No se sabe si influidos por Wittgenstein, Heidegger o Derrida, si llevados por las efusiones propias de un centenario tan importante como el de la locura de El Quijote, o si arrastrados por el elitismo literario de la Academia de Estocolmo, el caso es que nuestra clase política se empeña en ignorar la realidad que la rodea para centrarse en debates tan yermos como inútiles, haciendo de filósofos, caballeros andantes o académicos eruditos antes que de, ya que no grandes, pragmáticos y eficaces estadistas.

Así, mientras en España —y Cataluña— aumenta preocupantemente la inseguridad ciudadana —cada día es mayor el número de delitos comunes y la presencia de las mafias mayores—, la inmigración deja de ser un fenómeno necesario y benefactor para convertirse en un problema salvaje y arrollador, la educación es sustituida por la institucionalización del analfabetismo fáctico, la crisis que auguran todos los agoreros macroeconómicos del sistema planetario se va cerniendo sobre la inflación, el desempleo y las hipotecas, la identidad entre los tres poderes va minando la fuerza de la democracia y la sanidad va hundiéndose en la ruina de la ineficacia y el derroche, los políticos se dedican a los juegos de palabras y a continuar discutiendo sobre el modelo del Estado, asemejándose a ese caballero andante que dejó hacienda y sobrina en manos del destino para recorrer las tierras de España —y Cataluña— para deshacer entuertos y defender al débil.

En ningún país de Europa el debate sobre el modelo estatal alcanza el nivel que en España —y Cataluña—. En Iraq discuten del tema, es cierto, pero también, empujados por el hemisferio occidental —¿civilizado?—, van a aprobar en referéndum una Constitución enmendada sólo tres días antes. Pero realmente, a estas alturas, cuando en París, Berlín o Londres se preocupan del futuro europeo, cuando las cumbres iberoamericanas dejan de ser mediáticas para quizás devenir en útiles, aquí seguimos dándole vueltas a la definición exacta de nación. En el resto de Europa algo parecido se hizo, en el XIX, mientras aquí saltábamos a golpe de asonada militar. Como siempre en nuestra Historia, cien años de retraso nos contemplan.

El peliagudo problema se remendó en 1978 con el ya archisabido concepto de “nación de nacionalidades”, concepto que los profesores de Derecho se empeñan en explicar sin resultado. Y como eso no sirve, como todo lo que carece de sentido lingüístico, ahora la presidencia del Gobierno —¿el proyecto de ley estatutaria no lo van a estudiar, enmendar y votar las Cortes?— intenta darle uno con nuevos propósitos o fórmulas de mayor o menor entidad, sentido de la realidad o simplemente de la comunidad. El proyecto de Estatut, que está calentando ánimos más que aportando cosas, no es un atentado a la unidad nacional porque Cataluña quiera o no ser nación
—que según algunas teorías históricas o filosóficas podría perfectamente serlo—, sino porque quiere despojar al Estado de sus competencias, de su hacer práctico en una Comunidad Autónoma.

Por diferencias y signos de identidad culturales, es probable que Cataluña sea en muchos sentidos más nación que el resto de regiones de España. Pero precisamente la grandeza de este país —Cataluña incluida— es haber convertido la diversidad en una unidad heterogénea, rica y maravillosa. Que Cataluña se llame como quiera. El problema es cuando jueces, inspectores de aduanas, policías, recaudadores de impuestos o defensores del ciudadano no funcionen igual en España que en su ahora otra parte contratante.

Pero aquí, fascinados de repente por la hermenéutica, nos dejamos llevar por una palabreja polisémica y sus posibles e incompletos sinónimos. Un mero fuego de artificio con el que crear un debate donde no lo hay. Una maniobra de diversión de la más hábil estrategia para dentro de unos meses cambiar un par de palabras y dejar el resto del texto más o menos idéntico, y a Cataluña a un solo paso de dejar de ser España.

O quizás queramos ser como los suecos, y dar notoriedad a asuntos que quedan en el olvido que dan la conformidad y la seguridad jurídica. ¿Para qué preocuparse de atracos, viviendas y asignaturas si podemos elevarnos a los altares de la más alta filosofía y, como Sócrates y Platón, hacer un extraordinario diálogo intentando definir una simple palabra, convirtiendo un territorio en nación? Pero si queremos parecernos a Suecia, quizás deberíamos dejar de dar Premios Príncipe de Asturias a celebridades, y acudir a la oscuridad de la élite intelectual y científica del mundo.