La Coctelera

Categoría: Rebelión

Entre Bachelet y Evo Morales, ¿existe una izquierda en América Latina?, de Alain Touraine en Rebelión

LA IZQUIERDA A DEBATE

La clave de la democracia social que América Latina nunca ha experimentado no pasa hoy por la Venezuela de Hugo Chávez, un modelo débil de transformación social. La clave se mueve entre dos tendencias opuestas: la globalización exitosa de Chile y el modelo más radical que, a pesar de su fragilidad, está tomando forma en la Bolivia de Evo Morales.

El resultado de muchas de las elecciones realizadas en América Latina en los últimos meses ha llevado a numerosos observadores, quizás a la mayoría, a hablar de una “victoria de la izquierda”, o a describir la evolución del continente en su conjunto, más allá de las diferencias entre los países, hacia una izquierda alejada de las posturas estadounidenses, que se apoyaría en sectores sociales que podríamos llamar “populares”.

Resulta poco provechoso emplear expresiones que han sido inventadas y utilizadas para un contexto totalmente diferente. En Gran Bretaña o Francia, los términos “derecha” e “izquierda” se sitúan en un régimen parlamentario. Y es en Gran Bretaña donde tienen más sentido. Pero el lenguaje correspondiente a un régimen parlamentario se aplica necesariamente mal a uno presidencial o semipresidencial. En el caso latinoamericano, se ajusta tan mal que creo tener buenas razones para defender una postura muy alejada de la que se expresa más frecuentemente.

Las categorías de “izquierda” y “derecha” pierden sentido en América Latina. Lo central en América Latina es si los países logran encontrar una expresión política para sus profundos problemas sociales, si consiguen ubicar las luchas sociales dentro de un marco institucional y democrático.

Que Alan García haya ganado las elecciones en Perú y que finalmente Felipe Calderón, el candidato del Partido Acción Nacional (PAN), se haya impuesto en México por algunos votos sobre López Obrador, no significa, evidentemente, que América Latina avance hacia la derecha. Descartemos entonces este vocabulario, tanto para describir una evolución en un sentido como en el opuesto. La hipótesis que creo debiera formularse es que el continente en su conjunto se aparta cada vez más de un modelo si no parlamentario, al menos apoyado en mecanismos de oposición entre grupos de intereses y de ideologías diferentes.

AMÉRICA LATINA: MÁS LEJOS QUE NUNCA DE UN MODELO DEMOCRÁTICO

Hoy América Latina parece más lejos de encontrar una expresión política para sus problemas sociales que hace treinta años. En eso radica lo esencial: eso es lo que está en juego y ahí está el fracaso. No se ha constituido un lazo entre los movimientos sociales -fundados en los trabajadores, en sectores urbanos o incluso en grupos étnicos- y partidos políticos que acepten colocar claramente las luchas sociales dentro de un marco institucional que podríamos llamar, al menos formalmente, democrático. Es cierto que América Latina no se ha aproximado casi nunca a un modelo democrático. Evidentemente, en Chile y en cierta medida en Uruguay se desarrollaron, desde fines del siglo XIX, esquemas políticos semejantes a los de Europa occidental, incluso por la importancia otorgada al enfrentamiento entre el clericalismo y el laicismo. Pero el único caso de un país de la región que inició cambios profundos dentro de un marco institucional democrático es el de Chile durante el breve período que va desde el Frente Popular de 1938 hasta la superación del conservadurismo de Jorge Alessandri por la Democracia Cristiana de Eduardo Frei y, después, por la Unidad Popular liderada por Salvador Allende, los comunistas y la Central Única de Trabajadores.

El eco suscitado por el gobierno de la Unidad Popular (1970-1973) se justifica perfectamente: hasta ese momento, en ningún otro país había llegado tan lejos la asociación entre un movimiento social de múltiples dimensiones y la elaboración de una nueva fórmula de gobierno. Chile no pudo escapar de la debilidad a la que sus instituciones condenaban a todos los presidentes: Allende llegó al poder sólo gracias a un acuerdo con la Democracia Cristiana y, cuando ésta le retiró el apoyo, cayó ante el levantamiento del Ejército, la hostilidad de sus antiguos aliados, el fracaso económico y algunas reacciones conservadoras ampliamente respaldadas por Estados Unidos.

La diferencia entre Chile, por una parte, y Argentina y Uruguay, por otra, era inmensa. En Argentina y Uruguay, la debilidad desde el punto de vista de las condiciones democráticas de los regímenes derrocados por los golpes de Estado impidió que la imagen de una democracia asesinada -que describe bien el caso chileno- se aplicara también a ellos, a pesar de que fueron gobernados por dictaduras casi en los mismos años.

En verdad, sería necesario remontarse bastante en el tiempo para encontrar otro ejemplo tan impresionante de un vínculo fuerte entre movimientos sociales y acciones propiamente políticas de transformación de las instituciones y la sociedad. Este caso sería el de Bolivia, con los grandes movimientos campesinos surgidos antes incluso de la revolución de 1952, y su relación con el régimen de Víctor Paz Estenssoro.

EL CASO MEXICANO

México es considerado una excepción en el continente, ya que ha vivido casi toda su historia postrevolucionaria bajo la dirección de un partido de Estado. Esto fue así hasta que la reforma política separó al Estado del partido y llevó al poder al candidato del PAN, Vicente Fox. Si me guío por el imaginario más que por la realidad, podría anticipar la hipótesis, sostenida por muchos, de que la llegada al poder del candidato del Partido de la Revolución Democrática (PRD), Manuel López Obrador, habría marcado probablemente una estrechísima asociación de fuerzas sociales y políticas, desconocida en el país hasta el momento -al menos en la forma a la que aludo aquí, ya que Lázaro Cárdenas tuvo seguramente bases sólidas, pero su régimen no pertenecía a la categoría que podríamos llamar “democrática”-.

El reducido margen entre el vencedor y el vencido en la reciente elección presidencial mexicana muestra hasta qué punto México se ha acercado a un modelo de gestión democrática de los cambios sociales. Es necesario incluso ir más allá de esta aparente simetría, pues el gobierno de López Obrador tendría ciertamente como tarea principal reintroducir en el sistema político a una parte importante de la población que hoy se encuentra excluida.

EL FRACASO DEL SÍMBOLO ZAPATISTA

Desde este punto de vista, es preciso reconocer el fracaso de Marcos y los zapatistas. Si bien es comprensible que no haya querido unirse al PRD o a la campaña de López Obrador, la hostilidad hacia este candidato parece tan irrisoria como errada. La campaña de Marcos no le quitó muchos votos a López Obrador, no potenció la defensa de las comunidades indígenas, ni reforzó la necesidad de un proyecto democrático mexicano -elementos que engrandecieron al movimiento zapatista hasta la Marcha sobre México-, lo que finalmente dejó a los zapatistas en una situación de extrema debilidad.

La importancia simbólica del zapatismo justifica la trascendencia del fracaso de su postura. La gran novedad de la acción zapatista hizo nacer la esperanza de una profunda renovación de la vida política en el continente. Pero ha sucedido lo contrario. No sólo el candidato del PAN venció a López Obrador, sino que la propia esperanza nacida del alzamiento zapatista ha desaparecido, y no se ve cómo podría renacer en un futuro próximo.

Sólo resta decir que he colocado el caso mexicano al comienzo de este análisis porque el fin del partido único, la realidad de la reforma política y sobre todo el debilitamiento del Partido Revolucionario Institucional (PRI) y la fuerte bipolaridad entre lo que casi se podría llamar una derecha y una izquierda, ponen de manifiesto una evolución profundamente diferente de la de los demás países. Todo ha sucedido como si la fuerza que superó el estatismo de tantos años no hubiera sido el catolicismo ultraconservador de Guadalajara sino la influencia creciente de Monterrey, reforzada de forma acelerada por una emigración masiva que ha debilitado mucho la capacidad de acción política de los sectores más desfavorecidos. En ese sentido, aun si la victoria de Calderón no resulta en verdad significativa, ya que el triunfo de López Obrador estuvo igualmente cerca de concretarse, se afirma sin embargo el empuje de los sectores económicos modernos que, desde la elección de Fox, ejercen una gran influencia en la política mexicana. Más allá de los resultados electorales recientes, ¿cómo ignorar la rapidez y el carácter extremo de los cambios ocurridos en Brasil? Pongo énfasis en el caso de Brasil dada la importancia de este país en el contexto político y social latinoamericano, por las inmensas esperanzas colocadas, incluso fuera de sus fronteras, en la victoria de Lula.

EL CASO BRASILEÑO Y LA “GRAN DECEPCIÓN” CON LULA

No es éste el lugar para volver sobre la comparación entre Lula y Fernando Henrique Cardoso, ya que si bien es cierto que Fernando Henrique Cardoso llevó a cabo muchas de las reformas esperadas y prometidas, no puede decirse que haya logrado crear un sistema político sólido y capaz de acompañar los grandes debates sociales. Al igual que Lula, Cardoso no dispuso de una mayoría parlamentaria propia y, por lo tanto, debió formar alianzas que lo debilitaron. Su Presidencia -que se extendió por diez años- marcó una recuperación del Estado y de la capacidad de gobernar. Sin embargo, aunque obtuvo muchos resultados sociales positivos, Brasil no ha reencontrado el crecimiento perdido desde hace tiempo.

