Si no sonara a un mero juego de palabras, un juego de palabras efectista pero de fácil réplica, podría decirse que para ser político en Castilla-La Mancha, La Rioja, Asturias o Extremadura se necesita una condición básica, sobre la que deben girar todas las demás: ser honrado, o sea, renegar de la corrupción propia y perseguir sin desmayo la ajena. Para ser político en Cataluña hay que ser tan honrado como inteligente, porque el juego de tensiones ideológicas, políticas e institucionales es muy superior en un territorio sometido, desde siempre, a la negociación y al pacto con el Estado, a una serie de reivindicaciones históricas casi siempre más reprimidas que satisfechas, y a un aislamiento --por vía de la incomprensión más cerril-- que hicieron de los catalanes un buen motivo de cabreo, cuando no de chistes o estereotipos, por parte de los que han venido reafirmando su españolidad frente a las peculiaridades de otros españoles que siempre han estado bajo sospecha.
Los vocablos Principado, provincia, región, patria, nacionalidad y nación han sido utilizados refiriéndose a Cataluña con diferentes matices según la coyuntura histórica y la ideología de quien los empleaba. La provincia única borbónica --tras el decreto de Nueva Planta de 1716-- se mantendrá hasta la división territorial de Javier de Burgos en 1835, pero la idea unitaria de esa llamada provincia, identificada con la patria de los catalanes, pervivirá tercamente más allá de la fragmentación en cuatro espacios administrativos (Barcelona, Tarragona, Lérida y Gerona) hasta bien entrada la Restauración. Más tarde, uno de los inspiradores del catalanismo moderno, Enric Prat de la Riba, definió la relación entre Cataluña y España como el pacto entre una nación y un Estado, teniendo que construirse éste en el futuro sobre la base de la España periférica, la única que podía conducirlo hacia una sociedad industrial, capitalista y europea, un estado que reconociera las diversas nacionalidades existentes, pero que se opusiera también a los separatismos (los bisnietos de la Esquerra de Carod, hijos espirituales, en mayor medida de lo que creen, de Prat, debieran reflexionar sobre esta cuestión).
PODRIA DECIRSE,con todos los matices que sean necesarios, que España ha cometido muchos errores con el catalanismo, entre otros el haber fortalecido el sentimiento de identidad de los catalanes, por encima de sus distintas variedades ideológicas, lo cual explica hoy que un noventa por ciento de esos conciudadanos (y ello es una verdad democráticamente incontestable), estén a favor del estatuto que hoy ocupa tantas y tantas páginas en los medios de comunicación. Esa contumacia en la incomprensión del hecho diferencial catalán ha producido mucho dolor en la España contemporánea, mucho dolor y también muchas muertes, y sería un acto de irresponsabilidad colectiva, bastante deprimente, que se volviera, otra vez, a las andadas. Ya sé que hablar de esta manera puede suscitar indignación o rechazo en muchos bienpensantes, convertidos casi siempre en cerrajeros permanentes de la Patria del Cid y de Berceo, pero afortunadamente los instrumentos políticos de los que se ha dotado España, en los últimos treinta años, permiten afrontar los problemas de la vertebración de este Estado de manera desapasionada, pragmática y eficaz. A España se la quiere desde el conocimiento de su historia, de lo que fue, de lo que pudo ser y acabó siendo, y de lo que podrá ser en el futuro. No hay otro verdadero patriotismo, al margen de aquel que agita continuamente los tambores de la destrucción de España, de aquel que exacerba los instintos de la españolidad más barata, intolerante e irresponsable.
Los catalanes que viven y trabajan fuera de su pequeña nación, principado, condado, región, patria o territorio común e identitario, son gente bien acogida y respetada por el resto de los españoles. Son profundamente europeos, serios en su actividad profesional y tienen, en general, un excelente sentido del humor. No han dejado nunca de hablar en su lengua catalana y cuando oyen cualquier sardana interpretada por una cobla, se tornan un momento nostálgicos y sienten la emoción que todo ser humano siente en contacto con los ecos vivos de su cultura. Incluso la gente menos sospechosa del arco ideológico, a lo largo de la historia (Antonio de Capmany, a fines del siglo XVIII, o el mismísimo Jaime Balmes, en las entrañas del XIX) no ha dejado nunca de hablar de la patria catalana, aunque descartara la posibilidad de la independencia política. Si vivimos en una democracia descentralizada y con fuerte componente de autogobierno administrativo y político, no sé a qué coño viene esta campaña de demonización de los que, siendo una amplia minoría, tienen todo el derecho democrático del mundo a expresar sus deseos e ideas en el marco de nuestra sociedad común. Una sociedad que ya no se asusta tan fácilmente ante los fantasmas que agitan los de siempre.
*Catedrático de Literatura de la Universidad de Oviedo.

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