La Coctelera

Nos mudamos

A partir de hoy, los artículos recopilados en este blog se puede encontrar en www.caffereggio.es

Usted no es cualquier chica de “vida cotidiana”, de María Esther Gilio en Brecha

Historias del exilio

En este país se ha escrito poco sobre el exilio. Siento esto cada vez que hablando sobre el tema alguien dice: “¡Estar en París y extrañar Montevideo! Sólo un loco”.

El exilio no es sólo el dolor de estar lejos de todo lo que amamos, sino también de enfrentar este hecho con un interior desbaratado. Las piezas que conformaban nuestro aparato psíquico están ahí, ¿pero dónde?, ¿qué hacer para encontrarlas? De esto quiero hablar. De la fuerza y la confianza que es necesario rescatar sobre todo, ya que sin ellas en esta maraña en que estamos hundidos no podremos hacer nada.
Esta pequeña historia que contaré habla de ese rescate.

Vengo caminando, por Belgrano en Buenos Aires, en una mañana soleada pero fría, con la cara empapada en lágrimas. Tantas que no veo a la gente que se cruza conmigo.
—¡María Esther!
—Sí, ¿quién sos?
—Haroldo.
—¿Qué Haroldo?
—¿Cuántos Haroldos conocés? Haroldo Conti.
—Ay, Haroldo.

Haroldo abrió los brazos y yo me metí en ese espacio que me ofrecía. “Ay, Haroldo”.

—¿Qué pasa, muchacha, qué pasa?
—Volví hace un mes de París, pero no a Montevideo.
—Pero vos sabías que no volvías a Uruguay.
—Sí, sabía. Pero pensaba que Buenos Aires era lo mismo.
—Escuchame, lo que te pasa es normal. Vas a salir, pero sería bueno que alguien te ayudara.
—¿Quién?
—Un profesional.
—¿Un psicólogo? No tengo plata.
—Llamame mañana que te doy el número de una psicoanalista que te va a atender. Ella verá la manera.

Dos días más tarde llamé a Elba, la psicoanalista que vería la manera.

—¿Quién dijiste que eras?
—María Esther Gilio.
—No, mirá, yo no puedo atenderte. Me gustaría, pero no puedo. Tenemos muchos amigos en común. Te doy el número de otra profesional que es tan buena como yo. Llamala.

Llamala vos, idiota, pensé. Estaba ofendida, disgustada, triste, desconfiada. “Amigos comunes.” Indiferente, egoísta. No llamaré a tu recomendada ni a ninguna psicoanalista que viva en este mundo. Habían pasado dos o tres días cuando al subir del subte, en la calle, me crucé con Aldo Guglielmone.

—¡Aldo!
—¡María Esther! No sabía que estabas acá. ¿Cuándo llegaste? Vení, vamos a tomar un café.

Sentados a una mesa de un café de plaza Italia hablamos de mis sufrimientos y, sobre todo, de la analista que se había negado a atenderme. Fijate vos que esta cretina, que se llama Elba no sé qué, no quiere atenderme porque tenemos amigos comunes. Podía haber inventado otra excusa, algo más creíble.

Aldo miraba su café en silencio. Lentamente ponía azúcar, cuidando de no llenar la cucharita y revolvía con igual cuidado. Estaba distraído. “Aldo, no me estás escuchando”. Me miró, puso su mano sobre la mía y dijo: “Elba Azardui es muy amiga mía. Te digo más, fue mi mujer hasta hace unos cuantos años, en que nos separamos”.

Dos días después llamé a Ema, la recomendada de Elba, quien había dejado de ser indiferente y egoísta. Ema me citó para el día siguiente y en dos minutos resolvió el problema del pago. Cuando empezara a trabajar le pagaría. ¿Usted cree que rápidamente voy a encontrar trabajo?

Ema me miró en silencio.
—Bueno, si usted lo dice. Pero de periodista no.
—¿Por qué no?
—Mi periodismo acá no funciona.
—¿En qué sentido?
—Jacobo Timerman, después de leer en su diario la entrevista a Neruda que había aceptado publicar su director de cultura, Juan Gelman, me dijo que no sabía cómo “eso” había llegado al diario.
—¿Cómo se lo dijo?
—Me lo dijo al cruzarse conmigo en un corredor de La Opinión. “Che, qué cagada me encajaste, ¿cómo hiciste para convencer a Juan de que te publicara eso?” Dése cuenta. Si hay algo que no puedo hacer es periodismo.
—Ahí hubo dos opiniones. Una de Juan Gelman, otra de Jacobo Timerman. Confía más en Jacobo Timerman.
—No, no sé…
—Creo que sí.
—Sí, tal vez.

A partir de ese día, fundamentada mi decisión de no hacer periodismo, empecé realmente a buscar trabajo. Todos los días abría Clarín en “Trabajos se ofrece”, y revisaba, con un bolígrafo en la mano “secretaria se precisa”, pero qué lejos estaba de ser una secretaria medianamente aceptable. Mala en la máquina, que escribía con alguna rapidez, pero con dos dedos, mala en idiomas, porque si bien podía revolverme en tres o cuatro, sólo el español lo hablaba y escribía fluidamente.

Hacía casi un mes que buscaba cuando Tomás Eloy Martínez, que me conocía de tiempo atrás, me llamó desde La Opinión. “¿No querrías hacer unas entrevistas sobre El último tango en París que acaba de ser prohibida?”

—No, no sé…
—Cómo que no sabés. Esta es una nota para vos.
—¿Puedo contestarte mañana?

Llamé a Ema, quien me citó para esa misma noche a las nueve y media. Fui serena. Es verdad que precisaba trabajo, pero no quería hacer periodismo y, por más que Ema se lo propusiera, no me convencería.