En contraste con Cardoso, el Partido de los Trabajadores (PT) buscó desde el comienzo definirse en términos diferentes de los propiamente parlamentarios. Todo anunciaba que la Presidencia de Lula tendría una importancia decisiva, comenzando por el hecho de que el nuevo Presidente había sido antes un líder sindical con una capacidad de movilización social excepcional. Todo anunciaba, en definitiva, que se produciría finalmente la asociación entre el cambio social y una construcción o transformación del sistema político. Tratándose de un país tan importante, se preveía que este logro generaría resultados análogos en muchos otros lugares.

Por esta razón, lo que habría que denominar la “gran decepción” de la Presidencia de Lula ha sido su renuncia a elaborar un proyecto a la vez político y social de cambio. Esto nos obliga a hablar de un fracaso fundamental de las soluciones que podríamos llamar “de izquierda” en el conjunto del continente.

El éxito destacable de Ricardo Lagos en Chile no es una excepción a lo que acabo de mencionar, ya que su adversario no eran los partidos de derecha sino Pinochet, cuya sombra ha seguido cubriendo a toda la derecha chilena, que está lejos de volverse tory, a la inglesa, o de convertirse en un Partido Republicano como el estadounidense.

No hemos encontrado hasta ahora una respuesta satisfactoria a la pregunta que todos se plantean: ¿a qué se debe el fracaso de Lula? Para evitar todo malentendido, el fracaso al que me refiero no es necesariamente un fracaso personal. Lula ha sido reelegido. Pero nadie dice con quién, para quién y contra quién gobernará Lula durante su segunda Presidencia.

UN CONTINENTE QUE NO HA CONOCIDO UNA DEMOCRACIA SOCIAL

La pregunta planteada es tan amplia y ocupa un lugar tan central en la reflexión sobre América Latina que nadie podría pretender aportar una respuesta satisfactoria. De todos modos es necesario, aunque no sea posible aportar toda la argumentación necesaria, ofrecer al menos una hipótesis, que sería la siguiente: en la mayoría de los países latinoamericanos la desigualdad se ha transformado de tal forma en un dualismo estructural, que el continente parece incapaz de lograr lo que Gran Bretaña y otros países, incluidos Estados Unidos y Francia, pudieron crear: algo que va más allá de la democracia política, pero que no la destruye e incluso la refuerza, es decir, una democracia social fundada en el reconocimiento, por la ley o la negociación colectiva, de los derechos de los trabajadores.

Esta imagen, que evoca la sociedad industrial europea y norteamericana, no es compatible con la realidad de Brasil, donde el Estado ha dirigido casi permanentemente tanto la acción económica como la política social, desde el fracaso de las tentativas liberales anteriores a 1930 y sin subestimar la importancia de la presidencia de Juscelino Kubitschek.

El rasgo más importante del sistema político latinoamericano ha sido la constante incapacidad de crear tanto una democracia social como una revolución social. América Latina no ha sido nunca liberal ni revolucionaria, con la excepción evidente de Cuba. Pero ésta es solo en apariencia una excepción y que, desde su ascenso al poder, Fidel Castro manifestó su rechazo al modelo latinoamericano y anunció la prioridad que, siguiendo a Martí, otorgaba a la lucha por la independencia nacional, prioridad que lo condujo a asociarse con el bloque soviético.

ESA FRACASADA MEZCLA DE NACIONALISMO + POPULISMO

Incapaz de elaborar una política fundada en los derechos democráticos y de emprender reformas estructurales profundas, América Latina nunca ha logrado salir de una mezcla confusa de nacionalismo y populismo -cuyo ejemplo más conocido ha sido el peronismo-, lo cual condujo a un doble fracaso: el hundimiento o la desaparición del sistema político y la ausencia de transformación social. Esto se pudo observar especialmente en la crisis argentina de 2001, que no representó el levantamiento de la clase obrera sino, por el contrario, la caída masiva de la clase media. Entonces, cuando todo parecía favorecer a Lula, el fracaso de Brasil obliga a concluir que en este momento las posibilidades de una solución a la vez transformadora y democrática en la región han disminuido mucho, o incluso desaparecido completamente.

Desde hace veinte años, se habla en todas partes de la necesidad de dar prioridad a la lucha contra las desigualdades. En términos generales, esa lucha no se ha producido o, en todo caso, no ha alcanzado sus objetivos. Por esta razón, debemos concluir que ese gran modelo virtual de política latinoamericana -la asociación entre una democracia reforzada y una transformación social voluntarista- no tiene muchas posibilidades reales de concretarse en el futuro.

Los acontecimientos políticos que han tenido lugar en varios países del continente no alientan de ningún modo la idea de un movimiento general hacia la izquierda. Nuevamente se impone la conclusión a la que he llegado, que es la opuesta: el fracaso perdurable y profundo de una democracia social vigorosa. La verdadera pregunta en relación con la situación actual no concierne al rol de tal o cual dimensión de la democracia social. El problema que hay que plantearse claramente es el de las oportunidades de la nueva política de ruptura inspirada por Fidel Castro y representada hoy por Venezuela.

Frente a ese modelo, Hugo Chávez tiene chances para un voluntarismo político y social mucho más radical, en particular en contraste con las oportunidades que tienen los países del Cono Sur. Dado el fracaso de la candidatura de Ollanta Humala en Perú y la complejidad de la situación ecuatoriana -y dejando de lado el caso de Colombia, que demandaría un análisis diferente-, el lugar donde se decide la vida política del continente y su capacidad de inventar un modelo político y social capaz de operar sobre una situación extraordinariamente difícil es, sin ninguna duda, Bolivia.

EL FUTURO POLÍTICO DEL CONTINENTE DEPENDE DEL ÉXITO DE EVO MORALES

La opinión pública latinoamericana lo comprendió de inmediato, y el gobierno de Evo Morales ha recibido hasta ahora un fuerte respaldo, incluso si se tienen en cuenta los conflictos de intereses con Brasil. Parece existir una conciencia general en América Latina sobre la necesidad de aceptar el modelo boliviano tal como se está conformando, en su radicalidad, su nacionalismo y su heroísmo, en sus excesos de lenguaje y también de acciones.

Estoy entre quienes piensan que el futuro político del continente depende hoy, ante todo, de las oportunidades de Bolivia de construir y hacer realidad un modelo de transformación social y, al mismo tiempo, ganar independencia respecto de la retórica de Chávez. Porque, a pesar de los progresos logrados desde su elección, el de Chávez sigue siendo un modelo débil de transformación social, si se consideran los inmensos recursos obtenidos por Venezuela por el aumento brutal del precio del petróleo.

La situación de Morales es de tal fragilidad, que la importancia del caso crece aún más. No sorprende que no haya reunido la mayoría necesaria para el éxito del referéndum, pero la oposición de la región de Santa Cruz sigue siendo muy fuerte, y puede encontrar apoyos en el extranjero. Mientras tanto, la capacidad de gobierno del nuevo equipo es probablemente más frágil y débil de lo que se piensa.

En un momento en que Brasil se prepara para una segunda presidencia de Lula -en un vacío casi completo de proyectos y equipos dirigentes-, es en verdad en la solución más radical que representa la Bolivia de Evo Morales donde se debe ver la posibilidad de establecer un vínculo entre la lucha contra la desigualdad y la lucha por la democracia. Esto es lo que está en juego de manera permanente en los debates de todo el continente, aunque hasta ahora haya arrojado como saldo un fracaso casi general.

EL CASO ARGENTINO: NI IZQUIERDA NI DERECHA

No es por casualidad ni por error que no haya considerado hasta aquí el caso de Argentina, país cuya extrema importancia hace necesario prestarle mucha atención. Me parece que lo más sencillo del análisis es dejar establecido para la Argentina, como para los demás países, el fracaso definitivo del modelo nacional- populista de las décadas pasadas. Es cierto que el actual gobierno argentino, al igual que el anterior, se ha definido como peronista, pero la expresión está prácticamente vacía de contenido y, si se trata de definir con ella la gestión de Néstor Kirchner, es un contrasentido.

¿Cómo se le podría pedir a Argentina que elabore un modelo a la vez político y social de un cambio que realmente no ha buscado? Entretanto, el país comienza a emerger de la catástrofe que ha destruido su economía y su sociedad sin que los resultados obtenidos pongan de manifiesto progresos importantes en la gobernabilidad del país, ya que la recuperación se sostiene en tres factores: el fuerte aumento de las exportaciones a China, la ayuda financiera otorgada por Chávez -que ha sido completada con las medidas tomadas contra las empresas europeas- y la rápida concentración de poder en manos de Kirchner.

Si Argentina tuviera que inventar un nuevo modelo de desarrollo, éste debería ser más bien de tipo liberal, dada la importancia del comercio internacional en la economía y, sobre todo, dado que el futuro del país depende en gran medida de su capacidad de dotarse de élites políticas, administrativas y económicas que, aunque ha sido capaz de crear, no se ha preocupado por desarrollar.

Tampoco es posible, en el caso de Argentina, hablar de izquierda y derecha. La lógica de la situación avanza más bien hacia soluciones voluntaristas pero liberales, que no pueden ser equilibradas por la resistencia y la capacidad ampliada de decisión del presidente Kirchner.

