La Coctelera

Categoría: Clarín

Luego del tsunami, la vida sigue en reconstrucción, de Bill Clinton en Clarín

Se cumplieron dos años desde que el tsunami del 26 de diciembre de 2004 llevó devastación y sufrimiento a las comunidades costeras del Océano «índico. Sus consecuencias fueron trágicas: más de 200.000 muertos, dos millones de personas desplazadas, 370.000 viviendas destruidas o dañadas, unos 8.000 kilómetros de costa devastados y 3.000 kilómetros de carreteras arruinados.

El tsunami también fue algo sin precedentes en lo relativo a la magnitud de la respuesta de los donantes, los gobiernos afectados y sus ciudadanos. Los que se quedaron sin hogar recibieron refugio; se alimentó a quienes tenían hambre; se evitaron las enfermedades y en el transcurso de los últimos veintidós meses se logró una importante recuperación. Se reconstruyeron o repararon casi 150.000 viviendas y hay 80.000 más en reconstrucción. Se construyeron más de 1.600 escuelas y centros de salud. Gran número de turistas vuelve a vi sitar la región y el índice de crecimiento económico experimentó un notable aumento.

Al mismo tiempo, las tareas pendientes son de importancia, tanto por su magnitud como por los costos. Todavía quedan 200.000 viviendas por reconstruir o refaccionar. En la provincia indonesa de Aceh, sobre todo, los desafíos de rehabilitar la infraestructura e impulsar el desarrollo económico siguen siendo muy grandes. Resulta alentador que tantos donantes hayan persistido, lo que hizo que las promesas de alrededor de 13.000 millones de dólares se convirtieran en unos 11.000 millones de dólares concretos destinados a proyectos vitales.

Acabo de realizar mi tercer y último viaje a la región afectada como enviado especial del secretario general de la ONU para la recuperación tras el tsunami. En India, Tailandia e Indonesia comprobé una vez más la fuerza que tiene el espíritu humano, así como la decisión de construir un futuro mejor.

Mañana concluye el mandato que me confió el secretario general y mis responsabilidades se transferirán a las Naciones Unidas, el Banco Mundial y otras instituciones. Dado que el trabajo continúa, considero que cuatro enseñanzas derivadas de la reconstrucción luego del tsunami contribuirán al manejo de futuros desastres naturales.

En primer lugar, tenemos que mejorar en lo que respecta al manejo del riesgo. El cambio climático y la conducta humana producirán más catástrofes naturales devastadoras en el futuro. La buena noticia es que los funcionarios de los países a los que afectó el tsunami avanzaron en lo relativo a un sistema regional de advertencia precoz, a legislación de prevención de desastres naturales, a entrenamiento de personal de reacción rápida y a educación pública.

Sin embargo, el financiamiento de la prevención es mucho más difícil de conseguir que el destinado a asistencia después de una catástrofe. Los donantes y los gobiernos de los países en riesgo deben invertir más dinero para garantizar que los sistemas de advertencia precoz lleguen a las comunidades costeras, que se desarrollen e instrumenten códigos de construcción segura y que se hagan evacuaciones.

En segundo término, tenemos que impulsar prácticas de recuperación que impulsen la equidad y contribuyan a revertir el subdesarrollo. En el Distrito Cuddalore de India, por ejemplo, los funcionarios trabajaron con organizaciones no gubernamentales a los efectos de extender el programa de viviendas posterior al tsunami de modo tal que comprendiera hogares nuevos para los dalits y los integrantes de otras comunidades pobres. Muchas de esas personas no perdieron bienes como consecuencia del tsunami, sino que ya vivían en condiciones paupérrimas. Las autoridades de Aceh analizan soluciones similares para ex ocupantes ilegales e inquilinos que no eran propietarios de la vivienda que perdieron en el tsunami.

En tercer lugar, debemos reconocer que la paz resulta imprescindible para todo proceso de recuperación. En Aceh, los grupos en conflicto hicieron a un lado sus diferencias y crearon un entorno positivo para la reconstrucción. Lamentablemente, el tsunami no tuvo un impacto de reconciliación similar en Sri Lanka, donde la recuperación seguirá estancada hasta que las partes reanuden un diálogo serio y restablezcan un cese del fuego.

Por último, tenemos que hacer más por respaldar el talento de los emprendedores locales y las empresas establecidas, tanto nacionales como extranjeras, en lo que respecta a impulsar la economía. Compañías estadounidenses y del mundo entero contribuyeron con generosidad a los esfuerzos de reconstrucción luego del tsunami, pero tenemos que hacer más para que los filántropos se conviertan en inversores y en proveedores de acceso a nuevos mercados.

Hace dos años, millones de personas de todo el mundo respondieron generosamente ante una tragedia de dimensiones históricas. El desafío que tenemos ante nosotros es el de sostener la recuperación, usar las lecciones que aprendimos para mejorar cada vez más nuestra respuesta y reaccionar ante futuras catástrofes. Esa será la forma más adecuada de honrar la memoria de los centenares de miles que murieron como consecuencia del tsunami y de alentar a los millones que sobrevivieron y están reconstruyendo su vida.

Bill Clinton. EX PRESIDENTE DE LOS ESTADOS UNIDOS.