—Vamos a suponer que acepta hacer la nota, ¿qué puede pasar?
—Puede pasar que no sirva.
—¿En ese caso usted se daría cuenta?
—Apenas entrevistados el juez y el fiscal ya sabría si el material conseguido era el indicado.
—¿El indicado para qué?
—Para reflejar el espíritu provincial y reaccionario de estas dos personas que aprueban la prohibición del filme.
—Es decir que tiene claro cuál es el objetivo de las entrevistas.
—No sé qué quiere Tomás. Yo aspiraría a eso.
—Tal vez él quiere conocer los argumentos que llevaron a esas personas a tomar la decisión.
—Pienso que si fuera sólo eso habrían encargado el trabajo a cualquier chico o chica de “vida cotidiana” o de “espectáculos”.
Ema quedó en silencio mirándome.
—Usted no es cualquier chica de “vida cotidiana”.
—No.
—¿No?
—Creo que no.
—Entonces…
—No sé –dije.
Por un largo rato ambas quedamos en silencio. Yo, mirando un bolígrafo que había hecho girar entre las manos durante toda la sesión. Ema mirándome a mí.
—Bueno –dijo ella finalmente. La espero el martes a las 3, como siempre.

¿Qué había pasado? ¿Yo le había prometido que haría el trabajo? ¿Ella pensaba que lo haría? ¿Debería hacerlo para complacerla?
Bajé del ascensor y miré el reloj. Faltaba un rato para las 10. 20. La sesión había sido quince minutos más corta. Me senté en el escalón, contra la pared, un lugar oscuro desde donde veía la calle Córdoba, a esa hora todavía tapada de autos que se deslizaban veloces hacia el norte. ¿Qué fue lo que hablamos? ¿Qué fue? No sé. Yo dije que no era una aprendiza, o algo así. ¿Qué quise decir? ¿Que puedo hacer bien mi trabajo? ¿Eso quise decir? Sí, eso fue lo que quise decir. ¿Por qué, si no quiero volver al periodismo? Porque es verdad. Lo dije porque es verdad. Sin embargo, no siempre es verdad. En Uruguay es verdad. Aquí también, para Tomás Eloy y para Juan Gelman. ¿Qué pensé antes de la sesión, cuando todavía estaba en casa? “Ema no me convecerá.” Sin embargo estoy dudando. ¿Qué dijo para hacerme dudar? Veamos. Debo repasar la conversación con calma. Prolijamente. En algún momento dijo “Usted puede”. No sé cuándo pero seguramente lo dijo. ¿O no? No, eso no lo dijo nunca. Y si lo dijo no lo recuerdo. No recuerdo esas palabras. Algo tiene que haber dicho sin embargo. Ya me voy a acordar. Tengo que esperar. Tranquilizarme y esperar.

Salí a la calle y empecé a caminar hacia el sur. Eran más de las 12 cuando metí la llave en la puerta del edificio donde vivía, en Cochabamba y Defensa. Había caminado más de cuatro quilómetros. Me sentía excitada, cansada, con la cabeza llena de niebla y confusión. Cuando abrí los ojos a las 8 del día siguiente me levanté rápido pues debía preparar las preguntas para la entrevista. “Si fracaso la culpa es de Ema”, me dije, y reí en voz alta sin saber por qué. A las 12 bajé al bar de los gallegos para telefonear a Tomás, quien se mostró contento de que hubiera aceptado. “Pensaba que ni siquiera te molestarías en llamar”, dijo, y me pasó la dirección y hora de las citas ya combinadas por el diario. Una sería esa tarde a las 5; la otra al día siguiente entre las 12 y las 2. Yo decidía. Pensé en la ropa. Pantalón beige, camisa blanca, y el blazer escocés, gris, beige y blanco. No debía mostrar a mis entrevistados que aceptaba la película ni que la rechazaba, pero de mi aspecto debía surgir que pertenecía al sector de los que se sentían agredidos por la grosería de las escenas en cuestión.

Mientras subía las escalinatas del edificio, donde encontraría al fiscal, recordé las palabras con que las leyes uruguayas aludían al acto sexual que había provocado el escándalo y decidido la prohibición: “Acto sexual que se realiza por vaso indebido”. ¿También las leyes argentinas lo designarían de esta manera?

Un portero me condujo al despacho del fiscal, un hombre de rostro afable y clase social tan definida que no era necesario recurrir a su apellido que daba nombre a una calle para saber que pertenecía al grupo de los privilegiados.

(...)

La entrevista que apareció en la contratapa de La Opinión movió a muchos lectores a preguntar al diario de quién era esa nota sin firma. Daniel Divinsky supuso que era mía y me llamó. “¿Qué pasó que no firmaste?”, dijo.

Dos días después, sentada frente a Ema trataba de adivinar si sabía que ese trabajo era mío. Pero, claro, no podía esperar que ella lo dijera. Esas cosas razonables no son las que hacen los analistas. Callada inescrutable me miraba esperando que yo empezara. Finalmente empecé.

(...)

A partir de este momento sentí que podía mantenerme escribiendo. Es decir, sentí que el problema del trabajo se había resuelto. Tenía otros, pero de la resolución de éste dependía la tranquilidad que me permitiría abordarlos.

* Por razones de espacio se han omitido, sobre el final, dos importantes fragmentos del texto original (el diálogo con los censores, la conversación con Ema), ausencias incómodas que aquí aparecen señalizadas con paréntesis.

Copyright Brecha Digital * www.brecha.com.uy * Todos los derechos reservados.

Otra mirada cristiana sobre la reconciliación, de Guillermo Waksman en Brecha

Opinión: Con perdón del arzobispo

El arzobispo de Montevideo, Nicolás Cotugno, en su mensaje de Navidad, ubicó en el perdón la clave para la reconciliación nacional.