A PESAR DE TODO, HAY OPTIMISMO EN EL CONTINENTE

Nadie puede asegurar el triunfo o el fracaso de América Latina. Por el momento, el retorno de la fe ha hecho que en muchos países se consolide, a pesar de las inmensas dificultades, un clima si no eufórico, al menos moderadamente optimista. En todo caso, en América Latina se percibe una confianza en el futuro que no existe hoy en ninguna otra parte, salvo en España. Y en ese sentido, la conclusión con la que desearía comprometerme, al menos en la medida de mi capacidad de análisis, es que sólo una radicalidad política mucho mayor que la del período reciente permitirá a los países latinoamericanos escapar de dos aparentes soluciones que en realidad conllevan un gran peligro. Por un lado, un gobierno de élites liberales apoyadas en una economía mundial globalizada. Y por el otro, lo que se podría llamar una “ilusión neocastrista”.

Esta conclusión más bien inquietante no se contradice con la imagen que tiene de sí mismo un país importante del continente: Chile, que se siente cada vez menos perteneciente a América Latina y que espera, de acuerdo con la célebre frase del ex-Presidente Ricardo Lagos, enriquecerse con el comercio entre el Este y el Oeste del mundo, como alguna vez lo hiciera la República de Venecia.

Ésta es una alternativa extrema para una de las soluciones posibles, la de la globalización exitosa. La otra es la que, pese a su fragilidad, toma forma en Bolivia. Hoy me parece imposible definir otras soluciones posibles entre estas dos tendencias profundamente opuestas.

Alain Touraine es sociólogo francés.

Sadam Husein, ejecutado en la horca, de La Redacción de Rebelión

Agencias/Rebelión

El ex presidente iraquí Sadam Husein, derrocado por la intervención armada estadounidense, ha sido ejecutado en la horca a los 69 años, con lo que se ha cumplido la condena a muerte que pesaba sobre él desde el pasado mes de noviembre después de que un proceso plagado de irregularidades le condenara por la muerte y tortura de 148 iraquíes chiíes en la localidad de Duyail, en 1982.

El vicepresidente del Tribunal Supremo de Apelación, el juez Munir Hadad, ha confirmado la ejecución de Sadam Husein en un lugar "fuera de la 'Zona Verde'", donde están las instalaciones del Gobierno iraquí y las sedes de las embajadas de Estados Unidos y del Reino Unido.

El juez, que estuvo presente durante el ajusticiamiento, afirmó que Sadam Husein "rechazó que le cubrieran su cabeza antes de que le pusieran en la horca y así fue ejecutado. Tenía en la mano un Corán y leyó las frases de la profesión de fe musulmana (no hay más Dios que Alá y Mahoma es su profeta) y no se dirigió en ningún momento al pueblo al contrario de su postura durante el proceso".

La ejecución se llevó a cabo en torno a las 6.00 hora local de Bagdad (4.00 hora peninsular española), sólo cuatro días después de que el Tribunal de Casación de Irak ratificara su sentencia a muerte.

El consejero de la Seguridad Nacional de Irak, Muafaq al Rubai, que estaba presente durante la ejecución, afirmó que el ex presidente "pareció sólido y no se resistió a la muerte".

"No, no temía la muerte. Cuando se acercó al lugar donde está la horca me miró y me pidió a mí que no tuviera miedo", dijo Rubai en declaraciones a la televisión estatal iraquí 'Al Iraquiya'. Señaló que la única petición del ex dictador fue que su copia del Corán "fuera entregada a un hombre que se llama Bandar".

Según Rubai, durante la ejecución estuvieron presentes un juez del Tribunal de Casación iraquí, un representante de la Fiscalía, otro del Gobierno y "un grupo de testigos", pero "no estuvo ningún estadounidense".

Al Rais ha asegurado que el Gobierno difundirá más adelante fotografías de Sadam Husein tomadas en la ejecución. La televisión estatal iraquí informó de que la ejecución fue grabada en vídeo y fotografiada e indicó que tras el ahorcamiento de Sadam, personas allí presentes comenzaron a danzar en torno a su cadáver.

"Lo más importante es que se ha acabado un capítulo oscuro en la historia de Irak", dijo el consejero de la Seguridad Nacional, y pidió a los iraquíes, "sean suníes, chiíes o kurdos" que "se unan y se olviden de sus divergencias".

"Hoy es un día nuevo en un nuevo Irak. Es un gran día en la historia de nuestro país. Sadam se ha ido y todos los iraquíes deben mirar hacia el futuro", añadió.

El cadáver de Sadam Husein será entregado a su familia, según afirmó al Rubai, que sin embargo no detalló cuándo. La hija mayor del ex dictador, Raghad Sadam, pidió que su padre sea enterrado en la capital yemení, Saná, para que el cadáver sea trasladado a Irak "tras la salida de la tropas de ocupación".

El primer ministro iraquí, Nuri al Maliki, ha llamado a los seguidores de Sadam Husein a cambiar su estrategia política. "Insto a los simpatizantes del antiguo régimen a revisar su postura, ya que la puerta sigue abierta para todos aquellos cuyas manos no estén manchadas con sangre inocente, para que ayuden a reconstruir un Irak para todos los iraquíes", anunció en un comunicado.

Momentos después de la ejecución, las autoridades iraquíes impusieron el toque de queda de cuatro días en Tikrit, la ciudad natal de Sadam, así como en varias localidades cercanas, en previsión de posibles disturbios por la ejecución de Sadam Husein.

Grupos chíies lanzaron disparos al aire en señal de alegría por la ejecución en las ciudades y distritos donde es mayoritaria su comunidad chií, oprimida durante el régimen del presidente derrocado.

En lo que respecta a los barrios y ciudades suníes, no se ha registrado esta mañana ninguna reacción popular, y sólo se escuchaban los gritos de 'Alahu Akbar' (Dios es el más grande) desde las mezquitas, con ocasión del inicio de la fiesta musulmana de Eid al Adha (sacrificio).

También se registraron escenas de alegría en las regiones kurdas, que responsabilizan por su parte al ex presidente de la muerte de decenas de miles de kurdos durante la campaña de 'Al Anfal' (botín de guerra), lanzada por el ejército de Sadam contra el Kurdistán en la década de los 80.

Pese a que inicialmente las televisiones árabes informaron de que Ibrahim al Tikriti y Awad al Bandar, dos colaboradores del presidente derrocado acusados por el mismo caso, también habían sido ejecutados, al Rubai, lo negó más tarde. Sin embargo, Mariyem Al Rais, asesora del primer ministro iraquí, asegura que sí han sido ejecutados después de Sadam Husein.

Debemos iniciar el proceso de destitución de Bush e irnos de Iraq, de Sean Penn en Rebelión

Huffington Post

Palabras del actor estadounidense al recibir el Premio Christopher Reeve por la Primera Enmienda 2006

La Primera Enmienda, en la que se basa el Premio Christopher Reeve es la que garantiza la libertad de palabra [N.d.T.]. Traducido del inglés para Rebelión por Germán Leyens

Para el bien de esta noche y de mi propia satisfacción personal, voy a ceder a la noción de que me merezco esto. Y siguiendo en ese espíritu, voy a deciros que me siento muy honorado al recibirlo. Y agradezco a Creative Coalition y a mi amigo Charlie Rose por haberlo posibilitado. Me parece adecuado que aproveche esta oportunidad para ejercer el derecho que nos honra a todos: la libertad de palabra.

El título original para una comedia de Luis XVI llamada “Empiecen la revolución sin mí” era uno de mis favoritos. El título original era “Luis, hay una multitud abajo.” Pero volveré a hablar de eso más tarde...

Las palabras pueden ser nuestras armas más cívicas por el cambio, cuando se relacionan con acciones de sacrificio, o de buena voluntad, pero no tienen gracia ni poder sin una claridad audaz. Así que, si tienen un poco de paciencia, voy a pedir prestada una línea de Bob Dylan: “No hablemos falso ahora – se está haciendo tarde.”

° Calentamiento global

° Contaminación masiva

° Guerra continua de USA en Iraq

° Ataques contra las libertades cívicas bajo la consigna de la guerra contra el terror.

° Gastos militares

° Vosotros y yo, los contribuyentes de USA, gastamos 1.500 millones de dólares en fuerzas armadas concentradas en una guerra en Iraq – mientras las necesidades sociales clamorean.

° Atención sanitaria

° Educación

° Transporte público

° Protección ecológica

° Vivienda abordable

° Capacitación laboral

° Inversión pública

° Y, construcción de represas

Dependemos ampliamente de la información sobre estos temas proveniente de industrias mediáticas, que dependen en tal medida de los resultados financieros que el interés público pierde interés.

Y deberíamos decir la verdad: nos oponemos a los esfuerzos del gobierno por intimidar o legislar al servicio de la censura. Sea bajo la guisa de una Ley Patriota o de cualquier otra justificación de sonido benévolo para el antiguo juego de suprimir el disenso cortando las alas del pensamiento independiente e impidiendo el cambio social progresista.

Las formas más efectivas de una censura de facto son preventivas. Sistemáticamente, se nos alienta a inclinarnos, fuera de la línea de fuego – a evitar el peligro, ni pensarlo, de que alguien en la Casa Blanca, o en el Congreso, o un duro de los medios pueda arremeter contra nosotros.

Pero, como asunto práctico, la mayor parte de los límites en la expresión creativa y otras formas de libertad de palabra provienen de la autocensura, en la que el mecanismo de la autoridad corporativa ofrece zanahorias y blande garrotes. Evitamos un conflicto antes de que se materialice. Agarramos las zanahorias y nos alejamos de los garrotes.