Copyright Clarín y Los Angeles Times, 2006. Traducción de Joaquín Ibarburu.

Colombia recupera por fin la seguridad, de Jaime Bermúdez Merizalde en Clarín

Con gran esfuerzo, el país busca erradicar la droga y el terrorismo. La comunidad internacional debe comprometerse con ese objetivo clave.

Cada país tiene sus particularidades. Y en Colombia, la coexistencia de grupos guerrilleros y paramilitares ha marcado una época de terror. Para un observador desprevenido es natural preguntarse por qué subsisten estos grupos aún hoy.

Hay dos explicaciones. La primera, por la ausencia y debilidad del Estado durante décadas en muchas regiones del país. La segunda, por el negocio de la droga. En los últimos cuarenta años, al tiempo que Colombia se modernizaba en estándares urbanos, educativos y de calidad de vida, no se fortaleció la administración de justicia, la fuerza pública no hizo presencia en amplios sectores del territorio y el narcotráfico se transformó en una industria que generaba recursos para financiar la ilegalidad.

De esa forma, la droga se convirtió en el combustible que alimentaría el terror. Actualmente se estima que las FARC reciben ingresos por 2 billones de dólares anuales gracias al narconegocio. Se trata del mayor cartel de narcotráfico.

Algunos pensaron de manera equivocada que, ante la debilidad del Estado y la falta de seguridad, había que buscar protección por su propia cuenta. Surgen así los grupos paramilitares que, a la postre, se convirtieron en grupos igualmente involucrados en actos de terrorismo, financiados e inmersos en el negocio de la droga. La solución aparente multiplicó la gravedad del problema.

Ese panorama viene cambiando significativamente. El liderazgo del presidente Uribe y su política de seguridad democrática han revertido de forma audaz la tendencia de crecimiento de estos grupos ilegales. En los últimos cuatro años se ha reducido en más de un 40% el área de coca cultivada, gracias a los programas de fumigación y de erradicación manual. Se han desmovilizado más de 30.000 paramilitares, como consecuencia del proceso de negociación, y cerca de 10.000 guerrilleros, fruto de la actividad de la fuerza pública y los programas de reinserción. Esto viene acompañado de importantes resultados en la reducción de homicidios (40%), secuestros (65%) y masacres (50%).

El efecto inmediato de la recuperación de la seguridad fue la reactivación de la confianza en el país. Los resultados se hicieron visibles: la economía viene creciendo en promedio a tasas superiores a las registradas en los últimos 20 años; la inversión aumentó en un 356% desde 2002; las exportaciones no tradicionales se duplicaron; el desempleo bajó cerca de 7 puntos. Entre 2002 y 2006, la pobreza se redujo en 9 puntos, luego de venir creciendo en años anteriores.

Pero la tarea no ha terminado. Colombia necesita erradicar del todo el flagelo de la droga y del terrorismo. Nuestra nación ha pagado un precio enorme en esa lucha, pero ha dado muestras contundentes de asumir ese reto.

Se trata de un esfuerzo en el cual el país debe contar con el respaldo pleno de la comunidad internacional. La paz de Colombia redunda en la región. Muchos países del mundo en donde se consume droga o sirven como puentes para el negocio tienen un compromiso histórico: asumir la responsabilidad compartida frente a este flagelo y cooperar para su eliminación total.

Muchos vaivenes en el conflicto con Uruguay, pero aún ninguna solución, de Eduardo van der Kooy en Clarín

PRESION SOBRE LA PASTERA FINLANDESA PARA QUE ACEPTE NEGOCIAR

El Gobierno argentino cree que la planta de Botnia es un hecho consumado.

Hay un cambio tenue pero perceptible en el Gobierno sobre el conflicto con Uruguay. Dos de las tres principales voces del poder han admitido, con más y con menos, que la existencia de la planta pastera de Botnia en Fray Bentos es un hecho consumado. Lo dijo en público, la semana pasada, Alberto Fernández, el jefe de Gabinete. Lo murmura en privado, delante de diferentes interlocutores, Néstor Kirchner. Sobre esa realidad —no sobre otra— el Presidente estaría trazando sus próximos pasos.

¿Cuáles? No insistiría con la idea de la relocalización, como ocurrió con la española ENCE, porque ese plan ha quedado fuera de tiempo y de espacio. El 70% de las obras civiles de Botnia ya están realizadas. Las instalaciones productivas orillan el 25%. ¿Cómo volver? El gobierno de Tabaré Vázquez ha demostrado demasiadas veces su esterilidad para tratar con la empresa finlandesa. El gobierno argentino no tiene en ese ámbito ninguna llegada. Tampoco con la administración de Helsinki.

Ese trabajo ingrato corresponde a Juan Yañez Barnuevo, el delegado del rey Juan Carlos. La mano la suele tender el canciller Miguel Angel Moratinos. Pero Hel sinki, por muchas razones, no es Madrid. José Luis Rodríguez Zapatero habló con ENCE todas las veces que pudo para desactivar una de las piezas del conflicto. La pastera de España acaba de hacer un buen negocio: quedó como permeable a la resolución de un duro pleito bilateral en la región; su actitud mejoró muchísimo las consideraciones de los analistas y la futura financiación; su cotización en Bolsa se disparó en las últimas semanas; el proyecto, en la nueva radicación, apuntará a la producción de un millón de toneladas de pasta de papel de eucaliptus convirtiéndose de ese modo en líder mundial.