¿Cuál perdón? Aparentemente el que los militares y otras autoridades de la dictadura deberían pedir y el que las víctimas, o sus familiares, deberían otorgar. La propuesta no es digna de quien ocupa, desde hace ya ocho años, tan alto cargo y que por añadidura presidió la Comisión para la Paz. Parece más bien un planteo formulado hace dos décadas, cuando recién comenzaba la discusión sobre las violaciones de los derechos humanos durante la dictadura, porque muestra un verdadero desconocimiento de la historia uruguaya reciente. Cotugno prescinde de que en Uruguay los violadores de los derechos humanos siempre sostuvieron que no tienen motivos para pedir perdón, que no hicieron otra cosa que cumplir con su deber y que están, hasta el presente, muy orgullosos de haber actuado de ese modo. A su vez, para los familiares de los asesinados y desaparecidos el otorgamiento del perdón es, como dice el senador José Mujica, una cuestión del fuero íntimo de cada uno de ellos. Cotugno invoca una expresión del papa Juan Pablo II: “No hay paz sin justicia; no hay justicia sin perdón”. Es así, por supuesto, pero hay, además del perdón, otros elementos indispensables para llegar a la justicia y a la paz. Para perdonar hace falta saber qué se perdona y a quién se perdona, de modo que se requiere conocer la verdad y, para lograrlo, es necesario investigar. Para pedir perdón y ser perdonado, hay también otro requisito que en el caso uruguayo ha brillado por su ausencia: el arrepentimiento.

Cotugno, en su premura por cerrar este proceso a toda costa, prefiere ignorar otras voces que ha tenido la Iglesia Católica, como la de los sacerdotes Luis Pérez Aguirre e Ismael Rivas, ambos fallecidos en 2001. Decía Rivas hace 20 años, en una entrevista que concedió a BRECHA el 7 de junio de 1986, seis meses antes de que se aprobara la ley de impunidad: “Se está hablando de ‘no tener los ojos en la nuca’, de perdón, de reconciliación, y se está sosteniendo que esas actitudes se fundan en la caridad cristiana. Hace falta aclarar que la caridad cristiana se basa precisamente en la justicia. De ninguna manera se puede tolerar que queden impunes las injusticias que se hayan cometido. (...) Sólo se vería afectada una institución (N de R: las Fuerzas Armadas) si optase por encubrir a los miembros que hubiesen delinquido. Incluso, después de que haya un juicio, podrá discutirse una amnistía. Habrá que ver entonces cuál es el consenso de la sociedad. Pero primero tiene que saberse la verdad. Por algo Cristo siempre dice: ‘No tengan miedo: yo soy la verdad y la verdad los va hacer libres’. (Tener los ojos en la nuca) sería no llamar a las cosas por su nombre. Negarse a ver la realidad tal cual es. Sostener que se puede construir un nuevo Uruguay sólo con la gente que está de acuerdo en que los problemas no existen. O reconocer esos problemas cuando son demasiado evidentes, pero decir que los hay en todo el mundo y que por eso no debemos preocuparnos. Esta es una forma tremenda de falsear la verdad”.

El arzobispo de Montevideo no debería prescindir de la experiencia acumulada en el área de los derechos humanos por gente de la talla de Pérez Aguirre y Rivas, cuya memoria honra a su propia Iglesia.

Luego del tsunami, la vida sigue en reconstrucción, de Bill Clinton en Clarín

Se cumplieron dos años desde que el tsunami del 26 de diciembre de 2004 llevó devastación y sufrimiento a las comunidades costeras del Océano «índico. Sus consecuencias fueron trágicas: más de 200.000 muertos, dos millones de personas desplazadas, 370.000 viviendas destruidas o dañadas, unos 8.000 kilómetros de costa devastados y 3.000 kilómetros de carreteras arruinados.

El tsunami también fue algo sin precedentes en lo relativo a la magnitud de la respuesta de los donantes, los gobiernos afectados y sus ciudadanos. Los que se quedaron sin hogar recibieron refugio; se alimentó a quienes tenían hambre; se evitaron las enfermedades y en el transcurso de los últimos veintidós meses se logró una importante recuperación. Se reconstruyeron o repararon casi 150.000 viviendas y hay 80.000 más en reconstrucción. Se construyeron más de 1.600 escuelas y centros de salud. Gran número de turistas vuelve a vi sitar la región y el índice de crecimiento económico experimentó un notable aumento.

Al mismo tiempo, las tareas pendientes son de importancia, tanto por su magnitud como por los costos. Todavía quedan 200.000 viviendas por reconstruir o refaccionar. En la provincia indonesa de Aceh, sobre todo, los desafíos de rehabilitar la infraestructura e impulsar el desarrollo económico siguen siendo muy grandes. Resulta alentador que tantos donantes hayan persistido, lo que hizo que las promesas de alrededor de 13.000 millones de dólares se convirtieran en unos 11.000 millones de dólares concretos destinados a proyectos vitales.

Acabo de realizar mi tercer y último viaje a la región afectada como enviado especial del secretario general de la ONU para la recuperación tras el tsunami. En India, Tailandia e Indonesia comprobé una vez más la fuerza que tiene el espíritu humano, así como la decisión de construir un futuro mejor.

Mañana concluye el mandato que me confió el secretario general y mis responsabilidades se transferirán a las Naciones Unidas, el Banco Mundial y otras instituciones. Dado que el trabajo continúa, considero que cuatro enseñanzas derivadas de la reconstrucción luego del tsunami contribuirán al manejo de futuros desastres naturales.

En primer lugar, tenemos que mejorar en lo que respecta al manejo del riesgo. El cambio climático y la conducta humana producirán más catástrofes naturales devastadoras en el futuro. La buena noticia es que los funcionarios de los países a los que afectó el tsunami avanzaron en lo relativo a un sistema regional de advertencia precoz, a legislación de prevención de desastres naturales, a entrenamiento de personal de reacción rápida y a educación pública.

Sin embargo, el financiamiento de la prevención es mucho más difícil de conseguir que el destinado a asistencia después de una catástrofe. Los donantes y los gobiernos de los países en riesgo deben invertir más dinero para garantizar que los sistemas de advertencia precoz lleguen a las comunidades costeras, que se desarrollen e instrumenten códigos de construcción segura y que se hagan evacuaciones.

