de Tortosa.
Una cosa es argumentar contra el nuevo Estatut y otra atacar a Catalunya globalmente. Deberían defenderla aquellos no catalanes que a menudo proclaman que Catalunya ha sido el motor de España.

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