Con Botnia no ocurre lo mismo. Las intensas gestiones de Yañez Barnuevo y Moratinos enfilan hacia un objetivo: que la empresa acepte sentarse a una mesa de negociaciones. No para levantar su planta sino para ayudar a encontrar a Kirchner y Tabaré alguna fórmula que les permita salir del atolladero con dignidad política. ¿Existe esa fórmula? Los españoles suponen que sí. El Gobierno argentino estima que también. Hay menos certeza sobre Uruguay. Dos sogas penden sobre el cuello del mandatario oriental: la denuncia del Tratado de Protección de Inversiones que podría hacer Finlandia si Botnia cree burlados sus derechos; el acecho de una oposición que martiriza a Tabaré cuando se insinúa cualquier negociación.

Kirchner habló de la posibilidad de una solución técnica. La única viable sería la construcción de un conducto que arrojaría los efluentes de la planta 30 kms al sur de Fray Bentos. Con esa alternativa circulan además Yañes Barnuevo y Moratinos. La única voz oficial en Uruguay que mencionó el tema hace poco fue el ministro de Agricultura, José Mujica. Pero debería existir alguna compensación para los asambleístas de Gualeguaychú que se sienten ahora en el vestíbulo del infierno. Una compensación sería algo que favorezca los planes de desarrollo turístico de la ciudad que está a la vera del Río Uruguay. Nada de todo eso sería posible sin la venia de Botnia.

Tabaré no habla sobre Botnia y Kirchner no habla de los asambleístas. El Presidente argentino sabe que la mejor solución dejará disconformes y no callará todas las protestas. Pero si aquella fórmula de solución alumbrara dispondría de una carta más para disolver a los rebeldes. Los asambleístas parecen definitivamente divididos entre aquellos que propugnan matar o morir y quienes tienen oídos abiertos a alguna solución. La intransigencia extrema los desgasta y los aísla. Encuestas que maneja el gobernador Jorge Busti y que han llegado a las manos de Kirchner describen esta realidad: el 80% de los entrerrianos quiere garantías de que el medio ambiente y las aguas no serán contaminadas; pero sólo el 20% apoya el bloqueo de los pasos fronterizos.

En aquella discordia social se ha colado además la política electoral y doméstica. Entre Ríos celebrará sus elecciones en marzo. Busti respalda para gobernador a Sergio Uribarri, con el Frente Justicialista para la Victoria. La oposición encaramó a Emilio Martínez Garbino que cuenta con el sostén del intendente de Gualeguychú, Daniel Yrigoyen. El funcionario, un protegido de Oscar Parrilli, secretario general de la Presidencia, acaba de ser procesado y sus cuentas embargadas por un desfalco en la Tesorería. Ambos tuvieron influencia en la actitud de los asambleístas. Yrigoyen acusa a Busti por aquella decisión de la Justicia. Para añadir confusión, la Casa Rosada dio luz verde a un tercer aspirante, Julio Solanas, intendente de Paraná.

nobo@clarin.com

Los latinoamericanos decidieron exigir cambios, de Ricardo Lagos en Clarín

Este ha sido un año electoral en la región. Hombres y mujeres de un continente donde aún hay 210 millones viviendo en la pobreza usaron la herramienta del voto para marcar su descontento por tantas demandas insatisfechas.

Cuidado, habría que decir frente a ciertas interpretaciones sobre el reciente período electoral vivido en América latina. La lectura que sólo clasifica los resultados en pertenencias a la izquierda o a la derecha desdibuja los matices.

Pero, además, deja atrás el análisis de las conductas políticas y el trasfondo de esperanzas desde el cual se han movido los ciudadanos.

Desde el punto de vista económico, 2006 ha sido un buen año para América latina. En efecto, con un crecimiento promedio superior a 5%, 2006 junto al 2005 y 2004, representan el crecimiento más alto y permanente de la región en los últimos 25 años. Sin embargo, este crecimiento no se expresa por igual para todos. Y eso la gente lo siente.

Tienen razón al pensar: si hay más democracia, hay más oportunidad de levantar la voz para pedir gobiernos que funcionen. Cuando vemos la evolución del año político, donde 13 jefes de Estado fueron elegidos en poco más de un año, podemos constatar una fuerte insatisfacción.

Todo indica que los latinoamericanos han decidido exigir cambios, nuevas políticas y nuevas ideas concurriendo masivamente a las urnas. En todas las elecciones hubo un récord de participación ciudadana.

¿Qué están buscando todos esos hombres y mujeres de un continente donde aún hay 210 millones viviendo en la pobreza o la indigencia? Esencialmente, quieren respuestas para sus urgencias y demandas sociales. Detrás de la oportunidad magnífica e igualitaria de emitir su voto, está la convicción de que la democracia es el instrumento para que ellos, los más desposeídos, sean escuchados a través de políticas públicas efectivas.