En segundo término, tenemos que impulsar prácticas de recuperación que impulsen la equidad y contribuyan a revertir el subdesarrollo. En el Distrito Cuddalore de India, por ejemplo, los funcionarios trabajaron con organizaciones no gubernamentales a los efectos de extender el programa de viviendas posterior al tsunami de modo tal que comprendiera hogares nuevos para los dalits y los integrantes de otras comunidades pobres. Muchas de esas personas no perdieron bienes como consecuencia del tsunami, sino que ya vivían en condiciones paupérrimas. Las autoridades de Aceh analizan soluciones similares para ex ocupantes ilegales e inquilinos que no eran propietarios de la vivienda que perdieron en el tsunami.

En tercer lugar, debemos reconocer que la paz resulta imprescindible para todo proceso de recuperación. En Aceh, los grupos en conflicto hicieron a un lado sus diferencias y crearon un entorno positivo para la reconstrucción. Lamentablemente, el tsunami no tuvo un impacto de reconciliación similar en Sri Lanka, donde la recuperación seguirá estancada hasta que las partes reanuden un diálogo serio y restablezcan un cese del fuego.

Por último, tenemos que hacer más por respaldar el talento de los emprendedores locales y las empresas establecidas, tanto nacionales como extranjeras, en lo que respecta a impulsar la economía. Compañías estadounidenses y del mundo entero contribuyeron con generosidad a los esfuerzos de reconstrucción luego del tsunami, pero tenemos que hacer más para que los filántropos se conviertan en inversores y en proveedores de acceso a nuevos mercados.

Hace dos años, millones de personas de todo el mundo respondieron generosamente ante una tragedia de dimensiones históricas. El desafío que tenemos ante nosotros es el de sostener la recuperación, usar las lecciones que aprendimos para mejorar cada vez más nuestra respuesta y reaccionar ante futuras catástrofes. Esa será la forma más adecuada de honrar la memoria de los centenares de miles que murieron como consecuencia del tsunami y de alentar a los millones que sobrevivieron y están reconstruyendo su vida.

Bill Clinton. EX PRESIDENTE DE LOS ESTADOS UNIDOS.

Copyright Clarín y Los Angeles Times, 2006. Traducción de Joaquín Ibarburu.

La hora de Cámpora, de José Pablo Feinmann en Página 12

Los acontecimientos que todos conocen relegaron a un lugar de insignificación un hecho que merece trascender. Su protagonista es un buen tipo. Vamos a decirlo primero así, como lo decimos en la Argentina, donde les decimos buenos tipos a los tipos que, en efecto, son buenas personas, no traicionan, saben ser amigos, no roban, son puros, tienen una moral y no sólo la tienen sino que la practican. De esos tipos, pocos. Con los dedos de la mano alcanza para numerarlos. A los buenos tipos además –sin solemnidad, sólo con gran respeto– les decimos “hombres buenos”. “Hombres dignos.” Y, sin demasiado esfuerzo, los queremos, se nos hace fácil quererlos. Facilidad que ellos hacen posible. Estoy hablando de Héctor Cámpora.

El jueves 28 de diciembre, en el Salón Blanco de la Casa Rosada, el hijo y los nietos de Héctor Cámpora le entregaron al presidente Kirchner el bastón y la banda presidencial que fueran de su padre, de su abuelo. Uno no va a muchos lados. Uno, cada vez más, es de salir poco. Hay mucho que hacer, ya no somos jóvenes y la obra está sin terminar. Sabemos que nunca vamos a escribir nuestro mejor libro, pero lo seguimos intentando. Sin embargo, si se trata de recordarlo a Cámpora, uno está ahí. Sabe por qué. Uno dice “Cámpora” y piensa en la primavera. Muy pocos pueden convocar algo tan florido, la mejor estación del año, los pibes en los parques, los pájaros y el amor a todo trapo. Porque la Primavera de Praga es de Praga, pero no es de ningún tipo. En cambio, la Primavera Camporista es de Cámpora, lleva su nombre. ¿Qué es políticamente una primavera? Es un raro momento de la Historia en que creemos que en el futuro espera la felicidad, tal como la sentimos en el presente y aún mejor. Un momento en que la Historia parece, para siempre, nuestra. Tan nuestra que nadie nos la podrá quitar. Durante la Primavera tenemos una visión lineal de la Historia: la Historia avanza, incontenible, en la dirección de nuestros deseos. Más aún: la Historia existe para que, en ella, se realicen nuestros sueños. Eso fue la Primavera Camporista. Duró poco. Fue un romance juvenil y todos sabemos que los romances juveniles son intensos, locos, pero breves. (Años después hubo otra primavera: la de Alfonsín y el Juicio a las Juntas. Pero terminó mal, negándose, y el abogado de Chascomús se deshilachó sin remedio y por su propia mano.)

Cámpora no parecía destinado a ser un revolucionario. (Porque esto, objetivamente, terminó por ser.) Durante el primer peronismo, ese que pinta Santoro con los colores de un Paraíso Perdido, Cámpora era un simple dentista, un hombre de San Andrés de Giles que arrimó un bochín al corazón del Poder. Era obsecuente, y era feliz con la obsecuencia. Quería tanto a Perón y a Evita que no hacía otra cosa sino lo que le decían. Hay una anécdota (seguramente falsa: tiene un tufillo indisimulable de sorna y desdén oligárquico, pero es ingeniosa) que lo muestra siguiéndola a Evita, siempre apurada, siempre afiebrada por la acción, y Cámpora, fiel, detrás de ella y ella, de pronto, le pregunta: “Che, Camporita, ¿qué hora es?”. Y Cámpora dice: “La que usted quiera, señora”. Divertida la anécdota, pero como dije: falsa. Es inimaginable que una mujer como Evita no tuviera un reloj. Y caro.

