«Vicente Álvarez Areces (estudiante de Ciencias Matemáticas Santiago). Detenido en Santiago el día 10 de marzo. Permaneció tres días en Comisaría, siendo golpeado por los inspectores que lo interrogaban de modo espeluznante. Denuncia posteriormente los malos tratos al juez. Éste decreta la prisión provisional, pasando a disposición del TOP y, ya en la cárcel, se le comunica un multa de 150.000 pesetas, impuesta por el director general de Seguridad. Actualmente está en la cárcel a disposición del TOP y cumple arresto sustitutorio por impago de la multa».

Las palabras anteriores son copia literal del panfleto clandestino de la UPG titulado «Marzo de 1972. Un mes de represión en galicia, y la persona de la que se habla, entre varios cientos de represaliados más, es el actual presidente del Principado de Asturias

Vicente Álvarez Areces, en efecto, fue un diligente y sacrificado organizador clandestino y responsable del PCE en la zona de Compostela y provincia de La Coruña, no sólo en el ámbito estudiantil sino en los sectores obrero, profesional e intelectual: las «fuerzas del trabajo y de la cultura» que de aquella definía Carrillo como protagonistas del cambio de régimen. No es de extrañar que, al desencadenarse los grandes movimientos populares de respuesta tras los asesinatos de Daniel Niebla y Amador Rei en el Ponte das Pías de Ferrol, el 10 de marzo de 1072, la Policía franquista se le echase encima a Areces, lo torturase para obtener el máximo de información (que, al parecer, no obtuvo) e hiciese que Mariscal de Gante, instructor del Juzgado de Orden Público, lo procesase por asociación ilícita y propaganda ilegal, con multa gubernativa de postre. Pienso que de aquella, Vicente Alvarez Areces era una de las personas más odiadas y vigiladas en Galicia por las fuerzas represivas franquistas. Este asturiano, desplazado a galicia probablemente por razones de militancia política, es parte muy importante de la historia de la resistencia gallega al franquismo, aún pendiente de escribir.

En el acto de toma de posesión de la nueva Xunta de Galicia estaba presente Vicente Álvarez Areces, y eso fue muy importante porque entre la Asturias y la Galicia autonómicas existe un grave problema sin resolver. Problema que no por ser de índole lingüística y cultural -de momento- deja de ser importante: el del reconocimiento pleno del gallego como lengua propia de la «Terra Eo-Navia». Durante el acto, Areces no paró de sonreír y parecía destilar satisfacción por todos los poros de su piel. Ciertamente, para él el acto debió tener un significado muy especial: Touriño, Dolores Villarino, Abel Caballero, y quizás otros, formaron parte de la organización carrillista que en los años sesenta y setenta él dirigía en galicia. Cantó en el acto Areces el himno gallego, demostrándoles a todos que él era también de este país, cosa cierta porque estuvo en el pasado implicado en nuestra historia de manera protagonista. Hoy no hay URSS ni hay Rumanía, para citar dos referencias del partido de Carrillo, y son muchos los eurocomunistas que, como Areces, Touriño, Caballero, Villarino, terminaron en un PSOE que no movió ni un dedo contra la dictadura de Franco.

Pero eso es asunto suyo. Lo que ahora importa es que la sonrisa de Areces no se borre, que él siga memorizando nuestro himno y que trate de solucionar con arreglo a lo que es justo el problema lingüístico del occidente del Principado, que habló, habla y hablará gallego.

Hablábamos el otro día de las afinidades entre los presidentes autonómicos de Galicia y Asturias, muy bien asentadas sobre un pasado común en el PCE de los tiempos carrillistas. Tales afinidades acaban de mostrarse de nuevo con ocasión de la visita de Zapatero a Lugo, donde se encontró con Touriño y con Álvarez Areces en una especie de cumbre en la que don Victoriano García Martí (tan olvidado, ay) llamaba, de modo un tanto «camp» «La Esquina Verde». Zapatero dijo, como acostumbra a hacer, Noroeste. En este sentido, el primer ministro español habla por los grandes escritores leoneses actuales. A Antonio Pereira, a Luis Mateo Díaz, a Merino, a Agustín Delgado y a los de «Claraboya» les gusta mucho hablar de la cultura del Noroeste, y leen mucho Cunqueiro, mucho José María Castroviejo y Blanco-Cicerón. Son los del «Filandón», autores que escriben «urce» y aman Galicia y su lengua, incluyendo en ellos a los simpatiquísimos leoneses del puente aéreo Compostela-Sacromonte (sic). Pienso que sí, que debe haber una política común autonómica del Noroeste, a condición de que incluyamos Portugal hasta Vila Nova de Gaia, o sea, todo el territorio del hórreo, y León con Asturias. Y a condición de que llamemos a esto Gallaecia, que es como se lo pusieron al territorio los emperadores de Roma. Noroeste es una expresión que el franquismo y algunos etnógrafos echaron a andar por el mundo de la economía dirigida y de los estudios de tradiciones populares para borrar del mapa el nombre de Galicia. Me parece muy bien la eurorregión del Eje Atlántico ampliada por el Este. Sería poner en vigor la Galicia propiamente dicha con el mundo que se llamó Terra de Foris, abierto a las montañas de los ástures y a las llanuras mesetarias. A mí me gusta mucho porque me noto más tocado por la poesía de Antonio Gamoneda que por la de cualquier otro lírico de lengua castellana. El buen entendimiento con el movimiento de defensa de la lengua asturiana, ampliado a la Babia, a Sanabria y a la lengua, ya oficial en Portugal, de Miranda do Douro, es algo que todo el nacionalismo gallego desea al tiempo que deplora las resistencias y la mala fe de algunos covadonguistas.

Leo que los viejos amigos Álvarez Areces y Touriño se entendieron bien en San Froilán y que la sonrisa astur siguió prodigándose en presencia de Zapatero. También leo que van a establecer una entente entre las autonomías que representan, en concreto en materia económica, medio ambiente, infraestructuras de caminos, canales y puertos, y todas esas cosas. No dice nada la prensa de que en las agendas de Areces y de Touriño esté incluido el problema del reconocimiento de la lengua y la cultura gallegas, hoy maltratadas en los concejos de la «Terra Eo-Navia», y hacen mal en olvidar este asunto, no solo simbólico, sino también político.

Lo espinoso, lo difícil, no se resuelve con el silencio, sino con medidas decididas y prácticas. El occidente de Asturias tiene como lengua propia el gallego: Areces y Touriño lo saben. Deben decidirse y no dejar pasar el tiempo.

X. L. Ferrín es articulista del «Faro de Vigo», donde este artículo se publicó originalmente en gallego.