En ese contexto, suena como una simplificación decir que este continente se corre hacia la izquierda. Algunos gobiernos, al ser percibidos como buenos ejecutores en políticas capaces de avanzar frente a los problemas sociales, han sido reelectos por mayorías holgadas. En otros casos, hemos tenido un cambio de signo, una decisión conducente a otra ruta para enfrentar los desafíos pendientes. Así, el cambio se inscribe —más que en una opción ideológica— en un rechazo a la incapacidad registrada y se exige que otros hagan lo que el gobernante saliente no ha sido capaz de hacer.

El segundo elemento importante en las recientes elecciones de América latina, además de la participación, es la polarización registrada en la mayoría de sus sociedades, lo cual llama a la tarea de construir consensos básicos tras la legítima confrontación electoral. Ello no es fácil entre nosotros, pero es esencial entrar en ciertas prácticas desde las cuales se aborden las tareas de una agenda social pendiente.

Es cierto que la polarización no es exclusiva de América latina; miremos lo que han sido las recientes elecciones parlamentarias en los Estados Unidos o los enfrentamientos tan fuertes en Italia entre Prodi y Berlusconi. Pero también debemos ver cómo en sociedades más avanzadas, ante la evidencia de escenarios políticos dominados por dos grandes polos de liderazgo político, se abren a los entendimientos mayores para abordar con fuerza política aquellos temas sociales pendientes e ineludibles.

Es el caso de la gran coalición alemana encabezada por la canciller Merkel. Todo indica que un ejemplo como ése está muy lejos de la forma como en América latina estamos entendiendo la manera de hacer política, pero es necesario preguntarse si no son esas prácticas las más deseadas por los ciudadanos cuando miran sus necesidades.

Y en esta perspectiva también es necesario escuchar aquello que ha dicho la sociedad tras ciertos candidatos no elegidos. Es cierto, en democracia gana el que tiene más votos. Pero también es cierto que tras apagarse los discursos y dejar atrás los resultados, hay una emocionalidad política que queda. Y allí pueden estar muy claras las expresiones de un descontento profundo. Muchos no fueron elegidos, pero eso no significa que el mensaje enviado a través de la expresión popular que los respaldó se haya extinguido. Saber entender esos signos no sólo es tarea de gobernantes avezados, sino también de partidos políticos con capacidad de colocarse a la altura de los liderazgos emergentes en la región.

Cuando no hay respuestas, se busca el rápido cambio de los gobiernos desde la presión en la calle.

Pero hay otra forma de protesta, aún más dramática, desbordante y dolorosa: irse del país donde se nació. La migración es, en gran medida, la expresión del fracaso de sociedades donde no se ha podido tener respuestas a las demandas de los suyos. Este se convirtió en tema hemisférico y será uno de los temas candentes en la agenda de Estados Unidos y América latina en 2007.

Por ello, la agenda del 2007 nos llama a hacer que la democracia funcione. Y ello significa expandir los beneficios del crecimiento hacia todos los sectores, impulsar una agenda social capaz de disminuir la polarización de nuestras sociedades, reducir el nivel de nuestros enfrentamientos y mitigar las migraciones. Y al mismo tiempo, mejorar las posibilidades de integración en América latina.

¿Agenda imposible? Que alguien mencione que otra existe si queremos mantener la cohesión en nuestros países y tener más fortaleza para el diálogo con un mundo global.

Ricardo Lagos. EX PRESIDENTE DE CHILE.

Copyright Clarín y Ricardo Lagos, 2006.

Universidad: asegurar calidad es hablar de plata, de Timothy Garton Ash en Clarín

Sentado con mis colegas en la dorada incomodidad del Sheldonian Theatre de Oxford para debatir el futuro gobierno de la universidad más antigua de Inglaterra, pensé en aquella frase de G. K. Chesterton: la tradición es la democracia de los muertos.

Un profesor observó que Oxford es una "cooperativa de trabajadores" desde hace 800 años, y esa cifra tan redonda de los 800 años siguió apareciendo sin cesar en el debate de la Congregación, el parlamento soberano de la universidad. Los que se oponían a las propuestas de incluir personas ajenas a la universidad en las estructuras de gobierno lo hicieron en nombre de la autonomía universitaria y la libertad académica; los defensores de la reforma propuesta citaron las normas actuales sobre el control externo y la transparencia de las instituciones que reciben dinero público y donaciones benéficas. Ganaron los que se oponían a la reforma, pero la decisión puede someterse ahora al voto por correo de los más de 3.700 miembros del parlamento de la universidad.

Los aspectos organizativos que se están discutiendo son complicados, pero el tema del debate de Oxford está claro. Se trata de saber si Europa contará dentro de 20 años con universidades que sean centros de investigación de categoría mundial. Por ahora, Oxford y Cambridge son las únicas universidades europeas que figuran entre la 10 mejores del mundo en todas las clasificaciones, normalmente dominadas por las de Estados Unidos.

Si las cosas siguen como hasta ahora, Oxford y Cambridge quedarán rezagadas. El poder blando de la belleza, el mito y la rica tradición intelectual sólo puede servir hasta cierto punto de contrapeso al poder duro de más gasto, mejor organización y más innovación.