Pasan los años y Cámpora pasa a ser el delegado de Perón, que está en Madrid, exiliado. Y aquí empieza a pasarle algo raro. Empieza a conocer a los pibes de la izquierda peronista. Se lleva bien con ellos. Los pibes le dicen “Tío”. Y a Cámpora le gusta: ¡ser el Tío de todos esos muchachos ruidosos, quilomberos y, algunos de ellos, amigos de los fierros! A los fierreros Perón les dice: “formaciones especiales”. Era la forma de integrarlos. Perón integraba todo, todo le servía, lo bueno, lo malo, lo infame. Se creía el gran ajedrecista de la Historia, el Mago que podría conjurar todos los infiernos de un país en llamas. Cámpora sale elegido para ser Presidente. Perón está proscripto, ¿quién, entonces, sino Cámpora, el fiel, el leal Camporita para tomar su lugar? El 11 de marzo de 1973 gana cómodo. Le hacen, a la noche, un reportaje en la TV y dice: “¡Basta de golpear a nuestros muchachos!”. Le habían dicho que la policía golpeaba a los militantes que festejaban el triunfo. Tiene a su lado, como compañero de fórmula, a un conservador, Solano Lima, también sobrepasado por los hechos. Otro buen tipo. El 25 de mayo asume. La plaza es una fiesta sin límites. Vienen Allende y Dorticós. Oigan, no es una fiesta del populismo. Y si no, digan que Allende y Dorticós eran populistas. Es la jornada más triunfal de la izquierda revolucionaria en la Argentina. Cámpora dicta la ley de amnistía y todos los presos salen a la calle, a festejar, a vivir la primavera. Allende, por televisión, dice: “¿Cómo no le habrá de ir bien a este gobierno? Vean ustedes el apoyo de masas que tiene”. Le faltaban tres meses para caer. A Cámpora, 45 días. Restablece relaciones con Vietnam del Norte. Dice un discurso combativo desde el balcón de la Rosada. Luego intenta gobernar. Perón lo llama a Madrid. (Esto no sé si es antes o después de asumir: hay que preguntarle a Bonasso, que lo quiso, como todos, mucho.) Perón, duro y fiero, le reprocha sus vínculos con la JP. Cámpora, rebelde, ya no obsecuente, le dice: “Usted pensará como quiera, general. Pero si yo soy Presidente es por usted y por la Juventud Peronista”. La Historia, que es azarosa, laberíntica, lo había puesto en el lugar del revolucionario. Las masas juveniles estaban con él. Los militares, al acecho, ya tienen su nombre en la peor de las listas, la de los que deben morir. Vuelve Perón, estalla lo de Ezeiza y en pocos días más, entre los sindicatos, Osinde, López Rega y el general Perón al frente de este comando fascista, de estos héroes de la “etapa dogmática”, del giro a la derecha, de la negociación con los milicos o, mejor dicho, de la claudicación ante un Ejército que exigía normalidad, basta de tomas de fábricas, basta de ese petardista de Galimberti proponiendo milicias populares, basta de primaveras imprudentes, subversivas, lo tiran al Tío por la ventana, sin asco ni respeto.

Murió exiliado en la embajada de México. Llevaba años ahí. Si Videla lo agarraba lo hacía desollar vivo y en su presencia, para gozar. Murió de un cáncer que no pudo atenderse adecuadamente: una embajada no es un lugar para curar un cáncer ni, peor aún, para amenguar su dolor. Los milicos lo odiaban como a uno de sus peores enemigos: esto lo honra. “Fue un hombre digno”, dijo Kirchner al recibir los atributos que el hijo y los nietos le entregaron. “Che, Camporita, ¿qué hora es?” Es la suya, querido Tío. La hora en que lo recordamos como lo que usted fue. Algo insólito, extraordinario: un hombre bueno. Llevamos su primavera en el corazón. La llevamos, entre otras cosas, porque nunca más tuvimos otra. Pero todavía estamos aquí, y esperamos.

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Lo que ha dejado el 2006, de Guillermo Almeyra en La Jornada

El Viejo Topo sigue trabajando. En el mundo, George W. Bush es un "pato malherido" y la aventura medioriental de Estados Unidos ha terminado en un fracaso estruendoso, con la consiguiente repercusión en la relación de fuerzas con el resto del mundo (o sea, con China, Rusia y Europa pero también con países como Cuba, Venezuela, los del Mercosur o Bolivia, que adquirieron mayores márgenes de maniobra en la misma medida en que Washington los perdía). Además, Berlusconi es una sombra grotesca del pasado, al igual que Tony Blair. En América Latina, el gobierno antimperialista de Venezuela se ha reforzado y la oposición ha sufrido duras derrotas, Lula, pese a los agoreros e infantiles de todo tipo, también cuenta con mayor apoyo popular que nunca, y Evo Morales enfrenta con dignidad las presiones hostiles de una oposición secesionista y golpista, pero a la defensiva. En América Latina también ha perdido terreno el dominio imperialista: la derecha en Colombia se debate entre los escándalos y el desarrollo de una izquierda legal reformista, y en México Felipe Calderón y la clásica derecha mexicana, clerical, racista y aliada de Estados Unidos sólo ha podido llegar al gobierno mediante un fraude gigantesco y no ofrece al capital, que lo apoya y lo maneja, ninguna garantía de estabilidad.