Hace decenios, Fred Friendly lo llamó un “veto positivo” – el apoyo financiero de las corporaciones a espectáculos que quieren establecer y perpetuar. Sea en el periodismo o en el teatro, los esfuerzos creativos que no obtienen un “veto positivo” financiero son descartables, y luego son descartados. No podemos llamarlo “censura.” Pero llamémoslo como sea, los efectos de un sistema de “veto positivo” son severos. Imponen límites prácticos a los esfuerzos por presentar, más pronto que tarde, las realidades más importantes a la atención pública...

Comenzamos a ver imágenes más reveladoras de esta guerra. Pero es más que tarde ahora, ¿no es cierto? A lo que tenemos que prestar atención es a los resultados de esos “límites prácticos.” Uno, es que se hace mucho más fácil iniciar las guerras que detenerlas.

Tengo un sentimiento de cómo podemos comenzar a cambiar este proceso y quiero contárselo. Hay niños que crecen en nuestro país – muchos, a propósito, en condiciones de extrema pobreza – y se les dice desde muy temprana edad: “¡Tendrás que rendir cuenta!” “¡Con la libertad, viene la responsabilidad!” Y así sigue la lección... Demócratas y republicanos por igual. Mentir-engañar-robar, ¡y habrá consecuencias! El robo será castigado. Las acciones que causan la muerte de otros serán severamente castigadas. El mensaje, de los dirigentes en Washington, de los medios noticiosos, de la mamá, del papá, y de la iglesia, es claro. Los criminales TENDRÁN que rendir cuentas.

Ahora, recientemente hablan mucho en el Congreso de que el tema del procedimiento de destitución debe estar “fuera de discusión.” Se nos dice que hay que mirar hacia delante – no hacia atrás...

¿Podéis imaginar dónde conduciría ese argumento en el caso de la defensa en una acusación por un gran robo, o por la distribución en gran escala de metanfetaminas? ¿Y en el caso de la contratación de un asesinato por contrato de una madre embarazada? “La acusación debería estar fuera de discusión.” O “miremos hacia delante, no hacia atrás.” O: “No nos podemos permitir el fracaso con otro acusado.”

Nuestro país tiene un sistema legal, no de hombres y mujeres, sino de leyes. ¿Por qué, entonces, estamos tan dispuestos a colocar “fuera de discusión” cláusulas inconvenientes de la constitución de USA y del derecho federal? Nuestra mayor preocupación ahora mismo debería ser que se pongan EN discusión. A menos que vayamos a tener un conjunto de leyes para los poderosos y otro para los que no se pueden permitir abogados caros, la verdad es importante para todos. Y la responsabilidad es un asunto de principios humanos y legales. Si vamos a continuar amenazando con el dedo a los transgresores necesitados, sugiero que seamos consecuentes. Si la verdad y la responsabilidad pueden ser manipuladas hasta convertirlas en conceptos falaces, igual podríamos abrir las puertas de todas nuestras cárceles y prisiones en las que, a propósito, hay más gente tras los barrotes que en cualquier otro país del mundo. Ahora mismo, uno de cada 32 USamericanos adultos está tras los barrotes, en libertad condicional, o en libertad probatoria.

Lo que significa que, globalmente, USA es el número uno en la exigencia de que se rindan cuentas y en respaldar esa exigencia con encarcelamiento. Pero, cuando se trata de nuestro presidente, del vicepresidente, del secretario de estado, del antiguo secretario de defensa... esa insistencia en la responsabilidad desaparece. De repente, lo que es pasado es prólogo, Y sólo “miramos hacia delante.” Pero alguna gente no puede limitarse a mirar hacia delante. Los hombres y mujeres apostados en Iraq en este momento, bajo las órdenes de un Comandante en Jefe con una práctica tan cumplida en el arte del engaño, que logró que vastas cantidades de periodistas USamericanos y los medios noticiosos más estimados de este país, incluyendo el New York Times, el Washington Post, NPR, y PBS sirvieran con tanto afán su orden del día de preparación para la guerra. Y el proceso también indujo a vastas cantidades de artistas e intérpretes (probablemente incluso algunos que se encuentran aquí esta noche) a guardar silencio y a facilitar el impulso para una invasión de Iraq.

Estoy seguro de que mucha gente que encontré en Bagdad, en mis viajes anteriores a, y durante, la ocupación, tampoco puede limitarse a mirar hacia delante. Con vidas tan destrozadas enteramente por la violencia de la ocupación – un continuo esfuerzo bélico de USA y la guerra civil que ha catalizado. Todo sumado a una infraestructura derrumbada, después de once años de sanciones devastadoras de la ONU.

Y, ¿dónde está la responsabilidad por cuenta de los USamericanos muertos y heridos, sus familias, sus amigos, y el pueblo de USA que ha visto cómo su país se convierte en un paria en el mundo? Esos eventos han sido posibilitados por gente llamada Bush, Cheney, Powell, Rumsfeld, y Rice, mientras continúan perpetuando un masivo fraude contra la democracia y la decencia en USA.

El 11 de enero de 2003, me presenté en el show de Larry King, después de mi primer viaje a Iraq. Sugerí que cada madre y padre USamericano se siente con un trozo de papel y un lápiz y escriba las siguientes palabras: Estimado Sr. y Sra. tal-por-cual – Lamentamos informarle que su hijo o su hija tal-por-cual, ha muerto en acción en Iraq. Pedí a esas madres y padres que completaran la carta de cualquier manera que fuera un consuelo si la recibieran. Si se piensa en esas dolorosas palabras finales que un padre podría tratar de escribir hoy en día, parece inconcebible que este país pueda haber sido llevado a esta guerra. ¿En quién creían esas madres y padres? Sabemos que no es sólo en el gobierno, sino en nuestra cultura en general, encubierta en ensoberbecimiento, religión, y machismo heroico adolescente. ¿Le habrían creído a Rush Limbaugh si hubieran sabido que estaba drogado como un perro con OxyContin? ¿Le habrían creído a un Bill O'Reilly realmente discapacitado si hubieran sabido que se masajeaba el recto con una esponja de lufa mientras acosaba por teléfono a una empleada? ¿Hannity, si hubieran sabido que era simplemente una prostituta por la causa de sus alcahuetes - Murdoch y Ailes? ¿O el pequeño putz con su corbatín, si hubieran sabido que todo lo que buscaba era una risita de Jon Stewart? ¿Tal vez nuestros compatriotas, hombres y mujeres, estaban escuchando Ted Haggert mientras olfateaba metanfetamina y follaba a un musculoso gigoló? ¿O a Mark Foley a la busca de chiquitos? ¿A Joe Lieberman, sentado como Shiva? ¿Y a Toby Keith, cantando las loas del tamaño de sus botas?

“¡Oh!, ahí tenemos a Sean... Tenía que salir con sus insultos. Dicen que no puede evitarlo.” Pero, ¿usé insultos? Tal vez, sólo resumí rápidamente 7 u 8 pequeñas verdades. ¡Oh!, no, tienes razón – Usé insultos. Dije "putz". Lo retiro. O, ¿lo hago? ¿Dije “prostituta”? ¿Alcahuete? Esas son preguntas. Pero, las preguntas verdaderamente reales y grandes de conciencia y responsabilidad no surgirían tan amenazantes – sin respuestas o evadiéndolas a un costo tan tremendo – sin nuestro fracaso diario en la insistencia de lograr una obligación real de rendir cuentas por sus acciones. Desde luego, preferiría encontrar algunos caminos fáciles para llegar allí. Pero no existe un camino fácil. No es un nuevo Congreso. Tampoco Barack Obama. Y, no John McCain. Su valor en la prisión norvietnamita lo convirtió en un hombre heroico. Sus antecedentes en las votaciones en el Congreso lo convierten en un funcionario público dañino. Tenemos que levantarnos de una vez y mostrar al mundo lo poderosa que es la gente en una democracia. Y así recuperaremos nuestra posición de ejemplo, no de paria, ante el mundo en general. Y así podremos comenzar a alzar cabeza y a permitir que el orgullo y la unificación eleven nuestra propia calidad de vida y seguridad.

Nos dicen que perdimos a 3.000 USamericanos el 11-S. ¿Basta? Estamos a punto de equipararlo. Estamos a semanas, si no menos, de matar a 3.000 USamericanos en Iraq. Le pregunto a la presidenta [de la Cámara de Representantes] Pelosi: ¿podemos entonces discutir el procedimiento de destitución? Si el antiguo jefe de la FEMA, Mike Brown, no hubiera tenido que rendir cuentas por sus acciones, después de Katrina (por chivo expiatorio que haya sido) habríamos tenido el mismo caos y negligencia cuando Rita dio en Houston. Piensen en eso. Y, la misma gente que pregona la disuasión como una justificación para castigos cuando hablamos de “crimen y castigo,” se jactará de su pensamiento tenaz cuando descarta las cualidades disuasivas de un procedimiento de destitución.

¿Qué es un procedimiento de destitución? No es un evento de demócratas contra republicanos. No, si es utilizado responsablemente. Si la Cámara de Representantes vota por iniciar el procedimiento de destitución contra este presidente, ¿lo echan de su puesto? No, no lo echan. No es lo que significa el procedimiento de destitución. Es la oportunidad de proceder a la rendición de cuentas por sus acciones y de dar a nuestros senadores elegidos, demócratas y republicanos, el poder de realizar una investigación exhaustiva, El poder de poner en discusión la verdad. Con cada día que pasa madres y padres pierden a sus chicos en muertes horripilantes en esta guerra. Muertes horribles. Mutilaciones horribles. ¿Se cometieron crímenes al alistar el apoyo de nuestro país en esta decisión de ir a la guerra? Por el momento vivimos el más invertebrado de los guiones; en el que los halcones abusaron del procedimiento de destitución hace ocho años, y ahora el resto de nosotros nos negamos cortésmente a utilizarlo. Protejamos a los denunciantes, enviemos las órdenes de comparecer, y entonces, uno por uno, obliguemos a declarar bajo juramento a este gobierno. Y entonces, si se prueban los crímenes de “traición, soborno, u otros crímenes o delitos graves,” hagamos como lo prescribe el Artículo 2, Sección 4, de la Constitución de USA, y saquemos “al presidente, vicepresidente, y... funcionarios civiles de USA” de sus puestos. Si entonces el Departamento de Justicia considera apropiado meterlos en la cama con Jeff Skilling, así sea.

