YO también admiro a los alemanes. Por razones de cultura y de pensamiento, como es natural. Además, aquí y ahora, por evidentes circunstancias patrióticas. Tiene mérito haber alcanzado un acuerdo «justo» -así lo juzga Angela Merkel- entre CDU-CSU y SPD. Tal vez la situación socioeconómica, vista desde dentro, sea más grave de lo que sospechamos los ajenos. Es posible que la fractura moral entre el este y el oeste sea más fuerte que las proclamas en favor de la unidad germánica. Es probable incluso que los defectos del llamado «federalismo cooperativo» exijan una voluntad férrea para superar el bloqueo institucional. La querencia disgregadora del antiguo Imperio no invita al optimismo: «Alemania ya no es un Estado», se quejaba con amargura Hegel ante los excesos del particularismo. Convendría seguir con atención este asunto, porque los «länder» y su articulación territorial influyen de forma notable sobre nuestro Estado de las autonomías. Bienvenido, pues, el nuevo Gabinete y ojalá que Schröder -si es que se retira de verdad- reciba mejor trato de su gente que el otorgado en su momento a Helmut Köhl. Por el bien de todos, es imprescindible que la locomotora funcione para que los vagones no descarrilen. La Europa de los veinticinco (pronto de los veintisiete, más adelante ya no se sabe) espera con expectación, incluso con angustia, que no se cierre la fuente principal de financiación.

Sin embargo, conviene ser prudentes antes de lanzar las campanas al vuelo. Los antecedentes son poco favorables. Recordemos la primera Gran Coalición, a partir de 1966. He aquí el juicio que merece, pocos años después, a Paolo Biscaretti, el famoso constitucionalista italiano. En un sistema parlamentario casi bipartidista, la alianza de los dos grandes tiende a producir inmovilismo e impopularidad. Algunas señales advierten ya del peligro. Schröder carga en su despedida contra el modelo anglosajón del amigo Tony Blair y reitera su reticencia acerca del vínculo trasatlántico que predican los democristianos. A todo esto, como es sabido, el SPD se queda con la cartera de Exteriores. Tampoco falta la voz de Stoiber: el socio bávaro pone en duda, en el momento menos oportuno, la aplicación del «principio de canciller» en un Gobierno de esta naturaleza. Lo que significa, en términos políticos, que el liderazgo de Merkel quedaría reducido a meras funciones de coordinación. Panorama confuso, con muchas cosas todavía por decidir. Tiene que salir bien, porque de lo contrario nos quedaremos sin un modelo de referencia para el sistema constitucional español, que necesita buenos ejemplos ahora más que nunca. Por cierto: en 1969, final de la Gran Coalición, la CDU ganó las elecciones con un millón largo de votos y dieciocho escaños de ventaja, pero formó gobierno el socialista Willy Brandt, aliado con los liberales. Conviene tomar buena nota.