Según una interpretación antigua, el laberinto atrae como el abismo. Es una atracción destructiva. La querencia hispánica por el abismo es obsesiva y circular. Atrapados entre los engañosos muros del laberinto español, muchas veces los patriotas, sea cual sea la bandera que les calienta el corazón, acaban perdiendo los nervios. De momento, las formas, como se vio en el pasado desfile del 12 de Octubre, todavía no se han perdido. Los presidentes Aguirre y Maragall se besan. El PP mitinea apaciblemente en Catalunya. Carod-Rovira es entrevistado en Antena 3. Las formas, en general, se mantienen, aunque cada vez son más los políticos que las abandonan con destemplanza torera. El presidente Ibarra, por ejemplo, afirma que el Estatut es inmoral. ¿Desde qué superioridad moral juzga el presidente extremeño la supuesta inmoralidad de los políticos catalanes? El alcalde de A Coruña confiesa que el preámbulo del Estatut le produce alergia.

¿Si las palabras del otro nos producen alergia, cuál es la terapia recomendada? ¿Taparle la boca? Días antes, el líder del PP, Mariano Rajoy, definió el proyecto de Estatut como "una tropelía". Las palabras las arma el diablo. Sinónimos de tropelía son abuso y atropello. Si de lo que se trata es de cargarse un poquito más la convivencia, hay que seguir en esta línea, sin duda. Josep Piqué mide muchísimo las palabras: precisamente por eso fue inquietante su referencia a la Guerra Civil. A su entender, el presidente Rodríguez Zapatero pretende, con su negociación del Estatut, "abrir un nuevo periodo histórico que engarza la legitimidad democrática, no con el pacto constitucional de 1978, sino con los vencidos de la guerra". Ciertamente, días antes, un político también catalán como Piqué, aunque de ideario opuesto, el conseller Huguet, hizo referencia a la guerra. De sus palabras se deducía que, para evitarla, las Cortes de Madrid tenían que aprobar el Estatut sin rechistar.

Aunque la mayoría de los políticos sigue guardando las formas, cada vez son más los que, respondiendo seguramente a la presión del entorno mediático, muy enfebrecido, se dejan arrastrar por el instinto. Más que hablar, atacan. Más que razonar, explotan. Más que apaciguar, excitan la bestia que los humanos, sus votantes, llevamos dentro. ¿Será posible situar el proyecto de Estatut en el ámbito de la discusión y no en el de la exclusión? Cada día que pasa lo dudo más. El lenguaje de las vísceras, que en los medios periodísticos es mucho más desabrido y hostil que en los salones de la política, está ganando la partida. Tiene razón Francesc de Carreras (como tantas veces en su desmitificación de las convenciones catalanas): no existe una campaña en contra del Estatut. Y, sin embargo, puesto que no puede negarse la abundancia de palabras agresivas, intemperantes y desabridas, la conclusión que se deduce de la respuesta que el Estatut ha suscitado es muy pesimista: no se trata de una campaña, sino de una reacción espontánea y visceral. El peligro radica precisamente en las vísceras. El laberinto español se amplía con las vísceras, las alergias y los desprecios verbales. Doy por descontado, en mi argumentación, que las vísceras también forman parte de la propuesta catalana de Estatut. Quiero decir, con eso, lo mismo que dije la semana pasada a propósito de los sembradores periodísticos del odio: que la alergia es mutua. Aunque se concentre en determinados lugares, la animadversión está repartida a lo largo y ancho de la sufrida piel de toro. También desde cierta visión de Catalunya se lee, se habla o se responde a la existencia de España con actitudes displicentes o despreciativas. Esa alergia es visible en el mismo texto de Estatut, aunque, no de forma explícita, sino elíptica. Lo que más estupor produce en el lector consciente de la enorme complejidad catalano-española es que el texto del Estatut se alza como una torre jurídica abstracta, sin reconocer las venas y arterias de todo tipo que vinculan a Catalunya con España. No hay más que leer el artículo 6 del título preliminar: en el que la lengua española consta solamente como propia del Estado, como si fuera impropia de la realidad catalana.Acabo de leer un artículo escrito por una alta personalidad madrileña. El primero en 15 días que, ante la propuesta de Estatut, combina respeto, afecto y crítica. Es de Gregorio Peces-Barba: amable y discrepante, reconoce el escrupuloso camino que ha seguido el Parlament, pero recuerda que la soberanía está en las Cortes. Otro artículo aparecido en Cádiz habla, al parecer, en términos parecidos. El resto oscila entre la fatigada displicencia, la riña, el malhumor, la alergia, la intemperancia o el ataque visceral. El laberinto español tiene salida. Se trata, simplemente, de reconocer la existencia del otro. De reconocer que ha estado siempre ahí. La salida está clara, pero una peculiaridad del laberinto español es que los que nos han metido en él no quieren, no pueden, no saben renunciar a la nación pura. Necesitan ignorar, barrer, condenar los componentes de la realidad que ensucian la blancura patriótica. Es una rémora de la época inquisitorial, sin duda. Hasta que España, Catalunya y Euskadi reconozcan su complejidad y su impureza, hasta que reconozcan las virtudes de la pluralidad, no vamos a salir del laberinto. Seguiremos al borde del abismo, dominados por una pulsión destructiva. Una pulsión que, por fortuna y de momento, queda en hervor de antipatía.