Así que, miren... Si tratamos de destituir por mentir por una mamada, pero aceptamos sin discusión estos abusos casi innegables, nos convertimos en una mancha sobre la bandera que izamos. Sabéis, estaba escuchando a Frank Rich esta mañana, que habló en una gira de promoción de libros. Dijo que piensa que un procedimiento de destitución sería un apartadero “decadente”, mientras nuestros soldados siguen muriendo. Admiro a Frank Rich. Y desde luego tendría razón si el procedimiento de destitución fuera lo único que hacemos. Pero somos USamericanos. Podemos hacer dos cosas al mismo tiempo. Sí, sigamos adelante y salgamos rápido de esta guerra en Iraq Y destituyamos a esos hijueputa.

Christopher Reeve prometió levantarse de esa silla. Bueno, no sé ustedes, pero parecería que ya se ha levantado y yo no estaría parado aquí si no fuera sobre sus hombros. Que tenga sentido.

Georgie, hay una multitud abajo.

Gracias y buenas noches.

http://www.zmag.org/content/showarticle.cfm?SectionID=72&ItemID=11676

La guerra está perdida sin remedio, de Tariq Alí en Rebelión

The Guardian

Cuando una guerra va rematadamente mal y las justificaciones de la misma se revelan puras mentiras, insistir en que un Irak “democrático” está a los alcances y en que “debemos mantener el rumbo” se convierte en una fantasía total. ¿Qué hacer?

En EE.UU. se reclutó a un grupo de veteranos del Departamento de Estado para que confeccionaran un informe. Admitieron lo que todo el mundo (salvo Downing Street) ya sabía: que la ocupación es un desastre y que la situación resulta allí más y más infernal. Después de que los ciudadanos de EE.UU. votasen en consecuencia en las elecciones de la mitad del período del actual gobierno, la Casa Blanca sacrificó al señor de la guerra del Pentágono, Donald Rumsfeld.

Sin embargo, el señor de la guerra de Downing Street anda suelto, cual zombie obstinado en negar que algo importante vaya rematadamente mal en Bagdad o Kabul. Todo, para él, puede remediarse con una dosis de medicina humanitaria (un veneno tan poderoso y audaz, que no hay antídoto que se le resista). Ha quedado en ridículo tanto en las capitales árabes amigas como en la Zona Verde de Irak con sus intentos desesperados de interpretar el papel de hombre de estado. Irak es el cordón umbilical que lo ata a su destino.

Mas los veteranos reclutados en Washington no pueden menos de reconocer la magnitud del desastre. Sus descripciones son recias; sus prescripciones, débiles y patéticas: “Estamos de acuerdo con el objetivo de la política de EE.UU. en Irak, conforme ha sido enunciado por el Presidente: un Irak que pueda gobernarse a sí mismo, sostenerse a sí mismo y defenderse a sí mismo”. En otro lugar, recomiendan un acuerdo con Teherán y Damasco para preservar la estabilidad después de la retirada, lo que da a entender que Bagdad no puede ser nunca independiente. Finalmente, tuvo que ser un militar realista, el teniente general William Odom, quien exigiera una retirada total durante los próximos meses, opinión compartida por los iraquíes (tanto chiítas como suníes) en sondeos sucesivos. La ocupación, según nos informa Kofi Annan, ha creado una situación peor que bajo Sadam.

¡Qué diferente fue en los embriagadores días que siguieron a la captura de Bagdad! Dos líneas de acción se dibujaban para el bando victorioso. El Pentágono buscaba un rápido acuerdo con los generales de Sadam, a fin de establecer un nuevo régimen para que EE.UU. y las tropas comparsas pudiesen retirarse a las bases del norte de Irak, y Kuwait supervisar el resultado. Pero el Departamento de Estado y su auxiliar en Downing Street querían la aplicación inexorable de un “poder duro” y una larga ocupación que instituyera un nuevo Irak como modelo de un “poder blando” de EE.UU. para el conjunto de la región.

Jamás fue ésta una opción seria. El apoyo incondicional de EE.UU. a Israel descarta cualquier posibilidad de poder blando en Irak o en cualquier otro sitio. Servirse de Fatah para promover el conflicto civil en Palestina no es probable que mejore las cosas. Incluso los regímenes árabes más proestadounidenses en la región –Arabia Saudí, Egipto, Jordania y los estados del Golfo, que hacen lo que antoja a Washington— se permiten virulentas denuncias de las políticas occidentales en los medios de comunicación para contener a su propia ciudadanía.

Ninguna de las posibilidades barajadas en la campaña electoral en Washington, incluidos las del partido demócrata, prevé una retirada total de las tropas estadounidenses. Una derrota demasiado insoportable para enfrentarla de cara. Pero la guerra ya se ha perdido, junto con la vida de medio millón de iraquíes. La vía de aplazar la derrota (como en Vietnam) con recurrentes “incrementos” de tropas difícilmente puede funcionar.

El parlamento británico, más indolente aún que su equivalente estadounidense, votó contra cualquier investigación oficial –aun en un caso como el Hutton (1)— sobre la participación británica en la guerra, a sabiendas de que una mayoría del país se opone a la continuación del conflicto. El fanatismo ideológico de Blair ha contribuido a la destrucción de Irak, al rebrote de los talibanes en Afganistán, al aumento de la amenaza terrorista en Gran Bretaña y a la introducción de leyes represivas que ni siquiera lograron imponerse durante la Segunda Guerra Mundial. Su desdichado partido y la oposición han sido condescendientes con tales medidas repulsivas. Llegó aquí la hora de un cambio de régimen.

(1) Nota del traductor: La investigación Hutton (por Lord Hutton, el juez) fue la encargada de aclarar la muerte de David C. Kelly en julio de 2003, un experto en guerra biológica y uno de los inspectores de armas en Irak. Su extraña muerte puso bajo sospecha al gobierno de Blair. Kelly estaba acusado de ser la fuente informativa de la BBC, en dónde se habló de las pruebas exageradas sobre armas de destrucción masiva que sirvieron de justificación para invadir Irak. Las armas de destrucción masiva que nunca aparecieron.

Tariq Ali es miembro del Consejo Editorial de SINPERMISO.

Traducción para www.sinpermiso.info : Daniel Raventós

España: Corrupción y criminalidad económica, de Juan Torres López en Rebelión

Temas para el Debate

Uno de los deslices más significativos que ha tenido el jefe de la oposición a Rodrígez Zapatero ha sido el de decir que bajo el gobierno de Aznar “no se hablaba de corrupción”. Es una evidencia que la había y de hecho hubo procesos bien conocidos y escandalosos pero seguramente sea cierto que se habló mucho menos de la corrupción cuando gobernó la derecha que cuando lo hace la izquierda, a pesar, incluso, de que los presuntos corruptos sean la mayoría de las veces políticos y negociantes de derechas.

Lo que más bien muestran esas palabras de Rajoy es que también son corruptos quienes tienen la posibilidad de marcar la agenda del debate social, las empresas de comunicación y muchos periodistas que discriminan muy hábilmente los tiempos en que conviene hablar o no de determinados hechos. Pero, en cualquier caso, la corrupción vinculada a los negocios existe y en mucha mayor medida de lo que en los últimos tiempos se llega a conocer en relación con los negocios inmobiliarios en España.

La criminalidad económica de todo tipo es cada vez más abundante en el mundo y la cifra de negocio que lleva consigo, aunque muy difícil de calcular, se estima en niveles realmente espectaculares: según las Naciones Unidas, sólo la economía de la droga representaba al inicio del siglo el 8% del comercio mundial y lo que algunos expertos llaman el Producto Criminal Bruto (PCB) mundial alrededor de un billón de dólares, más del 15% del volumen de todo el comercio internacional. Y da idea de la extensión de la delincuencia económica de nuestros días el que algunas encuestas realizadas en los últimos años hayan mostrado que el 34% de las empresas europeas y el 41% de las estadounidenses han sufrido en algún momento delitos “de cuello blanco”, sobre todo, estafas de todo tipo.

Lo relevante es que, en lugar de disminuir, la criminalidad económica en todas sus variadas manifestaciones ha aumentado en los últimos años como consecuencia de los cambios institucionales que se han generalizado en el ámbito monetario: una gran desregulación y, sobre todo, la plena libertad de movimientos del capital.

Esta libertad es lo que permite que los inmensos flujos financieros que hoy día acumulan los bancos, los fondos de inversiones o las grandes empresas se muevan sin restricción alguna a la búsqueda de una rentabilidad que cada vez se desea más elevada e inmediata. A su amparo pueden evitarse los impuestos, cometer auténticos fraudes fiscales a escala internacional que ni siquiera están tipificados como tales, o evadir capitales de un país a otro sin problema alguno. Y en este régimen de libertad y desregulación es donde han nacido multitud de productos financieros, muy inseguros pero sumamente rentables, que son intrínsecamente corruptos; o “paraísos fiscales” en donde se oculta y protege el dinero proveniente de todo tipo de operaciones oscuras y delictivas, incluidas, por supuesto, las que llevan a cabo los terroristas y que ni siquiera se vigilan con tal de no molestar al resto de los inversores opacos.

