Hora taurina de la víspera del 12 de octubre. Tarde tranquila. Las nubes viajeras nos rondan. Un cierto bochorno lo paraliza casi todo. El paisaje pide agua. Eleva su plegaria a esas nubes inquietas que se hacen querer demasiado. El Narcea baja con muy poco caudal. Esta mañana, el suelo estaba apenas mojado, mucho menos que aquella calle por donde transitaba la inolvidable Amanda del malogrado Víctor Jara. Tras un verano seco, un principio de otoño que prolonga la falta de lluvias.

En momentos como éste, uno tiene la impresión de que el ruido y la furia de los aconteceres públicos nos están concediendo una tregua. En momentos como éste, lo único que se espera es la lluvia. Primero, porque el cielo la anuncia. Segundo, porque la atmósfera clama por ella. Sabemos que llegará y que nos sumirá en su momento en el hartazgo de su monotonía y de su paciencia exasperante para quienes nos tenemos que desenvolver bajo ella. Es más apremiante la lluvia deseada que saber lo que sobrevendrá con el Estatuto de Maragall.

No hace mucho alguien me habló de su retraimiento como si de lluvias continuas se tratase, aunque me participaba que el indeseado trance venía con fecha de caducidad. Por eso, hay momentos en que sentimos deseos de jalear a las nubes para que descarguen su lluvia. Así, en estos instantes. Pero también tienen lugar situaciones en que quisiéramos espantar los chaparrones, a veces reales, en ocasiones metafóricos, que nos abruman, o que avasallan a personas que verdaderamente nos importan.

Llueve y no llueve. Lo de la noche última y lo de la mañana de este día no llegó siquiera a ser orvallo. Las gotas espolvoreadas desde el cielo no pasaron de ser señales de ausencia, precisamente de ausencia de lluvias.
Acaso aquí pudiera ser que se encontrase lo esencial. Las cosas existen con vigor, van más allá de ser escuálidas y pálidas siluetas, en el momento en que entre ellas y nosotros comparece el arsenal desiderativo. Si esto no es así, aparecen ante nuestros ojos demasiado exánimes, como sombras de sombras, como reflejos de contornos imperceptibles, casi diría que intangibles.

Sumido en todo esto, en la lluvia que no llega, y en los nubarrones de tristeza que se ciernen sobre alguien que nos mueve y nos conmueve, me encuentro con un texto estremecedor, que escribió un filósofo, allá en 1924. Un filósofo que, a la vuelta de muy pocos días, será recordado por el cincuentenario de su muerte.

Un filósofo que amaba la vida, un filósofo al que le gustaban las señoras con delirio. Un filósofo que, no atreviéndose a abrir las compuertas de su lirismo, acude a un manido recurso. Dice que el texto del que va a hablarnos a continuación reproduce algo que escribió un amigo suyo. Y, aparte otras muchas consideraciones que no procede consignar aquí, las palabras anunciadas ponen de relieve aquello que marca una tajante separación en virtud de la cual hay cosas que se nos presentan con toda su realidad, con un vibrante oleaje de vida, no por sí mismas, sino por lo que en ellas anida de aquello que nos afecta, o por lo impregnadas que puedan estar de alguien que, por las razones que fuere, nos sobrecoge:

«Hoy me he enterado de que Soledad se fue ayer de Madrid para una ausencia de varios días. He tenido al punto la sensación de que Madrid se quedaba vacío y como exangüe... Y es que hasta la geometría sólo es real cuando es sentimental. Antes tenía para mí esta ciudad un centro y una periferia. El centro era la casa de Soledad; la periferia, todos aquellos sitios donde Soledad nunca aparecía, vago confín casi inexistente, como lo fue para los griegos la región sobre el Cáucaso que medrosamente titulaban "tierra de los Hiperbóreos"».

Por eso, es posible que a veces la lluvia nos abrume y nos resulte, en la más favorable de las hipótesis, ajena, cuando no incómoda. Cuando la anhelamos, cuando necesitamos sentirla tangible, en el momento en que descarga, la bendecimos con nuestros sentimientos haciéndola realidad.

Nos pasa con la ausencia de lluvia algo muy similar a lo que vivía el personaje inventado por el filósofo. El paisaje y todo cuanto tiene que ser transitado por ella se queda, al pie de la letra, desalmado. Es el espectro de sí mismo.

Sí, tiene que llover. También tienen que cesar los chaparrones que generan esclerosis sobre la alegría de quienes nos conciernen.

Por lo demás, ¿a que nos les resulta extraño que el filósofo que traslada lo que siente y piense al diario de su amigo hubiera escrito en otro lugar que la filosofía «es la ciencia general del amor»?