En México, en un año muy intenso, se pusieron a prueba, en el campo popular, tres mitos, tres esperanzas: AMLO, el PRD, la otra campaña-EZLN. El primero contaba con los deseos de cambio social de capas mucho más vastas de las que apoyan al PRD, pero subordinó a éste (y a todo) a su triunfo electoral, con el resultado de construir una dirección partidaria y una bancada parlamentaria conformada por restos del clásico PRI, e incapaces de hacer algo diferente de lo que el PRI ha hecho siempre: es decir, conseguir cuotas de poder político y personal dentro del sistema y al servicio del mismo y negociar con el gobierno central amenazando con movimientos de masa, pero ignorando los movimientos sociales reales, las revindicaciones y necesidades de los mismos y tratando de evitar su independencia o la construcción en ellos de direcciones dependientes de sus bases y no del poder estatal, dentro del cual están los partidos. El PRD, por su parte, ganó puestos parlamentarios (y dinero para su burocracia) pero está dando pruebas evidentes ­como siempre, desde su fundación­ de que no es un partido alternativo sino uno de oposición dentro del sistema que lucha por la alternancia esperando ganar posiciones para el año 2012. Votó el presupuesto de Calderón, no presentó ninguna propuesta alternativa y negocia con el gobierno federal, con el PRI y con el PAN, en vez de actuar como minoría rebelde en un terreno ajeno y hostil. El tercio del electorado que buscaba cambiar algo mediante un triunfo del PRD y de AMLO y el 10 o 15 por ciento del mismo que realizó esfuerzos a veces heroicos para asegurar esa victoria probablemente, como en 1988, estarán haciendo un balance de sus ilusiones sobre una dirección política construida para mantener ­y como mucho­ reformar un poco este país, pero que no está preparada para cambiarlo ni tiene la intención de hacerlo, ni tiene confianza en la capacidad, la inteligencia y la movilización de las personas de carne y huso, que cotidianamente luchan en todos los campos, pero a los que sólo ven como votantes una vez cada tantos años. AMLO se desinfló y lo mismo hizo el globo de colores perredista. Los seguirán en el tran-tran político de todos los días e incluso ganarán elecciones parciales, ya que la gente sabe que hay que votar y que otros pueden ser peores. Pero el cheque de la esperanza ­el de las movilizaciones y el de la construcción de la autoconfianza en quienes quieren ser ciudadanos aunque les roben hasta aquélla­ lo despilfarraron, lo quemaron. Otro tanto hicieron el EZLN y la otra campaña, por infantilismo sectario. No comprendieron que una cosa son los millones de personas que esperaban de AMLO y del PRD y otra el caudillo con ínfulas de salvador y su burocracia incapaz y/o corrupta y no fueron capaces de estar con la gente pero separados de AMLO. Quedaron solos, sin poder hacer lo que decían querer y, además, perdiendo fuerzas y dividiéndose ya que a su primitivismo político se unió el verticalismo decisionista de Marcos. Si AMLO no fue a Oaxaca porque esa lucha "desviaba la atención" de su campaña, Marcos tampoco fue en su momento y dijo que no había que mirar hacia Bolivia (o sea, hacia un gobierno indígena y una Asamblea Constituyente impuestos por las movilizaciones populares que posibilitaron el triunfo popular en las elecciones y en las instituciones). El gran legado de 2006 es, en cambio, la experiencia de la comuna de Oaxaca, de la asamblea de asambleas que dio forma a la APPO a partir de una lucha gremial y votando abrumadoramente por el PRD, sin quedarse pegada en el gremialismo ni en el electoralismo. El pluralismo, la horizontalidad, el asambleismo, el carácter indígena y popular del movimiento y las experiencias de construcción de doble poder ­cuerpo de topiles, policía magisterial, bandos de gobierno, ocupación de los medios de comunicación hostiles y envenenadores de la opinión pública­ son adquisiciones imborrables. La represión y el temor reinan hoy en Oaxaca. Pero los cientos de miles mujeres y hombres que se movilizaron y decidieron, y los pueblos indígenas que adquirieron directamente protagonismo, practicaron la autonomía, tomaron municipios y carreteras, discutieron todo y con todos, sin seguir a otros salvadores como AMLO, pero con uniforme de guerrillero, ahí están y seguirán estando y luchando. Ellos son la sal de la tierra, los que pasarán la antorcha testimonio a un movimiento obrero que balbuceó con el diálogo nacional y el programa de Querétaro, pero luego se puso en parte a la sombra de AMLO y ahora deberá enfrentar directamente la política del gobierno federal (y de la Cámara, donde no se sabe qué hará la mayoría del PRD). Hay razones para el optimismo.

Nuestra complicidad murió con él, de Robert Fisk en La Jornada

Lo hicimos callar. El momento en que el encapuchado verdugo de Saddam jaló la palanca que abrió la trampa de la horca en Bagdad, la mañana del sábado, los secretos de Washington quedaron a salvo. El vergonzoso, excesivo y oculto poder militar que Estados Unidos y Gran Bretaña dieron a Saddam durante más de una década sigue siendo la historia terrible que nuestros presidentes y primeros ministros no quieren recordar. Ahora Saddam, quien sabía la verdadera dimensión de ese apoyo occidental que le permitió perpetrar algunas de las peores atrocidades desde la Segunda Guerra Mundial, está muerto.

Se ha ido el hombre que personalmente recibió ayuda de la CIA para destruir al Partido Comunista de Irak. Después de que llegó al poder, la inteligencia estadunidense le daba a sus serviles colaboradores la dirección en que vivían comunistas, tanto en Bagdad y como en otras ciudades, con el fin de desbaratar la influencia que tenía la Unión Soviética sobre Irak. Los mujabarats de Saddam visitaban cada hogar, arrestaban a todos sus ocupantes y luego los asesinaban. Los ahorcamientos públicos eran para los saboteadores; para los comunistas, sus esposas e hijos se reservaba un trato especial: torturas extremas antes de ser ejecutados en Abu Ghraib.

Existe en todo el mundo árabe la evidencia de que Saddam sostuvo una serie de reuniones con funcionarios estadunidenses de primer nivel antes de su invasión a Irán de 1980. Tanto él como el gobierno estadunidense estaban convencidos de que la república islámica se derrumbaría cuando Saddam enviara a sus legiones al otro lado de la frontera, por lo que el Pentágono recibió instrucciones de dar asistencia a la maquinaria militar iraquí proveyendo inteligencia sobre las técnicas de batalla de los iraníes.

Un helado día de 1987, no muy lejos de Colonia, me reuní con un traficante de armas alemán, quien inició esos primeros contactos directos entre Washington y Bagdad por órdenes de Estados Unidos.

"Señor Fisk, muy al principio de la guerra, en septiembre de 1980, fui invitado a ir al Pentágono", dijo. "Ahí, me entregaron las más recientes fotos satelitales que Estados Unidos había tomado del frente iraní. Podía verse todo en esas imágenes. Había emplazamientos de artillería iraní en Abadan y detrás de Jorramshar, trincheras en la ribera este del río Karun, barricadas antitanque ­miles­ a todo lo largo de la frontera iraní hacia el Kurdistán. Ningún ejército podía desear más que esto. Yo llevé esos mapas en un avión de Washington a Francfort y de ahí me trasladé directo a Bagdad en uno de Iraqui Airways. ¡Los iraquíes estaban muy pero muy agradecidos!"