En este nuevo ámbito financiero es muy difícil distinguir lo legal de lo ilegal, el comportamiento financiero honrado de la criminalidad más sucia y bochornosa. Baste pensar, sin ir más lejos, en las acusaciones vertidas contra los propietarios del Banco de Santander en el juicio que comenzará pronto: según informaron diversos medios de comunicación, manejar cerca de medio billón de pesetas de dinero negro proveniente de fuentes financieras más o menos inconfesables, sólo entre 1988 y 1989, o comercializar las llamadas "cesiones de crédito" entregando al Fisco información falsa sobre 9.566 operaciones formalizadas que representaban 145.120 millones de pesetas, y declarando como sus titulares a personas fallecidas, emigrantes no residentes en España, ancianos desvalidos, trabajadores en paro, o familiares de empleados del banco...

Sin ningún tipo de control y con países a los que se deja actuar como espacios al margen de toda ley es normal que el dinero procedente del crimen y vinculado a las operaciones financieras más oscuras viva sus días gloriosos en el planeta: nunca fue tan fácil hacer negocios sucios y nunca hubo una falta de control tan grande como la de hoy día.

La corrupción económica de la que tanto se viene hablando en los últimos tiempos en nuestro país es la que tiene que ver principalmente con la gestión urbanística pero no puede pensarse que sea completamente ajena al fenómeno que acabo de comentar.

Conviene tener en cuenta, por un lado, que en los últimos 15 años el 50% del suelo urbanizable ha sido adquirido por entidades financieras. Por otro, que el volumen de negocio que moviliza el negocio inmobiliario sería inalcanzable de no estar produciéndose también en España el proceso generalizado de hipertrofia financiera que sustrae los medios de pago de la economía productiva para dedicarlos a la especulación de todo tipo.

La diferencia posiblemente radique en que, en el caso de la corrupción urbanística, el propio régimen legal del suelo es en sí mismo corrupto. ¿O es que puede calificarse de otra manera el hecho de considerar legalmente, como hizo el Partido Popular, que todo el suelo es urbanizable?, ¿no esa la fuente misma del mal que?, ¿puede considerarse que sólo es corrupto el promotor que paga bajo cuerda por lograr una determinada calificación urbanística o el político que la recibe y no el legislador que da la posibilidad, por poner un ejemplo que acabo de conocer en el municipio malagueño de Ronda, de que sea legal construir un circuito de alta velocidad en plena reserva de la biosfera o cientos de chalets y campos de golf en medio de una serranía y esquilmando los acuíferos existentes?

Es verdad que estrictamente hablando la delincuencia es sólo el comportamiento que está fuera de lo que establece la ley pero no podemos olvidar que las leyes establecen fronteras entre lo que se puede y no se puede hacer que nada tienen que ver en muchas ocasiones, como ocurre con los paraísos fiscales que las autoridades mundiales consienten o con la legislación urbanística que hoy día tenemos en España, con los principios morales más elementales que habría que respetar para que la sociedad pueda avanzar en paz y de modo sostenible.

Me temo que los casos de corrupción urbanística que tratan de presentarse como escandalosos, aún cuando son de por sí deleznables, solo muestran una punta de iceberg, una simple incidencia en el marco de una corrupción mucho mayor y dañina: la que permite y hace posible que los recursos públicos puedan ser apropiados para su exclusivo disfrute solamente por las minorías privilegiadas.

Juan Torres López es catedrático de Economía Aplicada de la Universidad de Málaga (España). Su web: www.juantorreslopez.com

El factor Phelps, de Joseph Stiglitz en Rebelión

Sin Permiso

El 10 de diciembre, Edmund Phelps, mi colega en la Universidad de Columbia, recibirá el Premio Nobel de Economía de 2006. Lo merecía desde hace mucho. Si bien el Comité del Premio Nobel citó sus contribuciones a la macroeconomía, Phelps ha hecho contribuciones en muchas áreas, incluyendo la teoría del crecimiento y el cambio tecnológico, la tributación óptima y la justicia social.

La observación clave que Phelps hizo en el campo de la macroeconomía es que las expectativas afectan la relación entre la inflación y el desempleo y, ya que las expectativas en sí mismas son endógenas –cambian a lo largo del tiempo- también cambia la relación entre desempleo e inflación. Si un gobierno intenta llevar la tasa de desempleo a niveles muy bajos, la inflación va a aumentar y también aumentarán las expectativas inflacionarias.

Este razonamiento tiene dos posibles implicaciones de política. Algunos políticos han concluido a partir del análisis de Phelps que la tasa de desempleo no puede bajarse permanentemente sin que aumenten los niveles inflacionarios. Por lo tanto, las autoridades monetarias simplemente deben enfocarse en la estabilidad de los precios buscando la tasa de desempleo a la que la inflación no aumente, conocida como “tasa de desempleo no aceleradora de la inflación” (NAIRU, por sus siglas en inglés).

Pero la NAIRU no es inalterable. La implicación correcta, que Phelps enfatizó repetidamente, es que los gobiernos pueden implementar una variedad de políticas, en particular políticas estructurales que permitan a la economía operar a un nivel más bajo de desempleo.

Las políticas que se enfocan exclusivamente en la inflación están equivocadas por varias otras razones. Como una cuestión práctica, incluso controlando las expectativas (como Phelps insiste en su obra que se haga), la relación entre el desempleo y la inflación es altamente inestable. Es prácticamente imposible distinguir la relación a partir de los datos excepto en unos cuantos períodos aislados.

Parte de la explicación de esta inestabilidad se encuentra en los cambios en los niveles de educación, en la creación de sindicatos y en la productividad. Pero cualquiera que sea la razón, los políticos se enfrentan a una incertidumbre considerable en cuanto al nivel de la NAIRU. Por lo tanto, todavía se enfrentan a un dilema entre presionar muy a la baja la tasa de desempleo y desencadenar un período de inflación, y no presionar lo suficiente, lo que resulta en un derroche innecesario de recursos económicos.

La manera en que se perciben estos riesgos depende de los costos de enmendar los errores, lo que a su vez depende de otras propiedades de la relación inflación-desempleo que en el análisis de Phelps no se abordaron. El peso de las evidencias muestra que el costo de enmendar el error de presionar demasiado a la baja la tasa de desempleo es en sí mismo muy bajo, al menos en países como Estados Unidos donde la relación se ha estudiado detenidamente. Según este punto de vista, la Reserva Federal debería buscar agresivamente una tasa de desempleo baja hasta que se vea que la inflación está aumentando.

En contraste, los “halcones” de la inflación afirman que hay que atacarla de manera preventiva. Si bien la mayoría de los bancos centrales son halcones de la inflación, esta postura es una cuestión de religión y no de ciencia económica. Sencillamente no hay evidencias empíricas, o hay muy pocas, de que las tasas bajas a moderadas de inflación que se han dado en las décadas recientes, tengan algún efecto dañino real significativo en la producción, el empleo, el crecimiento o la distribución del ingreso. Tampoco hay pruebas de que si la inflación aumenta ligeramente no pueda revertirse a un costo relativamente menor –comparable con los beneficios del empleo y crecimiento adicionales que se disfrutaron en la expansión excesiva de la economía que condujo al aumento de la inflación.

A principios de los años 1990, la Reserva Federal y muchos otros creían que la NAIRU estaba alrededor del 6% al 6.2%. Con base en los cambios en la economía, el equipo que trabajó conmigo en el Consejo de Asesores Económicos del Presidente Bill Clinton y yo argumentábamos que la NAIRU era considerablemente más baja. Teníamos razón. El desempleo cayó al 3.8% sin que la inflación aumentara repentinamente.

Esto es importante porque, como argumentó el gran economista Arthur Okun, al reducir el desempleo por dos puntos porcentuales la producción aumentaría de 2 a 6% o de .5 a 1.5 billones de dólares en el caso de Estados Unidos. Incluso para un país rico esto es mucho dinero. Se podría utilizar para dar al sistema de seguridad social estadounidense una base sólida durante los siguientes 75 a 100 años. Incluso podría pagar una parte sustancial de una guerra como la de Iraq.

El trabajo de Phelps nos ayudó a entender la complejidad de la relación entre la inflación y el desempleo y el papel tan importante que las expectativas pueden desempeñar en esa relación. Pero es una mala interpretación de ese análisis concluir que nada puede hacerse acerca del desempleo o que las autoridades monetarias deberían enfocarse exclusivamente en la inflación.

Ese punto de vista es el de una escuela de la macroeconomía moderna que asume que hay expectativas racionales y mercados en perfecto funcionamiento. En otras palabras los individuos –que se asume que son idénticos- utilizan plenamente toda la información disponible para prever el futuro en un ambiente de competencia perfecta, sin fallas en los mercados de capitales y una cobertura plena de todos los riesgos. No sólo son absurdos los supuestos sino también las conclusiones: no hay desempleo involuntario, los mercados son completamente eficientes y la redistribución no tiene consecuencias reales. Pero, según esta escuela, no importa mucho que las políticas gubernamentales no sean efectivas. No es necesaria la intervención del gobierno porque los mercados siempre son eficientes. Y lo que es todavía más perjudicial, muchos seguidores de esta postura, cuando se enfrentan a la realidad del desempleo, dicen que sólo surge por las rigideces impuestas por los gobiernos y por los sindicatos. En su mundo “ideal” sin ellas afirman que no habría desempleo.

