«...Para olvidarse del mundo, del tiempo y de todo. Somos, en nuestra quimera doliente y querida...» Hasta aquí Mario Clavel, bolerista argentino nacido en Ayacucho, provincia de Buenos Aires -no todos los argentinos son tangueros-, que explicita: «El bolero es un ritmo, es un género y es una de las expresiones más hermosas de la canción romántica.»
Palabra por palabra nos lo podríamos aplicar los catalanes en tanto que ente colectivo llamado Cataluña -perdón: Catalunya-. ¿O acaso no somos una nación, un pueblo, una identidad común indivisible, un compacto amasijo cuya alma viene de lejos -el Romanticismo- y va más lejos aún, un todo inefable que no es la simple y ordinaria suma de los individuos que lo componen?
A la hora de la verdad ni izquierdas ni derechas: ¡Cataluña! Por eso los catalanes podemos hablar con una sola voz, en primera persona del plural. Véase: «Cataluña, los catalanes, somos básicamente alérgicos al conflicto y al enfrentamiento. El comercio y la historia, con sus muchas derrotas, nos hicieron pactistas y también temerosos. Somos como somos, ni mejores ni peores. [ ] Sin embargo, el nuevo Estatut va a colocar a Cataluña, a sus representantes y a sus gentes, ante un desafío de la clase que más incomoda y agita. En su fuero interno lo que más desea el catalán es agradar.»
Todo eso que hemos entrecomillado -también «el catalán» en singular es plural de catalanes- ya no es del bolerista ayacuchino Clavel. Es del periodista Marçal Sintes, «que va aprendre a escriure en una escola de Torrent, molt a prop de València, i és fill de catalana i de menorquí.» Se publicó anteayer en este periódico bajo el título «La fortaleza del débil». En castellano, supongamos que porque así lo entenderán mejor ellos. Ellos, ya saben, los empecinados enemigos eternos del pueblo catalán: los españoles. Esos que en Madrid -¡Madrid!- harán manos y mangas para descafeinar, vaciar de su esencia y si es posible aniquilar nuestro (¡nuestro!) sagrado Estatut.
Hay que impedirlo cueste lo que cueste. Somos un sueño imposible que busca la noche para olvidarse del mundo, del tiempo y de todo. Somos, en nuestra quimera doliente y querida, la fortaleza del débil. Podemos conseguirlo. Repitámoslo: debemos impedir eso a costa de lo que sea. Pongamos un solo ejemplo. El sábado, en ABC, Xavier Pericay -obsérvese quién y dónde- glosaba la solución dada por el Departament d'Educació al problema de una niña sordomuda de padres castellanohablantes: como en la escuela todo tiene que hacerse en catalán y los sordomudos no pueden aprender más que un idioma, que la familia se ponga a hablar catalán en casa.En casos así es cuando la fortaleza del débil debe recordar dos versos de Salvador Espriu, predecesor de Miquel Martí i Pol como Poeta Nacional de Catalunya -permítasenos citarlo en su lengua original-: «A vegades és necessari i forçós/que un home mori per un poble.» Es duro, sí, pero eso es la patria.

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