En ese entonces yo cubría la guerra con los comandos de avanzada de Saddam, bajo las granadas iraníes, y ahí noté que los militares iraquíes alinearon sus fuerzas de artillería en posiciones muy alejadas del frente de batalla, lo que decidieron con base en los detallados mapas de las posiciones iraníes con que contaban.

Sus bombardeos contra Irán en las afueras de Basora permitieron que los primeros tanques iraquíes cruzaran el río Karun en sólo una semana. El comandante de esa unidad de tanques alegremente rehusó decirme cómo fue que adivinó cuál era el único puente que el ejército iraní no tenía defendido. Hace dos años nos encontramos de nuevo, en Ammán, y sus subalternos lo llamaban "general", rango que Saddam le concedió después de ese ataque de tanques al este de Basora, cortesía de la información de inteligencia de Washington.

La historia oficial iraní de la guerra de ocho años con Irak registra que la primera vez que Saddam usó armas químicas fue el 13 de enero de 1981. El corresponsal de Ap en Bagdad, Mohamed Salaam, fue llevado a ver el lugar en que se consumó la victoria militar iraquí al este de Basora.

"Comenzamos a caminar y a contar los cuerpos", relató. "Caminamos kilómetros y kilómetros en esa mierda de desierto, contando. Cuando llegamos a alrededor de 700, perdimos la cuenta y tuvimos que comenzar de nuevo... Los iraquíes habían usado, por primera vez, una combinación: gas nervioso que paralizaría los cuerpos de sus enemigos y gas mostaza para ahogarlos desde los pulmones, por eso es que todos habían vomitado sangre".

En ese momento los iraníes denunciaron que Estados Unidos había dado ese terrible coctel a Hussein y Washington lo negó. Pero los iraníes tenían razón. Las largas negociaciones que llevaron a la complicidad de Estados Unidos en esta atrocidad continúan siendo un secreto. Se sabe que el ex secretario de Defensa estadunidense Donald Rumsfeld era en ese momento uno de los punteros del presidente Ronald Reagan. Seguramente Saddam conocía a detalle esta historia.

Pero un documento del Senado que pasó casi desapercibido, titulado "Las exportaciones de agentes químicos y biológicos para uso dual y relacionado con actividades bélicas y su posible impacto en la salud durante la Guerra del Golfo Pérsico", afirmaba que antes de 1985 y posteriormente, compañías estadunidenses mandaban cargamentos de agentes biológicos a Irak. Estos incluían el bacilus antracis, que produce el ántrax y el escerichia coli (E. coli).

Dicho reporte del Senado concluía: "Estados Unidos ha proveído al gobierno de Irak con materiales de 'uso dual' que ayudaron al desarrollo de programas de armamento químico, biológico iraquíes, y programas misilísticos, incluyendo elementos para la construcción de una planta química de producción de agentes, dibujos técnicos y un programa para la elaboración de equipo para la guerra química".

El Pentágono tampoco ignoraba hasta qué grado Irak usaba armas químicas. En 1988, por ejemplo, Saddam dio personalmente permiso al teniente coronel Rick Francona para visitar la península de Fao después de que las fuerzas iraquíes recapturaron esta zona que los iraníes habían tomado. Francona era un oficial de inteligencia defensiva de Estados Unidos, y uno de los 60 funcionarios estadunidenses que secretamente daba información sobre los movimientos militares de Irán a miembros del estado mayor iraquí.

El reporte que Francona hizo a su regreso a Washington decía que los militares iraquíes habían usado armas químicas para lograr su victoria. El encargado de la inteligencia de la defensa en ese entonces era el coronel Walter Lang, quien dijo que el hecho de que los iraquíes usaran gas en el campo de batalla "no es asunto que nos preocupe profundamente, desde un punto de vista estratégico".

Yo, sin embargo, vi los resultados. En un largo tren hospital, que volvía a Teherán del campo de batalla, encontré a cientos de soldados iraníes que tosían sangre y moco que provenía de sus pulmones. Los vagones apestaban tanto a gas que tuve que abrir las ventanas. Tenían los brazos y la cara llenos de pústulas en las cuales, en momentos, crecían nuevas ampollas. Muchos presentaban quemaduras espantosas. Esos mismos gases después fueron usados contra los kurdos de Halabja. No es sorpresa que Hussein haya sido juzgado en Bagdad primordialmente por una matanza de chiítas,y no por sus crímenes de guerra contra Irán.

Aún no sabemos ­y tras la ejecución de Saddam quizá nunca sepamos­ la magnitud de los créditos que Estados Unidos concedió a Irak desde 1982. El primer tramo, la suma que se pagó por armamento estadunidense proveniente de Jordania y Kuwait, fue de 300 millones de dólares. Para 1987, a Saddam se le había prometido un crédito por mil millones de dólares. En 1990, justo antes de la invasión a Kuwait, el comercio entre Irak y Estados Unidos había crecido a 3 mil 500 millones de dólares al año.

Presionado por el secretario de Estado, el mismo James Baker cuyo reporte pretende sacar a George W. Bush de la catástrofe, concedió nuevas garantías de préstamo a Irak por mil millones de dólares.

En 1989, Gran Bretaña, que también estaba dando ayuda militar secreta a Saddam, garantizó 250 millones de libras esterlinas a Irak poco después del arresto, en Bagdad, del periodista de The Observer Farzad Bazoft. El reportero estaba investigando la explosión de una fábrica en Hilla que estaba usando los mismos componentes químicos enviados por el gobierno de Estados Unidos, y quien posteriormente fue ahorcado en prisión.

Un mes después de la detención de Bazoft, William Waldegrave, ministro de la Oficina del Exterior, señaló: "Dudo que exista, en algún otro lugar del mundo, otro posible mercado a una escala similar a ésta en la que Reino Unido esté tan bien posicionado, siempre y cuando juguemos nuestras cartas diplomáticas correctamente... Unos cuantos Bazofts más u otro brote de opresión interna lo harían más difícil".

