Es casi insoportable contemplar las situaciones que afligen a los más pobres entre los pobres: El Salvador, Guatemala, Pakistán (y los de Nueva Orleans) y los inmigrantes en Ceuta, Melilla y Marruecos. ¿Es posible tolerar un mundo en el que la pobreza causa tantos estragos y donde la crueldad alcanza dimensiones tan horribles? Los hechos de Ceuta y Melilla nos obligan a encarar las migraciones. Ya casi nos habíamos acostumbrado al goteo diario de los muertos en las pateras, superior en número al de las vallas (aunque cualquier número de muertos por esta causa es intolerable).Pero la existencia, desesperación y resolución de grupos de hombres y mujeres rechazados en nuestras fronteras con una enorme ferocidad, ha sacudido a la opinión pública.
Además del impacto que supone el ver a cientos de personas juntas en condiciones tan precarias y sufriendo tan violento rechazo, estos hechos despiertan nuestra mala conciencia de habitantes de países ricos. Es difícil evitar un sentimiento de culpa. Pero al mismo tiempo, nos resistimos a llevar este sentimiento a sus últimas consecuencias y a abogar porque puedan entrar en el país si lo desean. La contradicción que esto supone aumenta irremediablemente nuestro malestar. Las excusas son abundantes y nos refugiamos en el ¡es un fenómeno tan complejo!
Pero mientras tanto, nuestras autoridades exigen a Marruecos que actúe con contundencia, a sabiendas de sus brutales procedimientos.Más policía y más ejército -¿cómo se va tolerar que esos extranjeros incómodos nos causen problemas a nosotros?-. Durante siglos les hemos hecho pobres, ahora les convertimos en ilegales y se justifica el reprimirles como si fueran alimañas. ¿Quién puede creer en la supuesta preocupación por sus derechos humanos? La humanitaria Europa, la comprensiva España, dispuestas a todo con tal de no permitir que los más pobres les contaminen. Y nosotros, horrorizados, pero cómplices en el silencio y la hipocresía.
La represión no servirá. Los desesperados que se enfrentan a la muerte no ceden ante ella. Miles de personas dispuestas a morir luchando por entrar en sociedades en las que esperan sobrevivir y éstas les rechazan. ¿Qué impacto debe tener esta posición en los pobres del mundo? ¿quién se atreverá a hablar de terrorismo?
Y por primera vez aparecen los potenciales inmigrantes como un colectivo. Se han organizado, luchan juntos. Esto supone un gran paso sobre su silenciosa muerte en las pateras. Se convierten en una fuerza colectiva. Nuestra tranquila y satisfecha población lo percibe y se asusta. Se mezcla la compasión con el temor y generan mucha más inquietud que las pateras.
Es curioso, que tantos abanderados del mercado libre, que se desgañitan pidiendo la libertad de movimientos para las mercancías y los capitales, permanezcan silenciosos o aboguen abiertamente por un duro control al movimiento de seres humanos pobres. Los partidarios de la globalización, ¿no tendrían, por lo menos, que exigir la libre movilidad de las personas?
Los progresistas señalan que la solución está en ayudarles a desarrollar sus países, que puedan vivir en ellos. Efectivamente.Pero, ¿qué ayuda? Estos países no se desarrollarán aunque la ayuda aumente al 0,7%, cifra que algunos creen que lo resolverá todo. La ayuda a su desarrollo requiere una transformación radical del sistema económico mundial. Como esto no parece probable, seguiremos padeciendo el horror de la muerte innecesaria y de la represión brutal, de la que somos parte. Y ellos seguirán muriendo.

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