Mi vida académica se desarrolla a caballo entre Oxford y Stanford, y veo el contraste cada vez que cruzo el Atlántico. Cuando estuve en Stanford este año, la universidad estaba dando los últimos toques a una nueva campaña para recaudar 4.300 millones de dólares de aquí a finales de 2011, de los que tiene ya prometidos casi 2.200 millones. Stanford cuenta ya con una dotación que es aproximadamente el doble de la de Oxford. Las tasas de matrícula equivalen, término medio, a unas cinco veces las de Oxford, que calcula que pierde unas 5.000 libras por estudiante a causa del límite que fija el gobierno a lo que puede cobrar.

Oxford sigue teniendo muchas ventajas: entre otras, una tradición intelectual característica, un estilo común de pensamiento y debate —preciso, empírico, escéptico, irónico— que quedó patente en la discusión del Sheldonian. Sin embargo, hoy en día, en Oxford, los profesores tienen que dedicar gran parte de su tiempo a procedimientos burocráticos y a preocuparse por el dinero.

En Stanford pasan mucho menos tiempo hablando de dinero, porque tienen más. También veo que las grandes universidades de EE.UU. —tanto públicas como privadas, lo mismo Berkeley que Stanford— tienen mucha más seguridad en sí mismas y descuentan que cumplen un papel vital en el desarrollo de sus sociedades.

El problema es más amplio. Gran Bretaña, como Francia y Alemania, dedica sólo el 1,1 % de su producto bruto interno a la educación de tercer ciclo. Estados Unidos dedica el 2,6 %; 1,4 % de origen privado y 1,2 % de origen público. Es decir, el gasto público de Estados Unidos en educación es mayor que el gasto británico público y privado combinado.

Europa habla sin cesar de una "economía basada en el conocimiento", pero Estados Unidos lo lleva a la práctica. Y detrás le siguen las economías asiáticas.

¿Qué se puede hacer? Una opción sería que los contribuyentes europeos pagaran mucho más por sus principales universidades nacionales; hay tantas probabilidades de ello como de que el Coliseo romano se traslade a Nottingham. Otra alternativa sería que Europa pusiera en común sus recursos. Se ha hecho, con resultados magníficos, en los laboratorios de la física de partículas del CERN, cuna de Internet. Pero no puedo imaginarme a ninguno de los grandes países europeos aceptando, por ejemplo, que el único departamento verdaderamente importante de historia esté en Francia y que, a cambio, el único departamento de geografía de categoría mundial esté en Alemania.

La tercera opción es hacia la que se encamina Oxford con su habitual paso de cangrejo: un modelo que combine la financiación pública y la privada, sin copiar servilmente a las grandes universidades estadounidenses, que también tienen sus defectos, pero sí adoptando algunas de sus fórmulas.

En el caso de Oxford, podríamos hacer varias cosas estrechamente relacionadas. Tendríamos que mejorar nuestros métodos para recaudar fondos. Según Sir Peter Lampl, un filántropo que ha estudiado el tema, Oxford recibe dinero de menos del 10 % de sus antiguos alumnos, mientras que Princeton, de más del 60 %. Es absurdo y es fundamentalmente culpa nuestra. aunque tampoco vendrían mal unos retoques a la ley fiscal sobre donaciones.

Ojalá consigamos este propósito de largo plazo: ser menos dependientes del Estado y más capaces de mantener la calidad académica y la independencia gracias a nuestros propios recursos y a nuestra tradición.

Timothy Garton Ash. HISTORIADOR, UNIVERSIDAD DE OXFORD.

Copyright Clarín y Timothy Garton Ash, 2006.

Irán-EE.UU.: nadie habla, todos prefieren no escuchar, de Oscar Raúl Cardoso en Clarín

Si la escalada militar ocurre, será el costo desmesurado de no haber podido entablar nunca una seria negociación política.

Ahora que el Consejo de Seguridad de la ONU se apresta a aplicar sanciones a Irán, que su teocracia seguramente interpretará como otra "agresión" occidental, y que más naves de guerra —estadounidenses e inglesas— arribarán en enero a aguas internacionales cercanas a aquel país, la idea de una escalada que lleve a un nuevo conflicto militar en el Asia está otra vez sobre la mesa, luciendo saludable.

Los observadores más optimistas creyeron que la degradación de la situación en Irak —acentuada en 2006— y el agotamiento del favor público en Estados Unidos para con los manejos internacionales de George W. Bush habían sacado de pista esa opción. Pero en Washington todo presidente, aun uno en condición de "pato políticamente cojo" como Bush, tiene en materia de paz y de guerra un amplio margen de maniobra para huir hacia adelante en encrucijadas como la iraquí. Un antecedente relevante de esto es el que ofreció Lyndon Jonson en los 60 cuando decidió suicidarse políticamente en Vietnam —ampliando el compromiso militar de su país en el sudeste asiático— y llevándose consigo una agenda de transformación doméstica que podría haberlo tenido hoy en un lugar de referencia como los que ocupan Franklin D. Roosevelt y John F. Kennedy entre los próceres demócratas.