Aún más repulsivas fueron las observaciones del entonces primer ministro adjunto, Geoffrey Howe, en lo referente a relajar el control sobre la venta de armas británicas para Irak. Guardó este secreto, según escribió, porque "se vería muy cínico si tan pronto como expresamos nuestra repulsión por la forma en que se trató a los kurdos adoptamos un enfoque más flexible a las ventas de armas".

Saddam conocía también los secretos en torno al ataque contra el USS Stark cuando, el 17 de mayo de 1987, un jet iraquí lanzó una ráfaga de misiles contra una fragata de Estados Unidos, matando a más de una sexta parte de la tripulación de la nave, que estuvo a punto de hundirse. El gobierno estadunidense aceptó la disculpa de Hussein, quien alegó que el navío fue confundida con un barco iraní. Además, se le permitió a Saddam negar el permiso para entrevistar al piloto iraquí.

Toda la verdad murió con Saddam Hussein en la ejecución que tuvo lugar en Bagdad la madrugada del pasado sábado. Muchos en Washington deben haber suspirado con alivio, una vez que el viejo quedó silenciado para siempre.

© The Independent

Traducción: Gabriela Fonseca.

¿Un Pearl Harbor para Zapatero?, de Patxi Igandekoa en IzaroNews

Los socialistas se muestran tan reacios a asumir responsabilidades como el agua a congeniar con el aceite. Dudo incluso que el concepto de responsabilidad propia exista en eso que chuscamente llamamos “progresía”. Los hechos de los últimos días, culminados por el trágico acontecimiento de ayer por la mañana en el aeropuerto de Barajas, demuestran hasta qué punto la política estatal se está haciendo a base de gestos, contraprogramación y cortinas de humo, y no de actuaciones con sustancia.

Para disimular la decepción producida por un proceso de paz cada vez más renqueante se deja caer, en plena víspera navideña, a una compañía aérea que llevaba más de un año expedientada. Al mismo fin sirvieron el vídeo cutre sobre las conversaciones del Partido Popular con ETA de hace ocho años y el enredo sobre las corruptelas de Andratx. Y cuando el líder de la oposición fue a hablar con Zapatero, tal vez de un posible acercamiento entre los dos grandes partidos de la política española, se hizo coincidir la cita con el sorteo de Navidad. Imagínense que el Lehendakari recibiera a Patxi López en pleno final de la Copa en San Mamés.

Durante todo el día de ayer algunas bitácoras socialdemócratas crepitaron con invectivas en las que la culpa de la hecatombe se hacía recaer sobre los energúmenos de costumbre: la derecha ultramontana del PP, la AVT, la Izquierda Abertzale, el sindicato LAB, el Foro de Ermua e incluso ejemplares de especies ideológicas en vías de extinción como Rosa Díez y Edurne Uriarte. Todo ello con nula eficacia mediática: el golpe de timbal que ha dado ETA es tan fuerte que no hay manera de taparlo mediante contraprogramación. A nadie le gusta lo que está pasando, y al gobierno todavía menos, pero no queda más remedio: hay que levantar la cabeza y mirar a los ojos al monstruo.

El proceso de paz, o utilizando los conceptos con toda exactitud: el tinglado político montado en torno a él, estaba fracasando ya desde hace tiempo. En la estrategia electoral del gobierno para el 2005 este fracaso figuraba ya descontado, como las malas noticias en la bolsa. Lo que nadie se imaginaba es que fuera a llegar a su fin con tanta brusquedad.

Evidentemente algo ha salido mal. Pero antes de hacer balance y discutir si ha sido por falta o por exceso de compromiso ha de entenderse, y esta es la dura realidad, que dicho compromiso, por parte del gobierno español y el presidente Zapatero, ha brillado por su ausencia desde los mismos comienzos del proceso. La excusa era que el PP no dejaba hacer; lo cierto es que no se hizo nada.

Déficit de liderazgo, escenificaciones ostentosas ante los medios y la opinión pública, mala gestión y el propósito constante de utilizar las conversaciones con ETA -que jamás llegaron a producirse- para provocar a la caverna y obligarla a asumir posturas reaccionarias, son algunas de las causas de este estropicio, al margen, claro está, de la intención asesina de quienes colocaron la bomba en la terminal.

Con todo aun podría haberse logrado algo. Habría bastado plantearse el proceso como una inversión a largo plazo, con principios firmes, voluntad y una estrategia bien diseñada, y no como una caja de herramientas para utilizar con fines electoralistas, funcionando, como acostumbran a hacer los políticos, con la lógica del beneficio a corto plazo. Porque si esta es realmente la lógica dominante no cuesta mucho imaginar cómo ha de seguir en lo sucesivo.

Antes decíamos que el gobierno y su pléyade mediática -tanto en el papel como en la blogosfera- están enfadados con una serie de entidades y personajes. No es mi intención romper lanzas por ellos, ya que no lo merecen. Pero sí me gustaría llamar la atención sobre una circunstancia significativa. Dando rienda suelta a sus fobias, los que en estos momentos se dedican -de la manera más inoportuna y con una falta de gusto que al lector no le pasará desapercibida- a poner en marcha una gigantesca campaña de avisos por móvil en apoyo de Zapatero, también proporcionan información útil acerca de los márgenes de maniobra que el gobierno tiene a su disposición para resolver esta crisis.

El PSOE, a la hora de distribuir la culpabilidad, ha dejado al margen a fuerzas políticas como el PNV, ERC, IU y CiU. ¿Es este el espacio en el que Zapatero piensa llevar a cabo una recomposición de su estrategia de gobierno? ¿O se impondrá el “realismo político” mediante una mayor proximidad al Partido Popular en determinados temas de estado? Para muchos es esta una perspectiva que no invita precisamente al optimismo. En cualquier caso los próximos días serán cruciales para dilucidar una serie de cuestiones que incumben al futuro de la política estatal.

La buena noticia es que el proceso de paz continúa, al menos en Euskadi.