Durante más de tres décadas, Phelps ha demostrado que hay un enfoque alternativo. Ha tratado de entender qué podemos hacer para reducir el desempleo y aumentar el bienestar de los de abajo. Pero también se ha esforzado en comprender qué es lo que hace dinámicas a las economías capitalistas, qué hay detrás del espíritu empresarial y qué podemos hacer para promoverlo más. La economía de Phelps sigue siendo de acción y no de resignación.

Pinochet, mucho peor que un simple dictador: el primer gobernante que puso en práctica el neoliberalismo, de Juan Torres López en Rebelión

Chile. El laboratorio del neoliberalismo

Se suele presentar a Pinochet como un dictador más de los tantos que han sembrado de muerte y desgracias la historia latinoamericana pero no conviene equivocarse.

El militar chileno, traidor a su gobierno legítimo, sanguinario desde joven y mentiroso siempre, fue, sobre todo, el instrumento necesario para poner en marcha y experimentar el proyecto neoliberal que los grandes centros del poder económico mundial diseñaban para recobrar las posiciones que les había hecho perder la gran crisis de los años sesenta y setenta.

El agotamiento del modelo económico y la fuerza que el pleno empleo había dado a las clases trabajadoras de los países occidentales minaba las tasas de beneficio, mientras que la presencia referencial de la antigua Unión Soviética mostraba al mundo entero que, por muy imperfecta que apareciese, había una alternativa efectiva al capitalismo.

A principios de los años setenta la situación se hizo especialmente problemática y desde Estados Unidos se comenzó a urdir una estrategia que se basaría en cuatro grandes procesos: una amplísima reconversión tecnológica (que lideraron las grandes empresas multinacionales), un sustancial cambio de coordenadas en la política económica (que planificó el equipo liberal del Presidente Nixon), una auténtica catarsis social mediante la generación planificada del desempleo (cuya otra cara sería la caída brutal de los salarios) y el endeudamiento generalizado (cuya contraparte sería una altísima retribución de los capitales gracias a los tipos de interés mucho más elevados) y una ofensiva ideológica y política (la “revolución conservadora”) que abanderarían Ronald Reagan, Margaret Tatcher y el Papa Juan Pablo II.

Pero ese plan, cuyas estrategias y contenidos fueron solidificando a lo largo de la década de los setenta, era intrínsecamente conflictivo. Entre otras cosas, suponía desactivar la resistencia sindical, silenciar las reivindicaciones obreras, poner en marcha novedosas formas de regulación económica a través de las privatizaciones y de la liberalización de la industria y los servicios, obtener recursos para financiar y apoyar el gasto que iba a suponer a las empresas la reconversión tecnológica para lo que había que desmantelar el Estado y el gasto público y social, cambiar el discurso del bienestar por el del individualismo, desarticular las instituciones de diálogo y coordinación internacional...

Era, en consecuencia, un proyecto complejo y difícil, arriesgado y de casi imposible implantación simultánea en todo el planeta. Para ponerlo en marcha con éxito convenía actuar preventivamente en tres frentes fundamentales.

En primer lugar, bloqueando o incluso eliminando el papel referencial de la Unión Soviética, lo que llevó a diseñar planes de desestabilización en los países socialistas más sensibles a la atracción occidental, como Polonia y, al mismo tiempo, a dar un acelerón en la carrera armamentista que liquidara las posibilidades de desarrollo de la ya por sí enferma economía soviética.

En segundo lugar, abortando cualquier otro experimento de cambio social, por muy tímido o reformista que fuese, como el que se estaba llevando a cabo en Chile bajo el mandato del Presidente Salvador Allende.

Finalmente, se hacía necesario experimentar, en la medida de lo posible, las medidas más radicales de la estrategia liberalizadora. Unas medidas que en aquel tiempo sólo sostenía una minoría exigua de los economistas teóricos y prácticos más renombrados y sobre cuyos resultados sociales y económicos cabían todavía muchas dudas. Ese era el caso, por ejemplo, de la privatización de los sistemas de pensiones públicas o de la reducción radical del gasto público, pasos imprescindibles para que el capital privado pasara a disponer de fondos y rentabilidad suficientes en la coyuntura que se avecinaba.

A lo largo de la década de los setenta se fueron urdiendo todos esos procesos que culminarían con la llegada de Tatcher y Reagan al poder y con la elección del cardenal polaco Karol Woijtyla como máximo dirigente de la Iglesia católica.

La coordinación entre ellos, las reuniones mantenidas en instituciones y foros diversos, la similitud de los discursos que se fueron fraguando gracias a sus intervenciones públicas y la coincidencia de las orientaciones estratégicas que proyectaban esos tres dirigentes mundiales son bien conocidas y han sido amplísimamente documentadas.

Pero como acabo de señalar, el éxito final de ese proceso no hubiese sido posible sin las experiencias previas, sin los ensayos y sin el ejercicio de desmovilización que se llevó a cabo, principalmente, en el Chile fascista de Pinochet.

Es precisamente por eso que el auténtico papel histórico de Pinochet no puede ser entendido solo en su lectura nacional o como mera expresión del militarismo cesarista que inspiró tantas dictaduras latinoamericanas, e incluso ni siquiera sólo en términos de representar, como en tantas otras, a los sectores más privilegiados y reaccionarios de su país frente a la experiencia progresista de la Unidad Popular.

El dictador chileno mostró bien pronto que no actuaba solamente como el típico matón cuartelero sino que su régimen respondía, sobre todo, a una doctrina y a un proyecto económicos novedosos.

Así, Pinochet fue el primer gobernante en poner en marcha procesos de liberalización y privatización y no es casualidad que contara desde el principio con la simpatía y el apoyo de los liberales más preclaros de su tiempo, como Hayeck o el recientemente fallecido Milton Friedman.

Hayeck fue entrevistado en 1981 por el diario chileno El Mercurio y sus declaraciones dejaban ver claramente la naturaleza experimental de la dictadura chilena y el beneplácito que le daban los intelectuales que estaban dando apoyo ideológico al proyecto de implantación del neoliberalismo: "Mi preferencia personal –dijo el Premio Nobel- se inclina a una dictadura liberal y no a un Gobierno democrático donde todo liberalismo esté ausente".

Por su parte, Milton Friedman había visitado mucho antes Chile donde fue recibido con “cálida hospitalidad” según sus palabras. El propio Pinochet le pidió consejo y Friedman le envió una larga y cariñosa carta de apoyo en la que, además de darle recomendaciones, le reconocía su papel de adalid del neoliberalismo: “Estoy conciente de que su gobierno ya ha dado pasos importantes y planea otros futuros en orden a reducir las barreras al comercio internacional y a liberalizarlo, y que, como resultado de ello, la ventaja competitiva real de Chile se refleja mejor en éste hoy que en las décadas pasadas (…)”. En otro momento, Friedman calificó el golpe de Estado como “no más que un bache en la ruta”, “un período de transición” para lograr un crecimiento económico sostenido.

La pretensión neoliberal de la dictadura ha sido reconocida ampliamente. Así lo hace, por ejemplo, Jesús Piñera, que fue primero Ministro de Minería (devolviendo a la propiedad privada este sector estratégico) y luego ministro del Trabajo y Previsión Social y como tal artífice de la privatización del sistema chileno de pensiones, una privatización ejemplar para los liberales y desastrosa para los trabajadores, algo hasta tal punto sabido que el propio Pinochet no la aplicó a los militares y policías. En su artículo Milton Friedman y sus recomendaciones a Chile lo dice claramente: “Las ideas de Milton Friedman fueron claves en la Refundación de Chile”.

Otro economista liberal de Chicago y una de las personalidades económicas más importantes de la administración norteamericana en los últimos decenios, George Shultz (al que significativamente se le ha llamado “el hombre del modelo chileno de fascismo”), también reconoció que detrás del golpe de Pinochet había todo una primicia del experimento neoliberal. En una entrevista con la televisión PBS el 2 de octubre del 2000, habló de la situación de Chile: “Las Fuerzas Armadas tomaron el poder, y no cabe duda que hicieron cosas innecesariamente brutales en el proceso; pero, no obstante, lo tomaron. . . Hubo una gente en Chile que vino a conocerse como los ‘Chicago Boys’; estudiaron economía en la Universidad de Chicago. . . Así, de forma gradual evolucionó en Chile una economía al estilo de la Escuela de Chicago. Y funcionó”.

El carácter precursor de lo que hizo Pinochet en Chile, no limitándose a establecer una dictadura al viejo uso en un país de la periferia sino experimentando el modo de civilización que se quería imponer más tarde a todo el mundo, fue lo que hizo que, a pesar de tener sus manos ensangrentadas y de ser un ladrón y un vil asesino, gozara del apoyo y la amistad de los principales gobernantes de su época, de Tatcher, de Reagan y, por supuesto, de la jerarquía católica que, con honrosas excepciones como las del cardenal Silva Henríquez, bendijo una y mil veces a la dictadura chilena.