Hay más antecedentes relevantes —y olvidados— del curso de acontecimientos alrededor de Irán y su programa nuclear. En 2003, muy poco después de la caída de Bagdad, un facsímil de asombroso contenido arribó a una dependencia de Estado, transmitido desde Suiza —Berna es el canal por el cual los iraníes mantienen contacto con Estados Unidos, desde que ambos países rompieran relaciones en 1979—, cuyo gobierno autenticaba el contenido. La oferta tenía el respaldo del presidente iraní de entonces, el moderado Mohammad Khatami, y del principal líder religioso, el ayatolá Ali Khamenei.

Era una propuesta iraní para realizar una negociación amplia con Washington que incluía casi todos los temas que hoy forman parte de la lista de regalos iraníes que Bush no recibirá estas navidades de Teherán. El documento proponía acordar el control internacional antiproliferación sobre el programa nuclear iraní -que aún no enriquecía uranio—, tomar "acción decisiva" conjunta para combatir el terrorismo, cooperar en la estabilización de Irak, detener la ayuda de Irán a la resistencia armada palestina a la ocupación israelí y, aún más sorprendente, aceptar una fórmula pacificadora saudita de breve vida que incluía un reconocimiento explícito del Estado de Israel y de su derecho a existir.

Las demandas de contrapartida no eran irracionales. Los iraníes querían seguridades sobre el respeto a su soberanía política (esto es, seguridad de que Estados Unidos no persistiría en el intento de desestabilizar su régimen), acceso a tecnología nuclear pacífica bajo salvaguardias y una interrupción de las sanciones internacionales que ahora pueden aumentar.

El documento, citado frecuentemente desde entonces pero sólo recientemente obtenido por fuentes académicas independientes, no sobrevivió ni unas horas en una administración aún absorta en su triunfo militar convencional y en la ilusión del agradecimiento cercano del pueblo iraquí a sus "libertadores" por la invasión que estaban soportando. El consenso de la administración Bush de entonces, recordó recientemente Flynt Leverett (un ex analista de la CIA convertido en crítico de Bush y de sus políticas), era que el gobierno iraní estaba muy debilitado y que casi cualquier acción agresiva, abierta o encubierta de Estados Unidos lo arrastraría en caída libre. Los soldados estadounidenses nunca conocieron las mieles de la veneración popular iraquí y Khatami, el sensato, no sólo siguió gobernando sino que dio paso a su actual sucesor, Mahmoud Ahmadinejad, un nacionalista de corte populista que se ha emplazado tan lejos de aquel facsímil como para emplear como arma propagandística la negación del Holocausto.

No sólo eso. Desde aquella propuesta Irán ha avanzado en la centrifugación de material atómico, ha enriquecido uranio y —merced a las divisas que le ha traído el crecimiento de los precios internacionales del petróleo— está hoy en mejores condiciones que entonces de hacer frente a un conflicto de armas. El momento se ha perdido: los observadores coinciden en que aquella propuesta iraní fue una ampliación del síndrome que en 2001 llevó a Teherán a cooperar con Washington en la provisión de inteligencia sobre Afganistán. En 2003 los iraníes no salían de un asombro alarmado por la rapidez con que la fuerza invasora —estadounidense en su grueso— había derrotado a los ejércitos de Saddam Hussein, con los que ellos habían batallado sin éxito durante ocho años de la década del 80. Las fuerzas militares de Washington, atrapadas hoy en una interminable batalla contrainsurgente que está degenerando en una guerra civil entre musulmanes sunnitas y chiítas no parecen hoy tan impresionantes. La ausencia siquiera de unas pocas ideas claras en la conducción política hace que esas mismas tropas aparezcan increíblemente huérfanas a pesar de su innegable poderío material.

Conviene detenerse un instante entre quienes desestiman, aun hoy, aquella oportunidad perdida. No tiene sentido derramar lágrimas sobre aquella leche racional derramada porque Irán nunca —entonces, ahora— tuvo la intención real de negociar nada, ni qué hablar de un reconocimiento a Israel. Se aplicaría en este caso la misma lógica que la administración Bush guarda para con Siria; con Damasco no hay nada que hablar porque no escucha nada.

Aun sin entrar a debatir la verdad de estas premisas, cabe señalar que remiten a un universo de ucronía, uno de historia que —sencillamente— no fue. Como nunca se ensayó un diálogo serio con Irán (ni con Siria) es imposible decir con certeza cuál hubiese sido su resultado. En todo caso es bueno saber que hubo —y quizá haya aún— otra vía de cara a la escalada que se insinúa.

ocardoso@clarin.com

Copyright Clarín, 2006.

La mejor idea es la sociedad abierta, de George Soros en Clarín

DEBATE

La Unión Europea no puede reemplazar a Estados Unidos en el liderazgo global. Pero, aun con sus déficit, es el mejor ejemplo de sociedad capaz de procesar diferencias e incertidumbres y convivir en paz.

Europa está en busca de su identidad. Creo que es fácil de encontrar: la Unión Europea encarna el principio de una sociedad abierta, que podría servir como fuerza para una sociedad abierta global. Permítanme explicar a qué me refiero.

