A estas alturas, nuestro país empieza a tener cierto rodaje en esto de la democracia, aunque quizás hasta ahora, no habíamos tenido oportunidad de ver tanto movimiento. Acostumbrados a que los votantes crearan monolíticas mayorías, a menudo absolutas, el espectro político actual goza de un dinamismo y de una salud envidiables. El juego democrático va camino de alcanzar finalmente su madurez. El respeto y el diálogo se van abriendo paso a medida que se pierde el miedo. La descalificación gratuita ya no vale y el catastrofismo, la mano dura y la amenaza, crean hastío y aburrimiento en una sociedad de personas adultas y ciudadanos conscientes de sus derechos.
Está sucediendo en el gobierno del Estado, aunque con patinazos injustificables e incomprensibles para la ciudadanía, que atentan contra los derechos humanos en asuntos en los que Marruecos anda metido. Por un lado, la mancha negra en los expedientes de todos los gobiernos democráticos del estado español: el Sahara Occidental.El gobierno central sigue siendo co-responsable de treinta años de exilio, del boicot al referéndum de autodeterminación y de la detención y tortura de activistas saharauis en las cárceles de la dictadura marroquí. La otra gran lacra, los recientes asesinatos de inmigrantes subsaharianos en las vallas de Melilla y la vergüenza de que nuestro gobierno se lave las manos en lo que atañe a las vidas de dos mil personas, entregándolas a la policía marroquí para que muchas de ellas sean enviadas a una muerte segura, de la que algunas están siendo rescatadas precisamente por los saharauis.

En Cataluña, en lo que a juego democrático se refiere, también podemos felicitarnos. Desde que se produjo el relevo en el gobierno de la Generalitat, la vida política es una fiesta. Después de toda una vida, los ciudadanos asistimos en esta legislatura a una actividad política inusual, a la que no estábamos acostumbrados.La formación del tripartito ya fue un gran acontecimiento. Para gobernar, había que pactar, que es la base de la democracia.Y se sucedieron -se siguen sucediendo, a un ritmo vertiginoso- las mal llamadas crisis: nuestros representantes juegan fuerte, apuran, llevando sus competencias hasta el límite, se enfrentan, defienden legítimas posturas, a menudo encontradas -por eso en una democracia hay distintos partidos-, nos tienen con el alma en vilo para llegar, siempre en el último momento, a acuerdos y pactos que la ciudadanía recibe con un suspiro de alivio. Por fin la política empieza a ser interesante. Nuestros políticos tienen una soltura envidiable y encomiable, la variedad de voces, caras y posiciones es enriquecedora y da gusto asistir a debates, entrevistas y ruedas de prensa. El Parlamento está vivo, los pasillos hierven de actividad y las reuniones se suceden, a puerta abierta o cerrada, a la hora que convenga. Pero, quizás por esa falta de costumbre, cada vez que se producen los desencuentros lógicos en el ejercicio legítimo del juego democrático, se ha generalizado la tendencia -gratuitamente alarmista- a hablar de crisis. En realidad, habría que celebrar la evidencia de que en política y en democracia ya no hay dogmas de fe, ni verdades irrefutables, ni posturas inamovibles, porque hasta las reglas del juego son resultado de pactos. Nuestros actuales representantes podrán gustarnos más o menos, sus decisiones podrán o no parecernos acertadas, pero lo que es incuestionable es que por fin hemos alcanzado la mayoría de edad democrática, porque a pesar de tanto escándalo ha quedado más que demostrada la solidez de las instituciones de que nos hemos dotado.