El apoyo de Juan Pablo II y el Vaticano a Pinochet bien fue evidente. Durante la visita del Papa a Chile (y a diferencia de lo que el polaco solía hacer cuando se enfrentaba a teólogos de la liberación, dirigentes de la izquierda y políticos progresistas en general cuyas manos, sin embargo, nunca estuvieron llenas de la sangre que corría por las de Pinochet) no salió de su boca ni una sola palabra de condena de la dictadura ni de los continuos atentados contra los derechos humanos que de modo bien evidente se cometían en Chile. Siendo los crímenes de la dictadura harto evidentes, no cabe sino pensar que, con su silencio, Juan Pablo II los justificaba o legitimaba.

El teólogo católico Juan José Tamayo dice en su artículo Los hombres de Pinochet en el Vaticano que "la estrategia seguida por el Vaticano en el caso de Pinochet me parece ética y evangélicamente injustificable", y muy expresivamente expresa lo que entonces ocurría: "una dictadura apoya y legitima otra dictadura".

No se trata de hacer juicios de intenciones, ni tan siquiera es necesario interpretar la naturaleza del silencio papal ante los crímenes de la dictadura chilena pero sí hay que afirmar con toda rotundidad que Juan Pablo II fue cómplice de Pinochet en la misma medida en que ambos estaban comprometidos con un proyecto político evidente y en que ambos fueron operadores singulares de la puesta en marcha del neoliberalismo, uno como avanzadilla en Chile y otro en todo el mundo.

En definitiva, la historia política de Augusto Pinochet no es la de un dictador más de la periferia, sino la de un precursor del neoliberalismo. Y, por esa condición, legitimado, aplaudido y protegido por los mismos que más tarde lo pusieron en marcha en otros lugares.

Conviene saberlo y subrayarlo porque es imprescindible saber que el origen del neoliberalismo está lleno de sangre inocente, que es intrínsecamente contrario a la libertad y a la dignidad humanas, y que es desastroso en sus resultados económicos y sociales, como lo fue en Chile, en donde la economía y los beneficios crecieron pero con la mayor desigualdad de su historia, con la pobreza más elevada y con tremenda frustración social y personal.

No es casualidad, precisamente por eso, que la historia personal del propio dictador sea como la del neoliberalismo: mentirosa y corrupta. No es casualidad que el primer gobernante neoliberal fuese un dictador, un traidor a su patria y un ladrón de bienes públicos. Como no es casualidad que quienes tanto hablan de derechos humanos lo aplaudieran y protegieran, mostrando de esa forma la cínica forma de entender la justicia y el derecho del neoliberalismo.

Es una desgracia decirlo pero es algo que no podemos olvidar: desaparece Pinochet pero queda gran parte de su obra. Por eso lo respetan tanto y por eso lo protegieron en vida.

Pero sea como sea, al final de su vida quedó ya todo evidente. Supimos desde el principio que fue un traidor y un asesino; más tarde se descubrió que, además, fue un ladrón. Ahora van a saber quién fue hasta los mismísimos demonios. Nunca mejor dicho, porque será al infierno donde acuda si es que de verdad hay justicia eterna.

Juan Torres López es catedrático de Economía Aplicada en la Universidad de Málaga (España) y colaborador habitual de Rebelión. Su página web es www.juantorreslopez.com

Augusto Pinochet: epitafio para un tirano, de Mario Amorós en Rebelión

El general asesino y traidor falleció en el Día Internacional de los Derechos Humanos

En enero de 1978 un tribunal italiano condenó a un policía llamado Eugenio D’Alberto por proferir una “ofensa imperdonable” a sus superiores: les había llamado “Pinochet”. El juez dictaminó que este término era una “calificación injuriosa”, ya que les acusaba de ejercer el mando con “métodos de naturaleza autoritaria y represiva” (Azócar, Pablo: Pinochet, epitafio para un tirano. Cuarto Propio, Santiago de Chile, 1998). A su muerte, 33 años después del golpe de estado que le instaló de manera ilegítima y brutal en el poder, Pinochet es repudiado como uno de los símbolos universales de la cobardía y la traición e incluso en Chile ha perdido numerosos apoyos desde que se descubrió que, además de ser el máximo responsable de crueles y masivas violaciones de los derechos humanos, saqueó los fondos públicos en proporciones multimillonarias.

Sin embargo, en su “legado” hallamos las claves que nos explican la situación actual de Chile. Al adelantarse en más de un lustro a Margaret Thatcher y Ronald Reagan en la aplicación del proyecto neoliberal, la dictadura de Pinochet condenó a la miseria a amplias capas de la población: en 1990, al ceder el poder al presidente Patricio Aylwin tras perder el plebiscito de 1988, el 45% de la población vivía en condiciones miserables. Aún hoy, a pesar de la reducción de la extrema pobreza, Chile es uno de los países donde la brecha social es más acentuada y donde la indefensión de los trabajadores frente al poder económico es mayor, puesto que está vigente el Código del Trabajo de 1980. Asimismo, las transnacionales del cobre, la pesca y la madera depredan los principales recursos naturales del país en virtud de su alabada “apertura” económica y la educación y la sanidad públicas han sufrido las consecuencias del “tsunami” neoliberal.

Por otra parte, y a pesar de los notables avances derivados de su histórica detención en Londres el 16 de octubre de 1998, la impunidad continúa vigente, gracias esencialmente al decreto-ley de amnistía de 1978, y la inmensa mayoría de los asesinos y torturadores goza de plena libertad. Durante los tres lustros de la interminable transición chilena sólo 46 personas han sido juzgadas y condenadas en firme por las violaciones de los derechos humanos y de ellas 24 ya han recobrado la libertad porque recibieron penas muy livianas. Los tres gobiernos anteriores al actual de Michelle Bachelet promovieron la elaboración de tres informes sobre los crímenes de la dictadura, pero no procuraron que sus responsables fueran juzgados, al contrario se empeñaron y se empeñan en garantizar su impunidad, desde las exitosas gestiones para lograr el retorno del tirano de Londres a, por ejemplo, el indulto en 2005 de Manuel Contreras Donaire, uno de los asesinos del sindicalista Tucapel Jiménez en 1981, por el presidente Ricardo Lagos.

Además del modelo neoliberal y de la ominosa herencia de la impunidad, Pinochet lega unas Fuerzas Armadas con privilegios inadmisibles en un régimen democrático y, aunque algunos de ellos han sido anulados por reformas constitucionales, todavía se apropian del 10% de los beneficios de la venta del cobre (la gran riqueza del país) y conservan una capacidad de intervención en la escena política considerable. Tampoco hasta el momento los militares han admitido su grave responsabilidad en la destrucción de la democracia el 11 de septiembre de 1973 y en la masacre del movimiento popular que sostuvo al Gobierno constitucional del Presidente Salvador Allende. Porque, como sostiene el sociólogo Tomás Moulian, “no tienen conciencia del daño que causaron, creen que esos asesinatos fueron necesarios, creen que formaron parte de la guerra por la civilización, contra el marxismo, que era el mal”.

No obstante, Pinochet ha fallecido a los 91 años de manera muy diferente a la que soñó: salvado de sentarse en los tribunales por demente, abandonado por la mayor parte de sus fieles (desprovistos también del argumento de la supuesta “austeridad prusiana” del general), repudiado por la conciencia democrática de la humanidad y procesado en distintas causas judiciales por violaciones de los derechos humanos.

La dictadura que encabezó fue uno de los capítulos más oscuros y tenebrosos de la historia americana del siglo XX. Porque destruyó un esperanzador proceso de cambio social en democracia, porque refundó el país a partir de los dogmas neoliberales y porque de manera cruel masacró a miles de personas e institucionalizó la tortura, hasta el punto de que el 13 de noviembre de 1974 el tirano aseguró a los obispos Fernando Ariztía y Helmut Frenz en referencia al cura español Antonio Llidó, secuestrado por la Dirección de Inteligencia Nacional (DINA) el 1 de octubre y desaparecido tres semanas después: “Ése no es un sacerdote, es un marxista y a los marxistas hay que torturarles para que hablen. La tortura es necesaria para acabar con el comunismo”.

La geografía de la memoria histórica en Chile tiene al menos dos visitas inexcusables. Por una parte, el impresionante Memorial levantado en el Cementerio General de Santiago en recuerdo de las 3.197 personas oficialmente asesinadas o hechas desaparecer por la dictadura, con el nombre de Salvador Allende en el centro. Y por otra, Villa Grimaldi, un nombre que por sí solo condensa todo el indescriptible horror de la dictadura de Pinochet, un lugar donde cinco mil “prisioneros de guerra”, de la guerra que el tirano se inventó, fueron torturados de manera atroz y de donde al menos 226 personas fueron hechas desaparecer, probablemente al ser lanzados sus cuerpos al océano en helicópteros militares por agentes de la DINA.

Alejandra Holzapfel, una militante del Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR) que fue torturada y violada en Villa Grimaldi cuando tenía 19 años, que incluso fue ultrajada después con perros en otro centro de detención de la DINA, asegura, en una metáfora de la suerte del pueblo chileno, que ha podido reconstruir su vida: “Ahora los que fuimos vejados y maltratados estamos sanos, tenemos vidas y familias normales, tenemos hijos y nietos, trabajamos. Yo todavía no pierdo las esperanzas, creo que va a llegar un momento en que vamos a construir una sociedad más justa, más solidaria, llena de amor”.

Testimonios como éste y la lucha de la izquierda chilena por la construcción de una alternativa socialista al modelo neoliberal (impuesto por la dictadura y mantenido de manera acrítica por la Concertación) constituyen la auténtica derrota histórica de Pinochet y su legado.