Es verdad que Pasqual Maragall, el PSC, fue decisivo para que Rodríguez Zapatero fuera elegido secretario general del PSOE en el XXXV Congreso. Si no hubiese sido por Cataluña, José Bono habría sido el vencedor y seguramente hoy sería presidente de Gobierno.
Ese oportuno apoyo permite al líder del PSC aparecer ante la opinión pública como el gran valedor de Zapatero, quien, siguiendo la lógica del agradecimiento, debería estar obligado a ceder a sus pretensiones.

Pero Maragall se ha convertido con el tiempo en un aunténtico quebradero de cabeza para Zapatero. El amago de crisis del último fin de semana es una prueba no sólo de la falta de sintonía entre el presidente de la Generalitat y el presidente del Gobierno, sino, lo que es más grave a corto plazo, de la ruptura entre Maragall y su propio partido, al que ni siquiera informó de los cambios que pretendía.

A pesar de las apariencias, lo cierto es que entre ambos hay una relación de amor/odio que en buena medida explica lo que ha sucedido en las últimas semanas en relación con el Estatut.

Muchos olvidan que la crisis más importante que ha tenido que lidiar el secretario general del PSOE (antes de llegar a La Moncloa) fue precisamente la originada por Maragall cuando, tras las elecciones autonómicas, en noviembre de 2003, se empeñó en gobernar con los independentistas de ERC.

La dirección del partido era partidaria de que el PSC pactara con CiU. Maragall se opuso porque los nacionalistas habían ganado las elecciones y no estaban dispuestos a aceptar un presidente de la Generalitat que no fuera Artur Mas. El líder del PSC se resistió a las presiones del PSOE: «Los pactos se deciden aquí, no en Madrid», declaró rotundo.

El pulso fue de tales proporciones que en la dirección del PSOE se estudió la posibilidad de destituir a Maragall, lo que hubiera provocado la ruptura del PSC. Estatutariamente esa opción era imposible, ya que el PSOE no tiene jurisdicción sobre el PSC.Tal vez eso fue lo que salvó a Maragall. Eso y la intervención in extremis de José Montilla, quien, asumiendo la representación del ala más españolista del PSC, acudió a Madrid para convencer a Zapatero de que el tripartito era la solución menos mala de todas.

Al final, Zapatero no sólo aceptó el acuerdo, sino que se comprometió, en plena campaña electoral, a apoyar el Estatuto que saliera del Parlamento de Cataluña.

El Estatuto era la gran apuesta de Maragall y, en la práctica, el nexo de unión más sólido entre los tres partidos que forman el gobierno de la Generalitat.

Pasaron los meses y el Estatuto no salía. Apenas 10 días antes del Pleno en el que debía votarse el texto, la mayoría de los implicados en la negociación lo daba ya por muerto. CiU había hecho un planteamiento de máximos. Era la forma de asegurarse de que el PSC no aceptaría el acuerdo. Una ruptura era un buen escenario para los nacionalistas ya que podían vender ante su parroquia que los socialistas eran incapaces, por su dependencia del PSOE, de sacar adelante un proyecto suficientemente soberanista.

Para Mas la alternativa contraria (aceptar el pacto) era ciertamente comprometida. Y, más aún, para Jordi Pujol. ¿Cómo podría explicar a la sociedad catalana que tras más de 20 años de gobierno habrían de ser los socialistas y ERC los que sacaran adelante un nuevo Estatuto que mejoraba la posición de Cataluña frente a España?

De hecho, el ex president Pujol movió todos los hilos dentro del partido para que Mas no cediera a la tentación de pactar.

Maragall estaba aterrado ante la posibilidad de que el Estatuto no fuera aprobado por mayoría cualificada en el Pleno del 30 de septiembre. Posibilidad cada vez más probable. Por eso llamó a Rodríguez Zapatero para que recibiera a Mas, en un último intento de ablandar los planteamientos maximalistas del líder de CiU.

Así tuvo lugar la reunión «secreta» en La Moncloa del lunes 19 de septiembre.

Sin embargo, para sorpresa y disgusto de Maragall, el presidente del Gobierno no sólo no consiguió rebajar las exigencias nacionalistas, sino que las aceptó todas, incluido el sistema de Concierto, similar al vigente en el País Vasco, como modelo de financiación para Cataluña.

La tesis de Zapatero era tan simple como maquiavélica. «Ustedes plantean el sistema de concierto, que será respaldado por ERC en el Parlament, lo que le garantiza su aprobación por mayoría, aunque el PSC se abstenga. Después, en la votación al conjunto del Estatuto, ustedes y el tripartito votan a favor, con lo que saldrá aprobado por más de dos tercios de la Cámara. CiU queda bien con su electorado y luego nosotros en Madrid ya modificaremos lo que haya que modificar» (más o menos ése fue el planteamiento, relatado por uno de los negociadores del PSC).

Pero ése era el peor de los escenarios para el PSC. Porque de esa forma se permitía salvar la cara a CiU, que podría utilizar los recortes que se introdujeran en Madrid, sobre todo en el apartado de la financiación, como una prueba de que el PSC había jugado sucio, al plegarse a aceptar por presión del PSOE un Estatuto mutilado.

Desde La Moncloa, por increíble que parezca, se alentó a CiU a no bajarse del burro en su idea de proponer un sistema de concierto para Cataluña, algo a lo que el PSC siempre se había opuesto por considerarlo «insolidario» con el resto de España.

Fue la decisiva intervención de Castells e Iceta la que recondujo la negociación hasta llegar al texto que sirvió para alcanzar finalmente un pacto con CiU. Pero el PSC tuvo que aceptar un modelo de financiación que se parece bastante al Concierto, aunque con dos diferencias sustanciales: la titularidad de los impuestos le corresponde al Estado y, además del cupo por los servicios prestados por la Administración central, dispone de un mecanismo de solidaridad con las regiones menos desarrolladas.

CiU, aferrada hasta el último momento al compromiso del presidente del Gobierno, sabía que la forma de salir vencedora era vender a su electorado que había conseguido colar el concierto en el Estatut. La tensión fue tan grande que sólo unas horas antes de la votación final aún no se sabía si los nacionalistas darían su brazo a torcer.

El texto aprobado el 30 de septiembre supone, de hecho, un éxito para CiU, que le ha arrebatado todo el protagonismo a ERC en el escenario nacionalista y que ha obligado al mismo tiempo al PSC a ir mucho más lejos de lo que deseaba.

Maragall y la dirección del PSC consideran en privado «catastrófica» la intervención de Zapatero en la negociación. No sólo por su resultado final, sino porque dejó a los socialistas catalanes a los pies de los caballos nacionalistas.

Ahora Maragall tiene la posibilidad de tomarse la revancha. El Estatut, concluida la financiación, cuenta con el respaldo del PSC. Por lo tanto, los recortes que el PSOE pretenda introducir en las Cortes se harán contra el criterio del PSC.

El presidente de la Generalitat cuenta además con una ventaja añadida. Rodríguez Zapatero necesita de los votos de ERC para gobernar, mientras que el presidente de la Generalitat ha basado su gestión en el «cobro» de la «deuda histórica» que España debe a Cataluña. El presidente del Gobierno está obligado, pues, a elegir, entre una guerra con Maragall o una guerra interna en su propio partido, a la que se añade un desgaste electoral que ha vuelto a situar al PP según la mayoría de las encuestas en condiciones de ganar.

casimiro.g.abadillo@el-mundo.es