El primero en utilizar el concepto de una sociedad abierta fue el filósofo francés Henri Bergson en su libro Las dos fuentes de la moral y la religión. Una fuente, según Bergson, es tribal y conduce a una sociedad cerrada cuyos miembros sienten afinidad entre sí, pero temor u hostilidad hacia los demás. La otra fuente es universal y lleva a una sociedad abierta guiada por los derechos humanos universales que protegen y promueven la libertad del individuo.

Karl Popper modificó este esquema en su libro seminal La sociedad abierta y sus enemigos, publicado en 1944. Popper señalaba que las ideologías abstractas y universales como el comunismo y el fascismo pueden poner en peligro a una sociedad abierta. Como la pretensión de estas ideologías de poseer la verdad absoluta está destinada a ser falsa, sólo pueden ser impuestas mediante la represión y la compulsión. En cambio, una sociedad abierta acepta la incertidumbre y establece leyes e instituciones que le permiten a la gente con opiniones e intereses divergentes convivir en paz.

La UE encarna los principios de una sociedad abierta hasta un punto notable. Si bien sus principios guía no quedaron plasmados en una Constitución, hasta esto puede ser apropiado en el caso de una sociedad abierta porque, como sostenía Popper, nuestra comprensión imperfecta no permite definiciones permanentes y eternamente válidas de los acuerdos sociales.

La UE nació mediante un proceso de ingeniería social gradual —el método que Popper consideraba apropiado para una sociedad abierta—, dirigido por una elite perspicaz y con fines determinados que reconocía que la perfección es inalcanzable. Procedió paso a paso, estableciendo objetivos limitados con cronogramas limitados y sabiendo que cada paso resultaría inadecuado y exigiría un paso más.

El enfoque del paso a paso se frenó con la derrota de la Constitución europea. La UE ha quedado en una posición insostenible, con una membresía ampliada de 27 estados y una estructura reguladora diseñada para seis.

El desorden dentro de la UE es parte de una agitación global más amplia. EE.UU. solía ser la potencia dominante y marcaba la agenda para el mundo. Pero la guerra contra el terrorismo de Bush socavó los principios básicos de la democracia norteamericana. Socavó el proceso crítico que está en el corazón de una sociedad abierta al considerar antipatriota cualquier crítica. La guerra contra el terrorismo fue contraproducente. Aumentó la amenaza terrorista al crear víctimas inocentes y derivó en una caída precipitada del poder y la influencia norteamericanos.

La UE no puede ocupar el lugar de EE.UU. como líder del mundo. Pero sí puede marcar el ejemplo, tanto dentro de sus fronteras como más allá. La perspectiva de ser miembro de la UE ha sido la herramienta más poderosa para convertir a los países candidatos en sociedades abiertas. Si bien la mayoría de sus ciudadanos no lo perciben así, la UE funciona como un ejemplo inspirador. Y esto significa que la UE precisa una política exterior común. Esta es la única parte de la Constitución europea que debe rescatarse con premura. Mientras tanto, no debería permitirse que la falta de una reforma institucional sirva como excusa para la inacción.

La UE ya cuenta con amplios recursos como para tener impacto en la escena mundial: la mitad de la asistencia mundial para el desarrollo en el exterior; el mayor mercado único en el mundo; 45.000 diplomáticos; la utilización del comercio y la ayuda como catalizadores para alentar a los estados vecinos a convertirse en sociedades abiertas.

Cuando Europa haya adoptado una política común habrá logrado persuadir a otros, entre ellos EE.UU., de cambiar sus posturas. Pero con demasiada frecuencia la UE no está a la altura de su potencial. Por ejemplo, Europa hizo pocos progresos a la hora de formular una política energética común. Como resultado, cada vez depende más de Rusia. Más, el trato que la UE da a Turquía está empujando a un aliado importante en la dirección equivocada. También se están gestando problemas en algunos de los países miembro recientemente admitidos, como Hungría y Polonia, donde la UE podría ejercer un papel más activo para promover la estabilidad política.

De más está decir que una política exterior común no debería ser antinorteamericana. Una postura de este tipo sería contraproducente, porque reforzaría la división de la comunidad internacional que inició la Administración Bush. Pero la UE puede marcar un ejemplo de cooperación internacional que EE.UU., bajo un liderazgo diferente, terminaría emulando.

Copyright Clarín y La Vanguardia, 2006.

George Soros. EMPRESARIO, PRESIDENTE DE SOROS FUND MANAGEMENT Y DEL INSTITUTO PARA LAS SOCIEDADES ABIERTAS.

EE.UU.: la vieja guardia, llamada a "poner orden", de Oscar Raúl Cardoso en Clarín

PANORAMA INTERNACIONAL

George W. Bush convoca a republicanos conservadores más moderados y experimentados para que lo ayuden a salir del entuerto de Irak.

Maureen Dawd, columnista de estilo irónico, lo describió así en The New York Times pocas horas después de la derrota republicana en los comicios de noviembre pasado: "Los Bush le prestaron a Dubya la Presidencia para que jugara, pero ahora que la rompió hay que enviarle a los mayores para evitar que la destroce". Dubya es el sobrenombre (remedo de la pronunciación sureña de la inicial de mitad de su nombre) de George W. Bush.

Dawd pensaba en Robert Gates —un cercano colaborador de Bush padre— elegido en esas horas para reemplazar en el Departamento de Defensa al desacreditado Donald P. Rumsfeld.

Algo de razón tenía; en la reciente audiencia de confirmación en el Senado, Gates respondió con un inapelable "no" a la pregunta "¿Estamos ganando la guerra en Irak?", una de las bofetadas más sonoras que el actual presidente ha recibido por refugiarse en una versión irreal de lo que sucede en el Golfo Pérsico.

Pero no sería ésa la última reprimenda en provenir de "los mayores". Esta semana otro de los hombres cercanos a Bush padre, James Baker III, quien fuera su secretario de Estado a comienzos de los 90, presentó el "Informe sobre Irak", producto del trabajo de una comisión bipartidaria —el demócrata Lee Hamilton fue su copresidente— dedicada a estudiar el desaguisado iraquí. Setenta y nueve recomendaciones —la mayoría de ellas inaceptables para la Casa Blanca— hizo la comisión, advirtiendo que ignorarlas sólo podría confirmar el actual curso de desastre.

Dubya ya dijo en público que la mayoría de esas ideas le resultan inaceptables. Aún cree que el éxito se esconde en algún lugar de las arenas del Golfo Pérsico.

Pero hay más que eso. Entre otras recomendaciones polémicas están la de dejar de lado la presente confrontación con Irán y Siria, atrayéndolas a algún ámbito común de negociación, y renovar el proceso de paz entre israelíes y palestinos que, con sentido común, la comisión percibe como un elemento central en lo que sucede en Irak.

Ambas despertaron enconos en el interior de la administración Bush y también pusieron en estado de alerta amarilla al influyente lobby israelí que en Estados Unidos trabaja de modo infatigable para evitar la revisión crítica de cualquier determinación del Estado judío.

Ehud Olmert, primer ministro israelí, no perdió tiempo en negar cualquier vinculación entre el problema palestino y lo que sucede en Irak y rechazar la idea de aproximaciones diplomáticas a Irán y Siria algo que particularmente pone la piel de gallina a los israelíes.

Influyentes medios israelíes, como el diario Haaretz, tienen ahora a sus analistas tratando de descifrar si Baker es en verdad un "enemigo" de Israel, premisa que suena cuanto menos absurda.

Más que como momento definitorio —que no parece serlo en sí mismo— el informe de la comisión parece interesante como señal de los vientos políticos que se aproximan en Estados Unidos, ejercicio útil desde cualquier región en el que el poder de la hiperpotencia resulte una referencia inevitable e inmediata. América del Sur es, sin duda, uno de esos lugares.

Algo parece razonablemente seguro: se aproximan vientos huracanados que —a menos que una solución milagrosa se presente— hace de lo que estamos observando ahora apenas el comienzo de un debate nacional que no tendrá como frontera sólo la guerra en Irak sino que amaga con extenderse a todo el rol estadounidense en el planeta.

El lobby israelí —como lo bautizaron los académicos John J. Mearsheimer y Stephen M. Walt en un polémico ensayo de mediados de este año— hace bien en preocuparse. La sensación de que Estados Unidos está pagando un precio excesivo en el mundo —especialmente en su larvada confrontación con el mundo islámico— crece.

Pasa también con la idea de que quizá, después de todo, como lo apuntaron Mearsheimer y Walt en su escrito, Israel no es tan central a los intereses de seguridad de Estados Unidos como se cree.

No conviene detenerse demasiado en esto tampoco porque, por más que la crítica avance, Washington no abandonará a Israel a su suerte en ningún futuro previsible. Pero un debate que promueva un cambio de énfasis en el enfoque de Estados Unidos sobre la problemática de Oriente Medio no es ya una posibilidad que se pueda descartar de plano, como tampoco lo son giros en sus políticas.

Más interesante es proyectar lo que sucede en estos temas sobre el futuro cercano, enero próximo, cuando las nuevas mayorías demócratas en el Senado y en la Cámara de Representantes puedan promover sus agendas en el Poder Legislativo y comiencen a ser tentadas por la idea no ya de acosar al presidente en ejercicio, sino en generar las condiciones necesarias para que otro republicano no pueda suceder a Bush en dos años.

Hay, además, una serie de temas adicionales que conviene no ignorar en esa proyección. La situación de la economía estadounidense ahora que otras burbujas están estallando —como la inmobiliaria que fagocitó recursos—, la renovada disputa por la forma regresiva en que el ingreso se ha deslizado y un desafío multitemático previsible a la hegemonía de una "revolución cultural" conservadora —con el signo de una parte del cristianismo reformado— que estos años parecía imparable se anuncian como otras tormentas.

No resulta exagerado entonces suponer que, cualquiera sean los desenlaces en estas cuestiones, el tiempo del presente solipsismo del poder estadounidense no sólo no está agotado, sino que puede extenderse por un período largo.

Sería absurdo regresar, por ejemplo, a los escenarios idealizados por cierta izquierda —Lenin creyó alguna vez que Estados Unidos colapsaría en los años 50—, pero tampoco refugiarse en la resignación que frecuentemente se nos predica frente al "inmodificable" poder del hegemón ocasional. En el más modesto de los casos éste es un tiempo que promete una libertad que no conviene dilapidar.

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